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Santísima Trinidad

Dios, Trinidad... Amor

09/06/2017
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Amadísimos hermanos y hermanas, Fiat!

En el primer domingo después de Pentecostés, nosotros, Iglesia, estamos llamados a celebrar la fiesta de la Santísima Trinidad. Es la gran revelación que Dios hace de sí mismo de manera gradual a lo largo de toda la Biblia, como una luz que se hace siempre más resplandeciente, hasta la revelación completa ofrecida por Jesús, el Cristo, cuando, como escribe el evangelista Juan: “Dios ha amado tanto al mundo que envió a su Hijo unigénito”

 

La luz del tiempo pascual y de Pentecostés renueva cada año en nosotros la alegría y el estupor de la fe: reconocemos que Dios no es algo vago, nuestro Dios es concreto, no es algo abstracto, tiene un nombre: “Dios es amor”. No es un amor sentimental, emotivo, sino el amor del Padre que está al origen de cada vida, el amor del Hijo que muere sobre la cruz y resucita, el amor del Espíritu que renueva al hombre y al mundo. Pensar que Dios es amor nos hace mucho bien, porque nos enseña a amar, a donarnos a los demás como Jesús se donó a nosotros, y camina con nosotros. Jesús camina con nosotros en el camino de la vida.

 

La Santísima Trinidad no es el resultado de razonamientos humanos; es el rostro con el que Dios mismo se ha revelado, no desde lo alto de una cátedra, sino caminando con la humanidad. Es precisamente Jesús quien nos ha revelado al Padre y que ha prometido el Espíritu Santo. Dios caminó son su pueblo en la historia del pueblo de Israel y Jesús ha caminado siempre con nosotros y nos prometió el Espíritu Santo que es fuego, que nos enseña todo lo que nosotros no sabemos, que dentro de nosotros nos guía, nos da buenas ideas y buenas inspiraciones.

 

Hoy alabamos a Dios no por un misterio particular, sino por él mismo, “por su gloria inmensa”, como dice el himno litúrgico. Lo alabamos y le damos gracias porque es Amor, y porque nos llama a participar en el abrazo de su comunión, de su verdadero amor.

 

Nos viene espontáneamente el deseo de repetir tres veces con calma “Gloria a ti Padre, gloria a ti Hijo, gloria a ti Espíritu Santo”. De este modo logramos ponernos con mayor intensidad en una relación profunda, inmediata, simple con las Personas que son “Dios”, “Dios Amor”.

 

El misterio de la Trinidad de Dios, es decir el modo íntimo de la vida de Dios, ilumina el misterio de la vida de los hombres. La vida de Dios es amor: la vida de los hombres es verdadera si es amor. En la Trinidad cuanto más se es uno mismo, tanto más se es comunión con los demás; cuanto más se es comunión con los demás más, tanto se es uno mismo. ¡La Trinidad es verdad, es ideal, es modelo también para la vida de la humanidad! ¡Ayuda a superar todo pecado y todo egoísmo, todo temor!

 

El hombre no fue creado a imagen de un Dios solitario, sino de un Dios amor. Cada persona individual y la humanidad misma no serán ellas mismas fuera de la comunión. Así y solamente así podrán salvarse. Dios no quiso salvar a los hombres individualmente, sino uniéndolos en un pueblo. La Iglesia, nacida de la comunión y destinada a ella, se encuentra por eso a comprometerse en el corazón de la historia de estos años como levadura de comunión y de amor.

 

En un pasaje del diario de Luisa, particularmente bello y poético, Jesús nos muestra cómo toda la Creación Dios la pensó en referencia al hombre y cómo este proyecto de amor lo ha venido actuando.

Cuando Dios creó el cielo, concentró su amor para con el hombre en el cielo, y para darle mayor placer lo llenó de estrellas. Dios no amó el cielo, sino al hombre en el cielo, y lo creó para él. Qué fuerte y grande ha sido su amor al extender sobre la cabeza del hombre esta bóveda azul, adornada de estrellas espléndidas, como un rico pabellón que ni reyes, ni emperadores pueden tener algo semejante.

Pero no se contentó concentrando su amor por el hombre en el cielo, que debía servir sólo para deleitarse. Queriendo Dios complacerse en amor con él, quiso crear el sol, concentrando en él tanto amor para con el hombre. Dios amó al hombre en el sol, no al sol, y por eso lo puso en él con amor de necesidad, porque era necesario para la tierra el sol, que debía servir a las plantas y para el bienestar del hombre; amor de luz, que debía iluminarlo; amor de fuego que debía calentarlo; todos los efectos que produce este globo de fuego; milagro continuo que está en la bóveda del cielo y que desciende a favor del hombre, por cuantos bienes y efectos produce. Si la criatura pusiera al menos atención al amor que le da el sol, Dios se sentiría feliz y correspondido del gran amor que ha puesto en este portador de su amor y de su luz.

Y así con cada cosa creada: en el viento, en el mar, en la pequeña flor, en el pajarillo que canta, en todo Dios ha concentrado su amor, para que todo le llevara amor, pero para sentir y comprender y recibir este lenguaje suyo de amor, el hombre debía amar, de lo contrario toda la Creación habría sido como muda para él y sin vida.

 

Y he aquí que después de haber formado el cuerpo del hombre con sus manos creadoras, y conforme iba creando los huesos, los nervios, el corazón, así fue concentrando su amor en él, y después de que lo vistió de carne, formando como la más bella estatua que ningún otro escultor podrá hacer jamás, lo miró y lo amó tanto que su amor se desbordó, y no pudiendo contenerlo, soplando sobre él, le infundió la vida.

 

Pero Dios todavía no estaba satisfecho: la Sacrosanta Trinidad, en un exceso de amor, quiso darle una dote, dándole el intelecto, la memoria y la voluntad, y de acuerdo a su capacidad de criatura, lo enriqueció de todas las partículas del Ser Divino. Toda la Divinidad estaba del todo atenta para amar y en volcarse en el hombre. Desde el primer instante de su vida el hombre sintió toda la fuerza del amor de Dios y desde el fondo de su corazón pudo expresarlo con su voz. Dios se sintió feliz sintiendo que su obra, su estatua, hecha por él, hablaba, lo amaba y con amor perfecto, porque era el reflejo perfecto del amor que salía de él.

Este amor no había sido contaminado por su voluntad humana y por eso su amor era perfecto, porque poseía la plenitud del amor de Dios.

De todas las cosas creadas por Dios, ninguna de ellas le había dicho que lo amaba. Ahora, al escuchar que el hombre lo amaba, la alegría de Dios fue tan grande que, para llevar a cumplimiento todo, Dios lo constituyó rey de todo el universo y como la más bella joya de sus manos creadoras.

¡Qué bello era el hombre en los primeros tiempos de su creación! Era el puro reflejo de Dios, y estos reflejos le daban tanta belleza que arrobaba al amor mismo de Dios y lo hacían perfecto en todos sus actos. Perfecta era su alegría, que le daba a su Creador; perfecta su adoración, su amor, sus obras. Su voz era tan armoniosa que resonaba en toda la Creación, porque poseía la armonía divina y la de aquel "Fiat" que le dio la vida. Todo era orden en él, porque el Querer Divino le daba el orden de su Creador, lo volvía feliz y lo hacía crecer a semejanza suya, de acuerdo a aquello que dijo cuándo lo creó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Cada acto suyo, hecho en la unidad de la luz del “Fiat Supremo”, era un tinte de belleza divina que adquiría; cada palabra que decía era una nota armoniosa más que sonaba.

 

La fiesta de la Trinidad es una invitación calurosa a injertarse en el dinamismo mismo de Dios, para tener sus mismas ambiciones, para vivir su misma vida, para alegrase en el amor que ya no tiene ocaso. El Señor, que quiere la salvación de todos, la realiza reuniendo a los hombres y a las mujeres a su alrededor como una gran familia. La salvación se llama, de hecho, comunión con Dios y entre los hombres. Es el proyecto de Dios sobre el mundo. 

don Marco
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