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La Navidad debemos buscarla...

20/12/2017
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Queridos hermanos y hermanas, pequeños hijos e hijas de la Divina Voluntad, ¡Fiat!

Empezamos el tiempo de Adviento escuchando una Palabra que nos invitaba a “velar”.

Recorrimos los tiempos de la espera, en compañía de todos los que han esperado y deseado ver el día de la salvación.

Nos paramos ante el momento decisivo de la historia, aquel en que esta espera fue entregada a la fe de una mujer de Galilea y a su esposo, un hombre justo a la escucha de la Voluntad de Dios, que es siempre una voluntad de vida y paz.

En la noche de la Navidad, otra vez, estaremos en compañía de gente que vela: “En esa región acampaban unos pastores que, durante la noche, por turno vigilaban sus rebaños” (Lc 2,10): les llegó el anuncio de una gran alegría.

 

Todo podría hacernos pensar en que hemos llegado a la meta. Pero no es así: junto al anuncio de una gran alegría también está la invitación a ponerse en camino, para buscar el lugar de la tierra donde esta alegría se posó. La espera se transforma en camino. La Navidad debemos buscarla.

Este niño nace, este reino viene, pero no se una forma evidente o epatante: no llama la atención. No está a nuestro alcance, no es algo obvio, algo comercial, todo enseguida... Viene y se esconde.

Si queremos encontrarlo, debemos buscarlo. Salir de nosotros mismos y ponernos en marcha. Sólo lo encontramos caminando. Nosotros, en realidad, estamos hechos para esto. Buscar el amor, la alegría, la vida, la verdad. “Encontrarán a un niño” (Lc 2,12).

 

Pero, ¿dónde debemos buscar? Las cosas buenas se encuentran siempre y sólo en la pobreza. Ahí donde la vida se hace esencial, donde no hay nada más que el necesario. Donde no hay nada que distraiga. Una estrella, un pesebre y unas pocas cosas.

Y, además, las cosas buenas están cerca: no hay que ir muy lejos para buscar. Entonces, lo que encontraremos tendrá algo familiar: familiar tal como lo es una estrella para unos pastores. El signo no nos deslumbrará, no nos hará extraviar: de alguna manera nos llevará a casa.

En realidad, nunca se nos ocurriría buscarlo justo ahí: se nos ocurriría buscarlo en el palacio o el templo, no en un establo. Por eso, Él mismo nos guía y nos da una señal.

“Esto les servirá de señal” (Lc 2,12): un niño, unos pañales, un comedero. Una señal pobre, para que nadie se sienta excluido, para que quienquiera pueda acceder a él. Y, qué encontraremos? “En la tierra, paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2,14). Si nos ponemos en marcha, si buscamos la Navidad, si prestamos atención a las señales, encontramos la paz.

Encontramos el don más grande posible: la salvación podría seguir siendo algo no suficiente, si es una salvación sólo mía, sólo para mí. La paz es la salvación cuando esta se hace relación, vida, cotidiano.

 

Cuando se convierte en un encuentro real, despojado de cualquier violencia, atropello, altanería. Un encuentro que sólo se puede hacer en la sencillez de un establo. Pues, “vayamos a Belén, veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado” (Lc 2,16).

El Señor nos hizo conocer un acaecimiento, pero, aún más, el Señor se hizo conocer. Así Dios envió a su Hijo, el Dios con nosotros, hecho hombre, para poder conocer otra vez lo que el hombre había llegado a ser en su lejanía, y, de ahí, remendar la historia, renovar el conocimiento.

 

Que este sea nuestra Navidad: buscar el Señor, pero, por fin, dejar que Él nos encuentre.

Es el comienzo de un nuevo conocerse, con Dios y, por eso, entre nosotros.

 

“Voy como un Rey entre los pueblos,

pero no para exigir impuestos y tributos, ¡no, no!

Voy porque quiero su voluntad,

sus miserias, sus debilidades,

todos sus males.

Mi soberanía es justo ésta,

quiero todo lo que los hace infelices, inquietos,

atormentados, para esconderlo

y quemarlo todo con mi amor;

y como Rey benéfico, pacífico, magnánimo,

corresponderlos con mi Voluntad,

con mi Amor más tierno,

con mis riquezas y felicidad,

con la paz y la alegría más pura”

Associazione Luisa Piccarreta PFDV
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