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XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Reunidos en Su nombre

08/09/2017

Hermanos y hermanas, ¡Fiat!

Jesús dice: “Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá”. ¿Por qué Jesús asegura que la oración “concorde” se escucha?

 

Porque se hace en la caridad, el perdón, la comprensión, la compartición, en ese amor que es capaz de dar la vida para la persona amada. Jesús nos indica una oración vivida en el amor, no en el individualismo, en la ilusión de su propio recogimiento. Siempre es necesario unirse a los demás. No en vano, la Misa es la unidad del Cuerpo de Jesucristo que es la Iglesia. ¿Y la oración personal, la adoración silenciosa, la contemplación? Son muy necesarias para volverse capaces de amar, unirnos a los demás, percibir que cada acto de amor hacia el Señor es real si, a la vez, es amor concreto hacia los hermanos.

Pero, sobre todo, la razón por la que la oración “concorde” se escucha es porque el mismo Jesús está entre nosotros, su Espíritu de amor reza con gemidos inexpresables.

 

“Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. ¿Dónde está Jesús, donde lo encontramos, dónde hacemos experiencia de Él, dónde encontramos su gracia de salvación? Cuando estamos reunidos en su Nombre, en su amor, Él está entre nosotros, con nosotros, para nosotros.

Jesucristo, viviente en los cielos, Jesucristo presente en la Eucaristía y la Palabra, Jesucristo presente en el prójimo necesitado ... está presente y obra entre nosotros, “reunidos en su nombre”, en la comunión fraternal, en la comunidad cristiana.

¡Qué milagro de gracia, fuerza, potencia es la presencia de Jesucristo con nosotros!

 

Cuanto más el alma queda identificada en Dios, tanto más Dios puede dar y ella puede conseguir algo de Él. Para explicar mejor esta gran verdad del amor de Dios por el hombre, Jesús lo explica a Luisa a través de la imagen del mar y el pequeño río. Ocurre como entre el mar y el riachuelo, separado del mar por una sola pared, tanto que si se quitara la pared, el mar y el riachuelo se convertirían en un solo mar. Ahora, si el mar se desborda, el riachuelo, al estar muy cerca, recibe las olas del mar; si las olas fragorosas se levantan, bajando, se descargan en el riachuelo cercano. El agua del mar se derrama a través de las hendiduras de las paredes, así que el riachuelo siempre recibe del mar, y al ser pequeño, siempre se hincha y devuelve al mar el agua que recibe para recibirla otra vez. Esto ocurre porque el riachuelo está cerca del mar, pero si estuviera lejos, el mar no podría dar ni el riachuelo podría recibir; la lejanía lo pondría en condición de ni siquiera conocer el mar”.

El mar es Dios, el riachuelo es el alma, la pared que los divide es la naturaleza humana, que hace distinguir a Dios y la criatura; los desbordamientos, las olas que se levantan constantemente para derramarse en el riachuelo son la Divina Voluntad, que quiere darle mucho a la criatura, para que el riachuelo, llenándose e hinchándose, forme sus olas hinchadas del viento de la Voluntad Suprema y se derrame en el mar divino para llenarse otra vez, para que pueda decir: “Hago la vida del mar y, aunque soy pequeño, yo también hago lo que él hace, desbordo, formo mis olas, me levanto y trato de darle al mar lo que él me da”.

Así el alma que queda identificada con Dios y se hace dominar por su Voluntad: es la repetidora de los actos divinos; su amor, sus adoraciones, su oración y todo lo que hace es el desemboque de Dios que recibe, para poder decir: “Es tu amor que te ama, tus adoraciones que te adoran, tus oraciones que te oran, es tu Voluntad que, colmándome, me ha hacer lo que Tú haces, para devolvértelas como cosas tuyas”.

¡Es tan grande la potencia de la Divina Voluntad! Ella sola une el Ser más grande, más alto, junto con el ser más pequeño y bajo, formando un único ser. Ella sola tiene la capacidad de vaciar a la criatura de todo lo que no le pertenece, para poder formar en ella con sus reflejos ese Sol Eterno que, llenando el Cielo y la tierra con sus rayos, se confunde con el Sol de la Majestad Suprema. Ella sola tiene esta virtud de comunicar la fuerza suprema, para poder levantar a la criatura.

En cambio, cuando la criatura no vive en la unidad de la Divina Voluntad, pierde la fuerza única y se queda como dividida de esa fuerza que llena el Cielo y la tierra y sostiene todo el universo como si fuera la pluma más pequeña. Ahora, el alma, cuando no se hace dominar por la Voluntad de Dios, pierda la fuerza única en todas sus acciones, y entonces todos sus actos, no saliendo de una sola fuerza, se quedan divididos entre ellos: dividido el amor, separada la acción, desunida la oración. Así que todos los actos de la criatura, al ser divididos, son pobres, mezquinos, sin luz; pues, la paciencia es pobre, la caridad es débil, la obediencia es coja, la humildad es ciega, la oración es muda, el sacrificio es sin vida y vigor, porque, en ausencia de la Voluntad Divina, falta la fuerza única que, uniendo todo, le da la misma fuerza a cada acto de la criatura. Por eso, no sólo quedan divididos entre ellos, sino que quedan afectados por la voluntad humana y cada uno se queda con su defecto.

Es lo que pasó a Adán: sustrayéndose de la Voluntad Suprema, perdió la fuerza única de su Creador y, quedándose con su fuerza humana limitada, percibía el cansancio en su obrar, tanto más cuanto que la fuerza que ponía en cumplir una acción lo debilitaba y, al hacer otra acción, no tenía la misma fuerza, no sólo estaban divididas, sino que cada una tenía su defecto. Así es para los que no se abandonan totalmente en los brazos de la Voluntad de Dios, porque con Ella la fuerza del bien se convierte en naturaleza y la pobreza no existe.

 

“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. «Hoy, que las redes y los instrumentos de la comunicación humana han alcanzado desarrollos inauditos, sentimos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar en esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación. Salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse en sí mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad saldrá perdiendo con cada opción egoísta que hagamos». (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 87).

don Marco
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