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“Las llagas de Jesús y los dolores de María, me den la gracia de hacer resucitar mi voluntad en la Divina Voluntad”

5. La muerte de Jesús

09/01/2018
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“Estaba la Madre dolorosa llorando junto a la Cruz de la que pendía su Hijo. Su alma quejumbrosa, apesadumbrada y gimiente, atravesada por una espada” (Himno Stabat Mater).

Aún más cruel ahora es la transfixión de la espada anunciada por Simeón. María está ahí, impotente, bajo la Cruz, esperando el acto final de ese día angustioso: la muerte de su Hijo, su único Bien, su misma vida. Y ella es consciente de que debe sobrevivir a todo esto.

Mucho tormento para vivir inerme, con la mirada fija en el Hijo inocente que agoniza en un mar de dolores, tormento, suspendido entre el Cielo y la tierra, inmovilizado, tras haber sido torturado brutalmente, sobre dos tablas de madera con sólo tres clavos, en las manos y los pies.

Y entre tanto dolor, se ve obligada a asistir al escarnio de los soldados, a sentir las injurias de los transeúntes hacia el Hijo crucificado «¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, salva a ti mismo y baja de la cruz!» (Mc 15,29-30), y sólo podía darle, como único alivio, sus lágrimas.

 

Pero, esa espada en el corazón de María aún no ha terminado su carrera: entre tantas torturas, Jesús, dirigiéndole una mirada lánguida, la hace Madre no sólo de toda la humanidad, sino también de sus mismos torturadores. En Juan, que le está a lado, Jesús considera todo el Género Humano: «¡Mujer, aquí tienes a tu hijo!» y a Juan: «¡Aquí tienes a tu madre!».

Se sabe que los hijos no son todos iguales. Dan satisfacción y también problemas, pero para una madre, un padre no hay diferencias: su amor se distribuye igualmente entre éstos. Y Jesús sabe que María acogerá a todos, cuidará de cada uno de ellos.

En aquellos como Juan encontrará consuelo, apoyo, en otros sólo dolores ásperos, nuevas puñaladas, pero no los abandonará a su suerte. Estará a su lado para salvarlos, para que la voz de la Sangre de su Hijo siga diciéndole a su corazón: «Madre mía, te entrego a todos mis hijos, todo el amor que sientes por Mí, siéntelo por ellos; todas tus premuras y ternuras maternales sean para mis hijos; ¡Tú, Me los salvarás a todos!» (Las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo).

 

¡Lo que no provocó el pecado en el hombre! Qué grave culpa no cometió la criatura sustrayéndose a la Voluntad del Padre Divino, una Voluntad que es toda belleza, para caerse en el abismo más profundo de sus mismas miserias, hasta darle la muerte a su mismo Creador, que, para Su amor inmenso por ella, para no perderla, le permite actuar, le permite darle la muerte.

Pero la miseria ignora lo más profundo que hay detrás de la muerte, que salvación ya se estableció para ella y para todos, como reparación de la soberbia del primer pecador.

Para estas razones María vive su dolor de madre, cuyo hijo es matado, en el silencio más adorable, con discreción: Su muerte servía para volver a darle la vida a la criatura ingrata.

 

Su drama está en el Fiat divino. El Fiat divino le dio el Hijo y ella, en el Fiat divino, Lo recibió. Ahora, lo entrega al mismo Fiat. Y en el mismo Fiat se hace Madre de los pescadores, porque no le puede negar nada al Querer Divino.

En Él muere, crucifica a sí misma junto con el Hijo crucificado y, en virtud de Él (Querer Divino), recobra cada vez más fortaleza, mares de luz infinita, alegría, felicidad, a lado de los mares de sus dolores ásperos. Sus penas y las de su querido Hijo, todas voluntarias, servían para “embalsamar” la voluntad humana, fortificarla para que se dispusiera a recibir la vida de la Divina Voluntad.

 

La Madre, Virgen y mártir, está bajo la Cruz, para redimir con el Hijo la humanidad, la adopta para educarla a cumplir el misterio de Dios en cada uno. Así María la corredentora convierte, a los que están disponibles, en personas capaces de “reparar” el pescado del mundo, esa vida cercenada en el Edén y recompuesta por Jesucristo desde la Encarnación hasta la Cruz. María, en esta acción divina, está llamada a acompañar a sus hijos hasta el encuentro con el Hijo y el Padre.

 

El alma que quiere vivir en la Divina Voluntad, tal como María, junto con ella, crucifica sus sentidos por amor a la crucifixión del Señor e intenta copiar en sí las virtudes de su crucifixión, participa en el quinto dolor de la Madre celestial.

Repara las ofensas, las ingratitudes de muchos que no quieren reconocer los beneficios que Jesús hizo a todos, dándonos María como Madre. Agradece a Jesús para todos por el más querido de Sus dones a las criaturas y, con el mismo amor del Hijo, ama a la Mamá divina para que ella encuentre, en este alma, el mismo contento que encontraba en Jesús.

Y Jesús encuentra en ella (el alma) todos los contentos, las ternuras y las premuras maternales que encontraba en Su Mamá.

 

Bajo la Cruz, fuimos entregados a Ella, bajo su mirada maternal imitamos sus virtudes, seguimos siéndole fieles, obedientes, rogándole guiar todos nuestros actos, para que vivan en la Divina Voluntad y le den gloria a nuestro Padre celestial.

 

Madre santa, úneme a tu dolor

para tu Hijo divino que debió sufrir por mí.

Sus llagas y tus dolores

me den la gracia de hacer resucitar

mi voluntad en la Voluntad Divina.

 

¡FIAT!

don Marco
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