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“Cada uno de nuestros actos sea la ocasión para encontrar a Jesús para aliviar las penas que Le infligen las criaturas”

4. El encuentro con Jesús

01/01/2018
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Tras haber encontrado el niño Jesús en el Templo, la vida de la Sagrada Familia vuelve a fluir felizmente en la pobre, humilde casa de Nazaret, con los víveres derivados del trabajo de san José, artesano-carpintero.

Años de paraíso: en aquella casa todo era amor, beatitud para la presencia constante de Jesús, fuente constante de luz y gracia divina, que animaba cada rincón de la casita y cada momento del día, alegrando, sin interrupción, los corazones de la Mamá y san José.

En aquella casa se formó el Reino de la Divina Voluntad, para donarlo a la familia humana, cuando las criaturas se habrían dispuestas a recibirlo. La Redención servía para prepararlas, darles el derecho de entrar en este Reino, dejando, la Divinidad, las puertas abiartas para quien quisiera entrar.

Jesús se volvía adulto y empezaba su vida pública, a través de la predicación, las obras; encontrando todo tipo de sufrimiento que la hostilidad de la voluntad humana Le proporcionaba hasta conducirlo a la muerte. Ponía todo en su Madre para convertirla en el canal y la fuente perenne de todos sus bienes, en favor de las criaturas y recibiendo de ella la recompensa del amor, de la gran obra de la Redención.

 

El dolor de la espada, que el viejo Simeón había previsto, volvía aún más punzante en el corazón de María. María, desde entonces, despus de la separación de Jesús, lo encontrará pocas veces físicamente, pero lo acompañará constantemente, fundida junto con Él del Querer Divino, sintiendo punzadas constantes a su corazón para cada pena infligida a su Hijo Divino.

María sentía acercarse cada vez más el día del último encuentro. Reveló a Santa Brígida que, cuando se acercaba el tiempo de la Pasión, sus ojos siempre estaban llenos de lágrimas, un sudor frío fluía en sus miembros, previendo el inminente espectáculo de sangre.

Después de Su captura hace su encuentro doloroso con Jesús, aquel Viernes Santo en el camino de la Vía Crucis que va al Calvario, el monte donde debía cumplirse la misión redentora universal.

Qué punzadas para su Corazón ya muy doliente al ver a su hijo hermoso, bajo el peso de una cruz en la que iba a ser extendido en el acto final de Su Pasión. Su cara resplandeciente, ahora es tumefacta, lívida, ensangrentada, herida, hasta el punto de no reconocerse, por el deseo inaudito y absurdo del hombre de destruirlo, sólo culpable de amar sin medidas, contra la lógica humana.

Y cuanto más grande fue su drama si, como madre que quiere acercarse, abrazar al hijo torturado, desfigurado, para darle el último adiós, se ve obligada sólo a mirarlo, a encontrar Sus ojos cerúleos que, aunque golpeados de la ferocidad de los soldados, siguen siendo expresivos y arrojan en los de la Madre toda Su ternura, Su compasión y el estímulo.

 

Un encuentro altamente dramático entre Jesús y Marí, donde lo trágico se debe justo a la voluntad humana contra la divina, la  brutalidad ciega del Odio que contrasta el Amor, la crueldad de separar forzosamente dos amantes que, en virtud del sentimiento noble, se atraen como imanes.

Y entonces, lo que no pueden hacer con el cuerpo, porque obstaculizados, lo hacen con el alma: se abrazan, si besan, se reparan, el uno en la otra lenifican mutuamente todas las plagas, echándose vicendevolmente el bálsamo del amor doloroso.

Es el Fiat divino que, mientras conduce a los dos al Calvario para morir, los apoya, los levanta después de cada caída, donde quien sufre caídas vertiginosas es la voluntad humana y que Jesús, para levantarla, sacarla de todas las miserias, quiso sufrir muchas penas, junto con su Mamá. En el Fiat Divino está el renacimiento después del sufrimiento, la resurrección después de la cruz, para sí mismo y para los demás.

Y, a las almas que Él eligió, le pide que haga este encuentro con Él y que tenga los mismos sentimientos que tuvo María en seguirlo por el camino doloroso “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24) y «de estar siempre detrás de esta Madre bendita, de caminar siempre siguiéndola, ya que no hay otro camino que conduce a la vida excepto aquel trillado por nuestra Madre» (San Pío de Pietrelcina).

En su Diario, Jesús le dice a Luisa que su Mamá salió el día de Su Pasión para poder encontrar y aliviar a Su Hijo. Lo mismo hace el alma que ama realmente, en todo su obrar su única intención es la de encontrar a su Amado y aliviar el peso de la cruz. Y, como su vida humana es una actividad constante de acciones, tanto interiores como exteriores, el alma no hace más que encuentros constantes con su Amado, pero no sólo lo encontrará, sino lo abrazará, lo besará, lo consolará, lo amará.

Le dice una palabrita, aunque fugaz. El quedará satisfecho y feliz, y como la acción siempre contiene un sacrificio, si la acción servirá para encontrar el sacrificio que está en la acción, servirá para aliviar a su Amado del peso de la cruz. En esto reside la felicidad del alma que obra en contacto constante con Él. Y cuanto amor adicional recibirá este alma para cada encuentro adicional que hará en su obrar con Él, y cuanto Lo aliviará de tantas aflicciones que Le dan las criaturas.

Quien en cualquier ocasión se da cuenta de que Jesús es ofendido gravemente, despreciado, pisoteado e intenta reparar, compadecerlo y orar para los que lo están ofendiendo, es como si Jesús encontrara en ese alma a Su misma Madre, en el camino por el Calvario, que si pudiera lo habría liberado de sus enemigos, y participa en el cuarto dolor de María.

 

«¿Y nosotros? Dónde encontramos a Jesús si no en la cara de los hermanos, y especialmente en la cara de los pobres, los afligidos, los enfermos […] que nos dan, a cambio, el testimonio de Fe, paciencia en el sufrimiento y el esfuerzo constante para sobrevivir. Y en esas caras, en ese encuentro se realiza el milagro: se recibe fuerza, paz. Se recibe consuelo, mientras se quiere consolar» (cf. En tus ojos está mi palabra - Papa Francisco).

 

Madre Santa, cada uno de nuestros actos

sea la ocasión para encontrar a Jesús

para aliviar las penas

que Le infligen las criaturas.

 

¡FIAT!

Riccardina
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