Volver a los evangelios

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

Yo elegí a ustedes, para que den fruto, dice el Señor

06/10/2017

Hermanos y hermanas, ¡Fiat!

En los textos bíblicos encontramos la imagen de la viña. El profeta Isaías simboliza Israel como una viña a la que Dios le dio cada atención para que produjera frutos buenos, pero ésta no lo correspondió. A las expresiones estupendas de la atención de Dios “voy a cantar para mi dilecto mi canto de amor para su viña”, por todo lo que hizo, no corresponden frutos buenos, sino “granos de uva ásperos”.

 

En el salmo, desde esta situación de pecado, de no correspondencia, se implora al Señor para que tenga piedad de nuestras no correspondencias, de nuestros pecados, tenga misericordia y nos vuelva a donar la vida. Esta oración se ve reforzada por un serio propósito de ser fieles al Señor, a su amor: “ya no nos alejaremos de ti, que resplandezca tu rostro y seremos salvados”.

 

Pero la situación se vuelve grave – según el evangelio – cuando se pone en acto una rebelión contra Dios, en la búsqueda de sus propios intereses. La parábola habla de los siervos maltratados y golpeados, habla del hijo que es asesinado (Jesús habla de sí mismo: pensamos con qué conmoción haya hablado tan explícitamente de su pasión y muerte). ¡Cuántos signos de Dios, cuántas personas enviadas (los profetas) para ayudar, cuánto amor en Jesús, Hijo del Padre que vino para salvar! La rebelión contra Dios – en la ilusión de constituir mejor su vida por su cuenta – es su propia ruina.

Dios siempre ofrecerá su amor, su reino se dará a un pueblo que produzca frutos.

 

A menudo Jesús le habla a Luisa de la no correspondencia de la criatura al Creador. Jesús quiere refrigerio a sus llamas, quiere desahogar su amor, pero las criaturas rechazan su amor. Al crear al hombre Dios sacó de su Divinidad una cantidad de amor que debía servir como vida primaria de las criaturas, para enriquecerse, sostenerse, fortalecerse y como ayuda para todas sus necesidades, pero el hombre rechaza este amor y Su amor va vagando desde cuando el hombre fue creado y siempre rueda sin pararse; y, rechazado por uno, corre a otro para darse y, al verse rechazado, solloza para el llanto. Así que la no correspondencia forma el sollozo del llanto del amor. Mientras el Amor de Dios va vagando y corre para darse, si ve a alguien débil, pobre, solloza para el llanto y le dice: “¡Ay, si no me hubieras hecho vagar y me hubieras dado cobijo en tu corazón, habrías sido fuerte y no te faltaría nada!”. Si ve a otro caído en la culpa, solloza: “¡Ay, si me hubieras dejado entrar en tu corazón, no te habrías caído!”. Para ese otro que ve arrastrado por sus pasiones, enfangado de tierra, el amor llora y, sollozando, le repite: “¡Ay, si hubieras acogido mi amor, las pasiones no habrían tenido vida en ti, la tierra no te habría tocado, mi amor hubiera sido suficiente para todo!”. Y así, en cada mal del hombre, pequeño o grande que sea, él tiene un sollozo de llanto y sigue vagando para darse al hombre. Cuando en el jardín del Getsemaní se presentaron todos los pecados delante de la Humanidad de Jesús, cada culpa tenía el sollozo de Su amor, y todas las penas de la Pasión, cada golpe de flagelo, cada espina, cada llaga, iba acompañada por el sollozo de Su amor, porque si el hombre hubiera amado, ningún mal podía llegar; la falta de amor hizo germinar todos los males e incluso las mismas penas de Jesús.

Dios, al crear al hombre, hizo como un rey que, queriendo hacer feliz su reino, toma un millón y lo difunde, para que quien lo quiera lo tome, pero por mucho que lo difunda, sólo alguien toma unos céntimos. Ahora, el rey es ansioso de saber si los pueblos acogen el bien que quiere hacerle y pide si su millón se acabó para difundir otros millones, y se le responde: “Majestad, sólo unos céntimos”. El rey siente dolor al sentir que su pueblo no recibe sus dones, ni tampoco los aprecia. Ahora, saliendo entre sus súbditos empieza a ver a unos cubiertos de harapos, otros enfermos, otros en ayunas, otros que tiemblan de frío, otros sin hogar, y el rey, en su dolor, solloza para el llanto y dice: “¡Ay! Si hubieran aceptado mi dinero, no vería a nadie que me hace deshonrar, cubiertos de harapos, sino bien vestidos; ni enfermos, sino sanos; no vería a nadie en ayunas y casi muerto por el hambre, sino saciados. Si hubieran aceptado mi dinero, nadie estaría sin hogar, todos podrían tranquilamente construirse una habitación para refugiarse”. En resumen, para cada desventura que ve en su reino, tiene un dolor, una lágrima, y añora su millón que la ingratitud del pueblo rechaza. Pero, es tanta la bondad de este rey, que frente a tanta ingratitud, no retira este millón, sino que sigue difundiendo, esperando que otras generaciones puedan acoger el bien que los demás han rechazado, y recibir así la gloria del bien que hizo a su reino. Así lo hace el Señor: no retirará su amor que sacó, seguirá vagando, su sollozo durará, hasta que no encontrará a almas que acojan este amor hasta el último céntimo, para que termine Su llanto y pueda recibir la gloria de la dote del amor que sacó para el bien de las criaturas.

¿Quiénes serán las afortunadas que dejarán terminar el sollozo del llanto al amor? Las almas que vivirán en el Querer Divino; ellas acogerán todo el amor rechazado por las demás generaciones, con la potencia de la Divina Voluntad creadora lo multiplicarán cuanto quieran y para todas las criaturas que lo han rechazado. Pues se acabará su sollozo y, a cambio, entrará la sonrisa de la alegría, y el amor complacido les dará a las afortunadas todos los bienes y la alegría que los demás no quisieron.

 

La carta de Pablo nos ayuda a encomendarnos a Dios y vivir una vida nueva en la fe, una vida llena de buen testimonio y buenos frutos.

“No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos”.

don Marco
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