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XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

Avivar el don de Dios que es la fe

04/10/2019
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

Los apóstoles le dijeron al Señor: “¡Auméntanos la fe!”. Todos nosotros podemos hacer esta invocación. Nosotros también como los Apóstoles decimos al Señor Jesús: “¡Auméntanos la fe!”. Sí, Señor, nuestra fe es pequeña, nuestra fe es débil, frágil, pero te la ofrecemos tal como está, para que Tú la aumentes. “Señor, ¡auméntanos la fe!”.

Quizás, muchos no entienden la importancia de tener fe, crecer en la fe... entre mucha gente que quiere destruir la fe, que introduce en la cultura y la manera de pensar materialista la convicción de que tener fe significa no divertirse, no ser felices, que la felicidad está en otra parte... Y muchas personas caen en eso, y corren el riesgo de arruinar su vida, dedicándose sólo a la mundanería o, a lo mejor, a la carrera y las ilusiones humanas. Personas que corren el riesgo de perder y arruinar su vida en la eternidad: “De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?”, nos dice Jesús.

Aquí está la importancia de la fe: la alegría, el don de la fe, la luz y la fuerza de la fe.

Y el Señor, ¿qué nos responde? Responde: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, podrían decir...». El grano de mostaza es muy pequeño, pero Jesús dice que es suficiente tener una fe de este tamaño, pequeña, pero verdadera, sincera, para hacer cosas humanamente casi imposibles, impensables. ¡Y es verdad! Todos conocemos a personas sencillas, humildes, pero con una fe muy fuerte, ¡que realmente desplazan las montañas! Pensemos por ejemplo en ciertos padres que enfrentan situaciones muy duras; o en ciertos enfermos, también muy graves, que transmiten serenidad a quien va a visitarlos. Estas personas, precisamente por su fe, no se jactan de lo que hacen, más bien, tal y como pide Jesús en el Evangelio, dicen: «Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber».

El Diario de Luisa, como sabemos, empieza precisamente hablando de la fe (28 de febrero de 1899); Jesús le dice simplemente a Luisa que “¡la fe es Dios!”. De esta simple afirmación, Luisa empieza una profunda reflexión, a partir de lo que vivía en su relación con Dios.

Estas dos palabras, escribe Luisa, contenían una luz inmensa, que es imposible explicar. En la palabra “fe” comprendía que la fe es Dios mismo. Tal como el alimento material le da vida al cuerpo para que no muera, así, sin la fe, el alma está muerta.

La fe vivifica, la fe santifica, la fe espiritualiza al hombre, y le permite tener la mirada fija en un Ente Supremo, de manera que no aprende nada de las cosas terrenales, y, si las aprende, las aprende en Dios. ¡Oh! La felicidad de un alma que vive de fe. Su vuelo es siempre hacia el Cielo; en todo lo que le sucede, siempre se refleja en Dios, y he aquí como, en la tribulación, la fe la eleva en Dios y no se aflige, ni siquiera se queja, sabiendo que no debe formar aquí su contento, sino en el Cielo, así que si la alegría, la riqueza, los placeres, la rodean, la fe la eleva en Dios y se dice a sí misma: “¡Cuánto más contenta y rica seré en el Cielo!”. Así que los bienes terrenales la molestan, los desprecia, y se los pone bajo sus pies.

A un alma que vive de fe, le sucede como a una persona que posee millones y millones de monedas, y hasta reinos enteros, y otra persona le quiere ofrecer un céntimo. Ahora, ¿qué diría? ¿No se indignaría, no se lo arrojaría a la cara? ¿Y si ese céntimo estuviera todo enlodado, como son las cosas terrenales? Y además: ¿y si ese céntimo sólo se le diera en préstamo? Entonces diría: “Inmensas riquezas gozo y poseo, ¿y tú osas ofrecerme este vil céntimo tan enlodado y por poco tiempo?” Voltearía en seguida la mirada y no aceptaría el don. Así hace el alma que vive de fe con respecto a las cosas terrenales.

El cuerpo, tomando el alimento, no sólo se sostiene, sino que participa en la sustancia del alimento, la que se transforma en el mismo cuerpo. Ahora, así es para el alma que vive de fe; como la fe es Dios mismo, el alma llega a vivir del mismo Dios, y alimentándose del mismo Dios, llega a participar en la sustancia de Dios, y participando llega a parecerse a Él, y transformarse en el mismo Dios. Pues, al alma que vive de fe le sucede que: santo es Dios, santa es el alma; potente es Dios, potente es el alma; sabio, fuerte, justo es Dios, sabia, fuerte, justa es el alma, y así de todos los demás atributos de Dios. En definitiva, el alma llega a ser un pequeño Dios. ¡Oh! La bienaventuranza de esta alma en la tierra, para ser luego más bienaventurada en el Cielo.

don Marco
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