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Solemnidad de Pentecostés

Comienza la misión destinada a todos los pueblos.

02/06/2017
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Queridos hermanos y hermanas, Fiat!

 “No os dejaré huérfanos” dijo Jesús a sus amigos, anunciándoles su regreso al Padre; “Les enviaré al Espíritu Santo”. Y para ayudarles a entender quién era, ese misterioso Espíritu, lo llama “Paráclito”, terminó que se usaba en aquel entonces para designar a un abogado defensor, un consejero amigo, un apoyo en las dificultades.

Aquella promesa, las lecturas de hoy dicen que Jesús les dio cumplimiento dos veces. De la primera habla el Evangelio (Jn 20, 19-23): “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado”, traspasados por los clavos y la lanza; y entonces “sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo”. Luego añadió las palabras que expresan la finalidad de aquél don: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. El Espíritu es por lo tanto la fuerza divina que sostiene a los apóstoles en la misión que se les confió, el consejero que los guía para decidir a quién participarle los bienes de la redención y a quién no. Esta misión confiada a los apóstoles encuentra su aclaración en otras páginas del evangelio; en donde se afirma que en la realización de su misión ellos no están solos, sino que pueden contar con la asistencia divina.

El otro lugar en donde se da cumplimiento a la promesa de Jesús está narrado en la primera lectura (Hch 2, 1-11). El día de Pentecostés (es decir el quincuagésimo día después de Pascua, el décimo después de la visible Ascensión de Jesús al Cielo) el don del Espíritu Santo sobreviene de manera sensible: un estruendo como de un relámpago, un viento impetuoso, lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de los presentes, las cuales les hacen percibir que están viviendo un momento excepcional; luego comprenden de qué se trata: “quedaron todos llenos del Espíritu Santo”. Y hay una particularidad que es importante en aquél estruendoso don del Espíritu: las consecuencias inmediatas, expresadas en lo obrado por quienes lo recibieron. Pentecostés era ya una fiesta hebrea y en Jerusalén se encontraban para la ocasión los hebreos de la diáspora, habitantes de todos los países del mundo conocidos en aquel entonces. Mientras permanecían encerrados en casa por el miedo, en cuanto fueron fortalecidos por el Espíritu Santo los apóstoles salen y se ponen a hablar, anunciando a todos “las grandes obras de Dios”. Así comienzan a darle cumplimiento al mandato recibido el día de Pascua; comienza la misión de la Iglesia, destinada a todos los hombres de todos los pueblos.

La segunda lectura (1Cor 12 ,3-13) está vinculada a este aspecto. Los cristianos de Corintio viven en un escenario muy diferente: los eventos en Jerusalén están distantes en el espacio y el tiempo, y ellos provienen ya no del mundo hebreo sino del pagano. Con relación al Espíritu Santo el apóstol les recuerda muchas cosas: les recuerda que él es Dios; que mueve a los hombres a reconocer a Jesús, el redentor; que distribuye dones diversificados de acuerdo a los destinatarios, para que cada uno dé frutos diferentes para utilidad común; les recuerda que lo recibieron en el bautismo, y sin distinción de raza o condición social.

Nos interesa particularmente el hecho de que también los corintios lo recibieron, porque da testimonio de que el Espíritu Santo no fue dado solamente a los apóstoles, ni solamente a los hebreos, sino a todos los que profesan la fe en Jesús. Pentecostés, por lo tanto, es también para nosotros; la promesa de Jesús de no dejar huérfanos a sus amigos es para todos los hombres de todo tiempo y país. También nosotros, explica el apóstol Pablo: “en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo”. Es el cuerpo místico de Cristo; es su Iglesia.

Pero sobretodo el motivo profundo que llevó a Dios a no dejarnos huérfanos es su inmenso amor por nosotros, sus criaturas, que llevo a cabo cuando nos creó. En un capítulo del 9 de marzo de 1931 Jesús le explica a Luisa cómo el primer amor de Dios para con el hombre fue manifestado en la Creación.

El amor por la criatura ha sido “ab eterno” (eterno) en el corazón de Dios, la ha amado desde siempre. En cuanto el “Fiat Divino” fue pronunciado y paso a paso fue creando el Cielo, el Sol y todo lo demás, así iba exteriorizando en cada cosa creada, casi paso a paso su amor contenido desde toda la eternidad por la criatura.

Pero un amor llama a otro; habiéndose exteriorizado en la Creación del universo y habiendo sentido lo refrescante que es, lo dulce que es amar y que solamente exteriorizándolo puede desahogarse y se siente lo dulce que es amar, el amor de Dios, habiendo empezado a exteriorizarse no se daba paz hasta no haber creado a aquél por quien había comenzado a exteriorizar su amor, sembrándolo en todas las cosas creadas. De manera que estaba a punto de estallar dentro del corazón de Dios, y, queriendo darle cumplimiento a su amor, llamó al hombre de la nada para darle el ser y crear en él su misma vida de amor; si no hubiera creado en él la vida del amor para ser reamado, no hubiera habido ninguna razón, ni divina ni humana de exteriorizar tanto amor por el hombre. Si Dios amó tanto al hombre, era razonable y con derecho que él debía amarlo, pero no teniendo nada de sí mismo convenía a la sabiduría de Dios crear él mismo la vida del amor para ser reamado por la criatura.

El exceso del amor de Dios, antes de crear al hombre, no estaba satisfecho de haber exteriorizado su amor en la Creación, pero llegó a tanto que, sacando de su propio ser Divino sus cualidades, sacó mares de potencia y amó al hombre en su potencia; mares de santidad, de belleza, de amor y así de todo lo demás y lo amó en su santidad, en su belleza, en su amor. Estos mares debían servir para revestir al hombre, para que encontrara en todas las cualidades divinas el eco de su amor potente y pudiera amarlo con amor un potente, con un amor santo y con un amor de una belleza arrebatadora. Dios quería al hombre no siervo sino hijo, no pobre sino rico, no fuera de sus bienes sino dentro de su herencia divina, y, como confirmación de esto, le dio por vida y por ley la misma Voluntad Divina. He aquí la razón por la cual Dios ama tanto a la criatura, porque tiene de lo suyo y no amar las cosas propias no es natural y es contra la razón.

don Marco
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