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"El Calvario formó el amanecer que llamó al Sol de mi Eterna Voluntad para resplandecer entre las criaturas"

Himno Cristológico de la Carta a los Efesios (octava parte)

09/10/2017

“Para alabanza de la gracia gloriosa, que nos hacía en el Bien Amado. En él y por su sangre fuimos rescatados, y se nos dio el perdón de los pecados, fruto de su generosidad inmensa” (Ef. 1,6-7)

En la meditación anterior, comenzamos a ver los dos conceptos fundamentales de los dos versículos del Himno Cristológico de la Carta a los Efesios. Después de abordar el tema de la Redención, ahora veremos la consecuencia de la obra redentora de Cristo: la remisión de los pecados.

La remisión de los pecados
La esclavitud, a la que se refiere la Carta a los Efesios, tiene una dimensión más profunda que la esclavitud política sociológica de Egipto; es una esclavitud antropológica, es la vida de la condición humana: una esclavitud que se expresa en la realidad del pecado.
En la Carta a los Romanos, cap. 6, sobre el Bautismo y la liberación que obra en la vida del Hombre, San Pablo dice: “No dejen que el pecado tenga poder sobre este cuerpo —¡ha muerto!— y no obedezcan a sus deseos. No le entreguen sus miembros, que vendrían a ser como armas perversas al servicio del pecado. Por el contrario, ofrézcanse ustedes mismos a Dios, como quienes han vuelto de la muerte a la vida, y que sus miembros sean como armas santas al servicio de Dios. El pecado ya no los volverá a dominar, pues no están bajo la Ley, sino bajo la gracia.” (Rom. 6,12-14).
¿Qué es y qué raíces tiene esta realidad del pecado? Es la manifestación del egoísmo enraizado en el hombre, es ese instinto vital de autodefensa que se extiende hasta la ofensa del otro: debes morir para que yo viva. Este instinto tiene una raíz "biológica": es la voluntad de autodefensa propia de cada ser vivo. La vida del hombre pende de una cresta sutil que pasa por en medio de la muerte, porque el tiempo, la enfermedad así como los elementos ambientales constituyen una serie de amenazas contra la vida. Tarde o temprano este mundo nos vencerá. Y es evidente que bajo esta condición emerge un instinto de autodefensa por sobrevivir. Sin embargo, lo que es necesario para la supervivencia tiende a convertirse en una afirmación del egoísmo encaminado a eliminar, suprimir la vida del otro para poder asegurar la propia. Lo mismo ocurre en la dimensión social: la vida en sociedad constituye una lucha por la autoafirmación, donde el amor se interpreta a menudo como un riesgo y una pérdida. Al ver al amor como un don, sin duda, desde el punto de vista económico se considerará como una pérdida, una disminución; no usar la violencia, la agresión para defenderse, socialmente puede parecer una desventaja o riesgo.
En resumen, hay una realidad de mecanismos que dominan la existencia del hombre: “No le entreguen sus miembros, que vendrían a ser como armas perversas al servicio del pecado. Por el contrario, ofrézcanse ustedes mismos a Dios, como quienes han vuelto de la muerte a la vida”. Se trata de morir y resucitar: Sí hay algo que debe de morir, para que el hombre realmente pueda amar y hacer de su vida un don, una elección de servicio de amor.

La Carta a los Gálatas en el Cap. 5:13, dice: "Nuestra vocación, hermanos, es la libertad. No hablo de esa libertad que encubre los deseos de la carne, sino del amor por el que nos hacemos esclavos unos de otros." Es extraordinaria esta libertad que consiste en servir a los demás, el estar “al servicio unos de otros”. Esto es exactamente la libertad cristiana: el sentido de la redención.
La experiencia de Israel vivida en Pascua (Paso) también los llevó de la servidumbre al servicio; de la esclavitud de Egipto al servicio del Señor. La libertad es básicamente un morir y renacer; ¡Pero un renacer al servicio de la entrega de sí mismo! Y esto es, por desgracia, lo que hace que la redención no siempre sea deseable: no siempre es cierto que el hombre quiera libertad. Muchas veces, sin embargo, el hombre quiere más bien comodidad. Puesto que la libertad es arriesgada, el hombre prefiere diferentes mecanismos para no tener que ser libre y responsable, e ir a donde vayan todos; pero esto significa exactamente renunciar a la libertad, e ir adonde el viento sople, donde la corriente arrastre. Ser capaz de salir del viento y de la corriente es costoso y arriesgado, pero esto precisamente es la redención, la liberación que hace el Señor: es la remisión de los pecados.
El pecado se presenta bajo la ilusión de un realce de vida. Si hay algo fascinante en el pecado es sólo esto: el hecho de que se presenta como una extensión de la vida, como un crecimiento en vitalidad, aunque obviamente se trata una vitalidad estéril. Son células cancerígenas que se reproducen mucho más que las otras, pero que destruyen la vida: esta es la realidad del pecado.
Bien, en Cristo Dios ha pronunciado una palabra de perdón y de amor, y lo hizo en la Cruz. En la cruz de Cristo, el amor infinito de Dios por el hombre está escrito con grandes letras: "¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna." (Jn. 3:16). Este amor de Dios está ya escrito en la Creación, más no se lee siempre bien. Necesitamos la Cruz de Cristo para que esta revelación se fije de una vez por todas de una manera perfecta y completa. De frente a la cruz del Señor puedes verdaderamente tomar conciencia del pecado. Fuera de la Cruz entendemos algunos de los efectos del pecado, pero no la plenitud de la negatividad y la destrucción que contiene. El poder destructivo del pecado se revela precisamente en el crucifijo: al ser encarnado el amor de Dios, el pecado se revela como lo que excluye el amor de Dios que lo crucifica. Así que dos aspectos se conjuntan: el amor que perdona, y la conciencia del propio pecado.

En los escritos de Luisa se habla mucho de la vida eterna como una vida en el "Fiat" Divino y en el pasaje del 12 de abril de 1928, Jesús comparó al Calvario con el "nuevo Edén", dónde al género humano se le restituye lo que había perdido al sustraerse de la Divina Voluntad. 
En el Edén, al hombre se le cerró el cielo, perdió su felicidad y se convirtió en esclavo del enemigo infernal. En el "nuevo Edén", se vuelve a abrir al cielo, recupera la paz, la felicidad perdida, el demonio permanece encadenado y el hombre es liberado de su esclavitud. El Edén oscureció, el Sol del 'Fiat Divino' se retiró y para el hombre siempre era de noche. El símbolo fue el oscurecimiento del sol de la faz de la tierra durante las tres horas de agonía de Jesús en la cruz, porque no podía permitirse la agonía de su creador, por la voluntad humana, que con tanta traición había reducido así su humanidad, el Sol, horrorizado se retiró, y tan pronto como Jesús murió, reapareció de nuevo y continuó su curso de luz. Así sucede con el Sol del "Fiat Divino", con la muerte de Jesús ha llamado de nuevo al Sol de la Divina Voluntad a reinar en medio de las criaturas. Se puede decir que el Calvario formó la aurora que llamó al Sol de la Voluntad Eterna para resplandecer de nuevo en medio de las criaturas. La aurora manifiesta con certeza que el Sol está a punto de salir. Así, que el aura que Jesús ha formado en el Calvario asegura, que Él llamará al Sol de la Divina Voluntad a reinar nuevamente en medio de las criaturas. En el primer Edén, el hombre fue sentenciado a muerte en el alma y en el cuerpo, en el segundo, es liberado de la condenación y se confirma la resurrección del cuerpo con la resurrección de Jesús. Existen muchas relaciones entre el Edén y el Calvario, y lo que el hombre había perdido, aquí lo recupera; en el reino de las penas de Jesús todo es restaurado y confirmado: el honor, la gloria de la pobre criatura, por medio de las penas y muerte del Hijo de Dios.
El hombre al salir de la voluntad de Dios, formó el reino de sus males, sus debilidades, pasiones, miserias, y el Hijo de Dios cuando vino a la tierra, quiso tanto sufrimiento, permitió que su humanidad fuera lacerada, desgarrada su carne, llena de llagas, y quiso morir para formar, a través de tantas penas y de su muerte, el reino opuesto a tantos males que la criatura había formado; un reino que no se forma con un solo acto, sino con muchos y muchos actos y cuanto más actos son cumplidos, más grande y glorioso se hace el reino. Así, la muerte de Jesús fue necesaria para su amor, con su muerte dio el beso de vida a las criaturas y con sus muchas heridas consiguió todos los bienes necesarios para formar el reino del bien para las criaturas. Así que sus llagas sagradas son la fuente de la cual fluye todo bien, y de su muerte brotó la vida en favor de todos.
Y puesto que la muerte fue necesaria, también para su amor fue necesaria la resurrección, porque el hombre, haciendo su propia voluntad, perdió la vida en Su Voluntad, y Jesús resucitó para formar no sólo la resurrección de los cuerpos, sino la resurrección de éstos a la vida de la Divina Voluntad. Si Jesús no hubiera resucitado, la criatura no podría resucitar en el "Fiat Divino", carecería de virtud, del vínculo de la resurrección unido al de Jesús y por lo tanto su amor estaría incompleto, él sentiría que podría hacer más sin poder hacerlo, así que permanecería en el duro martirio de un amor no completado.

don Marco
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