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Bautismo del Señor

Miembros vivos del único cuerpo que es la Iglesia

05/01/2018
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

En el río Jordán, en el bautismo de Jesús, por parte de Juan el Bautista, se produce una manifestación particular de la Trinidad de Dios: es el Hijo de Dios ese hombre que se hace bautizar, poniéndose en la fila de los que piden perdón y la purificación. Se rompen los cielos y el Espíritu Santo baja sobre él en forma de paloma. El Padre pronuncia las grandes palabras: “Tú eres mi Hijo, el querido, en ti puse mi complacencia”.

Ante Dios que es el Padre, que es el Hijo, que es el Espíritu Santo, nuestra alabanza y nuestra adoración, nuestro amor, aunque pequeño, ante su amor inmenso, infinito.

Nos encontramos ante Jesús, indicado por Juan como el Cordero de Dios, El que bautizará no sólo en el agua, sino también en el Espíritu Santo, que dio su vida por salvarnos, darnos la vida nueva en la gracia y el amor. Él nos donó el sacramento del Bautismo que hemos recibido y queremos repensar y renovar con profunda conciencia.

Aquí tenemos el agua bendita, renovamos nuestras promesas, imploramos el Espíritu que infunda en nosotros la alegría de ser bautizados en Jesucristo, la alegría de ser cristianos, que nos ayude a vivir la vida nueva de la gracia y el amor.

En el bautismo hemos recibido toda la gracia de Dios, todo el amor de Dios, la vida nueva que es vida en el amor: amor por Dios y los hermanos; el amor, el único camino para vivir en la alegría, la paz, la felicidad del corazón aquí en la tierra y en plenitud en la eternidad. Somos realmente hijos de Dios, somos realmente hermanos de todos.

Jesús le dice a Luisa el 9 de agosto de 1937 que, para quien vive en la Divina Voluntad hay un sumo acuerdo en el amor; al poseer su vida en la criatura, ella duplica su amor, cuando quiere amar, ama en sí misma y ama dentro del alma, porque posee su vida. En el Querer Divino, el amor está en sumo acuerdo: las alegrías, la felicidad del amor puro están en pleno vigor. La bondad Paternal de Dios es mucha para quien vive en el Querer Divino, que Él enumera los respiros, los latidos, los pensamientos, las palabras, los movimientos, para recompensarlos y llenarlos todos de amor y en su énfasis de amor, Dios dice: “Nos ama y debemos amarla”. Y mientras Dios ama a este alma, Él hace alarde de tales dones y Gracias, para hacer asombrar el Cielo y la tierra. Esto es lo que se hizo con la Reina del Cielo. Dios mira a sí mismo y quiere dar lo que Él es y posee, la desemejanza lo pondría en pena y la criatura, al verse disímil de Él, no estaría con Él con esa confianza de hija y ese dominio de cuando se poseen los mismos bienes, los mismos dones; esta disparidad habría sido un obstáculo para formar una sola vida y para poderse amar de un solo amor, mientras que el vivir en el Querer Divino es justo esto, una sola Voluntad, un solo amor, bienes comunes y para todo lo que podría faltarle a la criatura, Dios pone el suyo para suplirla en todo y poder decir: “Lo que Nosotros queremos, ella lo quiere, nuestro amor y el suyo es solo uno y ella nos ama tal como Nosotros la amamos”.

Ya que la Madre Celestial vive y posee la vida del “Fiat Divino”, se aman de un solo amor, y aman a las almas de un amor gemelo. Y es tanto el amor por Ella que, tal como en el Cielo se encuentra la Jerarquía de los Ángeles, la diversidad de los órdenes de los Santos, así la Emperatriz Celestial, al ser la heredera de la gran herencia de la Divina Voluntad, cuando este reino se formará en la tierra, la gran Señora llamará a sus hijos a poseer su herencia y Dios le dará la gran gloria de hacerle formar la nueva Jerarquía, similar a los nueve coros de los Ángeles, así que tendrá el coro de los Serafines, los Querubines, etcétera, tal como formará también el orden de los Santos vividos en su herencia y, tras haberlos formados en la tierra, los trasladará al Cielo, rodeándose de la nueva Jerarquía, regenerados en el “Fiat Divino”, en su mismo amor, vivido en su herencia.

María, copia fiel de su Creador, mira en sí misma y encuentra sus mares de amor, gracia, santidad, belleza, luz, mira a las criaturas y quiere entregarse totalmente con todos sus mares, para que posean la Mamá con todas sus riquezas. Ver los hijos pobres, mientras que la Madre es tan rica, y sólo porque no viven en la herencia de la Madre, es un dolor, quería verlos en sus mares de amor, que amaran a su Creador tal como Ella lo ama, escondidos en su santidad, embellecidos con su belleza, llenos de su Gracia y, no viéndolos, si no se encontrara en el estado de gloria donde las penas no tienen lugar, por puro dolor habría muerto por cada criatura que no vive en el Querer Divino. Por eso Ella reza sin cesar, pone en oración todos sus mares, para impetrar que la Divina Voluntad se cumpla en el Cielo como en la tierra. Es tanto su amor que, en virtud del Querer Divino, se coloca en cada criatura para preparar el interior de sus almas, las une a su Corazón Materno, las coge entre sus brazos, para disponerlas a recibir la vida del “Fiat Supremo” y reza en cada corazón nuestra Majestad adorable diciéndole a la Santísima Trinidad: “Dense prisa, mi amor ya no se puede contener, quiero ver a mis hijos vivir juntos conmigo en esa misma Voluntad Divina que forma toda mi gloria, mi riqueza, mi gran herencia, confíen en mí y Yo seré capaz de defender tanto a los hijos como vuestra Voluntad que es también la mía”.

El amor de esta Reina y Madre Celestial es insuperable y sólo en el Cielo se conocerá cuánto ama a las criaturas y lo que hizo para ellos, su acto más exuberante, magnánimo y grande, es querer que posean el reino del Querer Divino, tal como Ella lo poseía y, ¡oh lo que haría esta Señora Celestial para obtener el intento!

 

En este acto solemne de tu bautismo,

te pido una gracia, que por cierto Tú no me negarás:

Te ruego que con tus manos santas bautices mi pequeña alma

En el agua vivificante y creadora de tu

Divina Voluntad,

para que no sienta, no vea, no conozca que

la vida de tu “Fiat”.

Ah, sí, te ruego que mi existencia no sea más que un sólo acto de tu Voluntad.

 

(de: Los giros del alma en la Divina Voluntad)

don Marco
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