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XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Vayan, llamen, inviten...

13/10/2017
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

“El reino de los cielos se parece a un rey, que celebraba la boda de su hijo”.

 

Un gran anuncio de esperanza y alegría atraviesa la palabra de Dios de esta Misa: es un mensaje de consolación de Dios a su pueblo. Isaías dice: Dios quitará el velo del luto, hará desaparecer la muerte, secará cada lágrima.

 

En el texto del evangelio, Jesús nos dice estas palabras: “el reino de los cielos se parece a un rey, que celebraba la boda de su hijo” y hace llamar a todos los invitados designados, y luego, tras su rechazo, a todos los hombres. El reino de los cielos es un banquete de bodas; Jesús es el esposo; Dios Padre, el rey de la parábola, el autor y la origen de todo el plan.

La parábola nos dice que el Reino de los cielos se parece a un banquete perenne que el Padre preparó para nosotros y para todos los hombres. Un banquete que dura para siempre, una fiesta que nunca termina, una alegría intensa, total, profunda, absoluta.

 

Concretamos para nosotros unas expresiones del evangelio:

“Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados... De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir: Todo está a punto, vengan a las bodas... Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren, llámenlos a las bodas...”.

Es decir, llámenlos a la fiesta, a la alegría, al amor del Señor... “Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación y su amor!”.

 

Vayan, llamen, inviten...

“Dios quiso llamarnos a colaborar con Él y estimularnos con la fuerza de su Espíritu” (EG 12).

El Señor nos manda a los demás para ayudarlos a acoger, experimentar su gran amor, encontrar el sentido auténtico de la vida en la tierra y eternamente, responder a las dudas profundas que en cada momento surgen en el corazón de las personas. Esta es la misión de los cristianos.

 

“Nuestra pastoral ordinaria, animada por el fuego del Espíritu, debe encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna. Trabajamos para el crecimiento de los creyentes, de manera que respondan cada vez mejor y con toda su vida al amor de Dios. Ofrecemos nuestra obra a los que tienen dificultades para que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio” (EG 14).

 

“En nuestra boca vuelve a resonar siempre el gran anuncio: Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte” (EG 164).

 

El 30 de agosto de 1931, Jesús le dice a Luisa que, quien se contenta con el pequeño amor que posee la criatura, no posee la naturaleza del amor verdadero; mucho más que el pequeño amor está sujeto a acabarse, y al contentarse, falta la fuente necesaria que da la vida y alimenta la llama del amor verdadero. Al crear al hombre, la bondad paternal de Dios, le dio toda la libertad para poder venir a Él, cuantas veces lo quisiera, no se fijó ningún límite, más bien, para estimularlo aún más a venir a menudo, Dios le prometió que cada vez que iba a venir, habría recibido la sorpresa agradable de un don nuevo. Para el amor de Dios que es inextinguible, habría sido un dolor si no tuviera siempre que dar a sus hijos, más bien espera con ansia su venida para darles ahora una sorpresa, y luego otra, con dones uno más hermoso que el anterior. El amor de Dios quiere tener un banquete con la criatura, y se alegra de preparar el banquete a su costa, para tener ocasión de dar siempre. Actúa al igual que un Padre que quiere la corona de sus hijos a su alrededor, no para recibir, sino para dar y preparar fiestas y banquetes, para divertirse junto con sus hijos. ¿Qué dolor sería para un Padre que ama si los hijos no fueran a él y no tuvieran nada que darle? Para Dios no hay peligro de que no tenga nada que darles, pero sí hay peligro de que los hijos no vengan y el amor de Dios delira porque quiere dar. Y, para estar más seguro de donde la criatura tiene que poner sus dones, quiere encontrar en ella la Divina Voluntad, que conservará el valor infinito de los dones de Dios y la criatura nunca volverá a sentirse pequeña en su amor, en sus oraciones, en sus actos, sino que sentirá junto con la Divina Voluntad que fluye en ella, una vena infinita, de manera que todo para ella se vuelve infinito: amor, oraciones, actos y todo. Pues sentirá en sí misma la alegría, porque no se hace menos en amar a Dios, porque tiene en su poder un Querer Divino que corre en sus actos. 

don Marco
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