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II Domingo del Tiempo Ordinario

“Aquí estoy”: una palabra que transforma

12/01/2018
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

Algo es estar al mundo o desarrollar su propia vida por casualidad. Otra cosa es sentirse llamados, porque amados: llamados a la vidas, a las decisiones, a la alegría, a los compromisos, a la satisfacción de tener un sentido en su propia existencia y en el paso de los días. La Biblia, la Palabra de Dios, a menudo nos presenta unos personajes, unos testimonios: personas que han vivido su fidelidad hacia Dios y su propia vocación y que siguen siendo, todavía hoy, modelos que nos ayudan a construir la vida y la fe de manera hermosa y profunda. Hoy se nos presentan personas que fueron elegidas y llamadas de manera particular por el Señor, han respondido con la alegría y la generosidad de su corazón, no han lamentado nada de lo que han dejado, en cambio ha dejado con alegría “el barco y el padre”, han realizado un plan de vida fundamental para sí mismos y para todos.

 

La primera figura es Samuel: llamado a ser “la boca de Dios”, es decir su profeta y portavoz. Tenemos también la figura de Eli, guía inteligente y sabia. En un primer momento Samuel confunde la voz de Dios con la de Eli. No es él, sino Dios que lo llama. Para entenderlo, Samuel sin embargo necesita a Eli, que lo ayuda a discernir la palabra de Dios y lo educa a asumir las actitudes adecuadas para escucharla y obedecerle. La experiencia de Dios siempre es personal, pero necesitamos a alguien que nos acompañe y nos introduzca en ella. Estupenda y profunda es la oración que Samuel pronuncia: “Habla, oh Señor, que tu siervo te escucha”. Y Samuel ha escuchado la voz y la llamada de Dios, no sólo en ese momento sino en toda su vida, al volverse en profeta, jefe, guía del pueblo de Dios. Y el comentario más fuerte que tenemos es este: “Samuel creció; el Señor estaba con él, y no dejó que cayera por tierra ninguna de sus palabras”. ¡Qué grandeza de escucha, cuidado, respuesta, de vida!

 

En el evangelio tenemos la llamada de Andrés y su compañero que viven un encuentro personal con Jesús, expresado con la imagen estupenda del vivir con él en la misma casa. Pedro también vive la experiencia personal de la mirada de Jesús que se pone en él y lo transforma. Todos necesitan la fe de alguien que entregue su vida al encuentro con Jesús: los dos primeros escuchan el testimonio de Juan el Bautista, Pedro la de su hermano Andrés. Estos apóstoles nunca se olvidarán de ese encuentro con Jesús y les darán la vida para siempre, aunque con límites y defectos, pero con la generosidad del corazón. Así realizan su vocación y misión, le dan el sentido más verdadero a su existencia, así se han convertido en las personas más útiles y grandes en la construcción de la vida de la Iglesia y del mundo.

 

Luisa también fue llamada por el Señor para una misión importante y decisiva: la de empezar a vivir en la Divina Voluntad y luego hacer partícipes a todas las criaturas. El 12 de noviembre de 1925, Jesús invita a Luisa a tener cuidado en hacer sus actos en la Divina Voluntad, porque quien esta llamado como jefe de una misión, cuanto más encierra de bien que pertenece a esa misión, tanto más bien podrá comunicar a los demás. Esos bienes serán como muchos gérmenes que prestará a los demás, para que quien tendrá la fortuna de querer adquirir esos gérmenes, se hará poseedor de la cosecha de esos gérmenes.

Lo que ocurrió en Adán, que al ser el primer hombre fue constituido el jefe de todas las generaciones, y al ser él el jefe, era necesario que poseyera los gérmenes, para darles a los demás lo necesario para el desarrollo de la vida humana; y luego estos gérmenes fueron ampliados, aclarados, más conocidos, según la buena voluntad de las generaciones siguientes, la capacidad y aplicación que han hecho en esos mismos gérmenes, pero Adán los tenía todos en sí mismo, y se puede decir que todo procede de él. Así que se puede decir que, al ser creado por Dios, fue dotado de todas las ciencias; lo que los demás aprenden con mucha dificultad, él lo poseía como don de manera sorprendente. Pues, poseía el conocimiento de todas las cosas de esta tierra, tenía la ciencia de todas las plantas, las hierbas, y la virtud que cada una de ellas contenía; tenía la ciencia de todas ellas especies de los animales y como debía utilizarlas; tenía la ciencia de la música, del canto, del escribir, de la medicina, en resumen, de todo, y si las generaciones poseen cada una de su ciencia especial, Adán las poseía todas. Pues, quién debe ser el jefe, es necesario que encierre en sí mismo todo el bien al que deben participar los demás.

 

Así es de Luisa. Como el Señor la ha llamó como jefe de una misión especial, más elevada que la de Adán. No son las ciencias humanas, sino la Ciencia de las ciencias, que es la Divina Voluntad, una ciencia toda de Cielo, y Jesús quiere que en Luisa se encierren todos los gérmenes que contiene la Divina Voluntad, para que, al haber más plenitud de luz se podrá difundir más para el bien de las generaciones, de manera que, afectadas por la plenitud de la luz, podrán conocer con más claridad el bien que contiene la Voluntad Divina, lo que significa vivir en Ella y el gran bien de que se quedan enriquecidas.

Ocurrirá como al sol que, como posee mucha plenitud de luz, con facilidad puede controlar toda la tierra, calentarla, iluminarla y fecundarla, de manera que todos puedan conocer, unos más y otros menos, el bien que hace al llevarle su luz a todos. Pero, si el sol en lo alto de su esfera fuera pobre de luz, la luz que baja no podría iluminar plenamente toda la tierra, a lo mejor unas partes pequeñas de la tierra que giran más cerca del sol. Y si al sol que naturalmente debía iluminar la tierra, Dios le ha dado tal plenitud de luz para el bien de todas las generaciones, y mucho más quiere llenar de plenitud de luz el Sol de la Divina Voluntad, que debe iluminar las almas, calentarlas y echar en ellas la fecundidad del germen de la santidad divina.

Tal como Dios eligió a Adán como jefe, así ahora elige un punto del cielo donde fijar el centro del sol que debía iluminar la tierra, y así eligió a Luisa como el centro del Sol de la Divina Voluntad, y debe ser tanta la plenitud de la luz, de la que todos podrán gozar y ser llenados de esta luz y hacerla suya. Por eso es necesario que Luisa complete los actos en la Divina Voluntad y el conocimiento que Jesús le manifiesta es para formar la plenitud de esta luz. La sabiduría eterna suele establecer los actos de la criatura para darle cumplimiento al bien que quiere hacerle. Lo que ocurrió para llegada de la Redención de la Palabra Eterna en la tierra, se necesitaron muchos años, y mientras tanto se establecían todos los actos que debían hacer las criaturas para disponerse y merecer el gran bien de la Redención, y todas las gracias y los conocimientos que debía dar la Majestad Suprema para dar a conocer el mismo bien que debía llevar a la bajada de la Palabra entre ellos. Por eso los Patriarcas, los Santos Padres, los Profetas y todos los buenos del Antiguo Testamento, que, con sus actos debían hacer el camino, la escalera para llegar al cumplimiento de la Redención deseada. Pero esto no era suficiente. Pero, aunque sus actos fueran buenos y santos, existía el muro altísimo del pecado original, que mantenía la división entre ellos y Dios. Por eso fue necesaria una Virgen concebida sin la mancha original, inocente y santa, y enriquecida por Dios de todas las gracias, que hizo suyos todos los actos buenos a lo largo de los siglos pasados, los cubrió con su inocencia, santidad y pureza, de manera que la Divinidad veía esos actos a través de los actos de esta Criatura inocente y santa, que no sólo había abrazado todos los actos de los antiguos, sino que ella con los suyos los superó todos, y por eso obtuvo la bajada de la Palabra en la tierra.

Ahora, para dar a conocer la Divina Voluntad y hacerla reinar como primer acto de vida en la criatura, se necesita el cumplimiento de los actos hechos en el Antiguo Testamento, aquellos de la Reina del Cielo, aquellos realizados por el mismo Jesús, los que hacen y harán todos los buenos y santos hasta el último día, y ponerle a todos el sello del intercambio de amor, bendición, adoración, con la santidad y potencia de la Divina Voluntad; nada debe escaparse.

La Divina Voluntad abraza todo; nosotros también con Luisa estamos invitados a abrazar todo y a todos y a poner en el primer lugar de honor sobre todos los actos de las criaturas la sola Divina Voluntad. Ella será nuestro cuño con el que acuñaremos la imagen de la Divina Voluntad sobre todos los actos de las criaturas.

El Señor quiere ver en nosotros el paso de la Divina Voluntad sobre todas las gracias y los prodigios que ha obrado en el Antiguo Testamento, para darle nuestro intercambio de amor y agradecimiento; en los actos de los Patriarcas y los Profetas, para suplir a su amor. No debe existir ningún acto donde no queremos encontrarnos; Jesús no se sentiría satisfecho ni contento si no nos encontrara en todos los actos de las criaturas que se hicieron y se harán, ni podremos decir que hemos completado todo en la Divina Voluntad; nos faltaría algo de verdadero vivir en el Querer Divino.

Quien quiere darle la luz a todos, debe abrazar a todos como en un abrazo solo, haciéndose vida y suplemento de todo y todos. ¿Acaso no es la Divina Voluntad la vida de todo? Y, en cambio, esta vida es correspondida con muchas amarguras. Pues, es necesario que fluya en todos, para suavizar estas amarguras, sustituyéndose como acto de vida con su misma Voluntad para cada acto de la criatura ingrata.

 

Existe una palabra simple y grande que es todo en la vida de una persona, la palabra: “Aquí estoy”. La pronunció Jesucristo: “Entonces Yo dije: «Aquí estoy, Yo voy para hacer tu voluntad». La pronunció Samuel, la pronunciaron los apóstoles, la pronunció la Virgen, «Aquí estoy, soy la servidora del Señor, se cumpla en mí según tu Palabra». La pronunció Luisa con su “Fiat”, la pronunciaron millones de creyentes y consagrados.

Queremos pronunciarla nosotros también, cada uno en una relación personal con Jesús el Señor, en la relación con los demás, en la luz más espléndida que asume nuestra vida.

don Marco
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