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Los Sacramentos en la Divina Voluntad (primera parte)

12/06/2017

Fuentes históricas afirman que la veneración del Santísimo Sacramento nació en Bélgica en el año 1246 como la fiesta de la diócesis de Lieja y el año siguiente, en la misma diócesis, se creó la Solemnidad del Corpus Christi, para celebrar la real presencia de Jesucristo en la eucaristía, como respuesta a las tesis que sostenían la presencia sólo simbólica de Jesucristo y no real.

La introducción de esta festividad, en el calendario cristiano, se debe a la hermana Juliana de Mont-Cornillon, una monja agustiniana que vivió en la primera mitad de 1200 y que, muy joven, habría tenido una visión de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena, pero con una mancha oscura, para indicar la falta de una festividad.

En otra visión le habría aparecido al mismo Jesucristo, pidiéndole que trabajase para la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento, para reanimar la fe de los fieles y para expiar los pecados cometidos contra el sacramento de la eucaristía. Papa Urbano IV, con la bula “Transiturus” del 11 de agosto de 1264, de Orvieto, donde había establecido la residencia de la corte pontificia, amplió la solemnidad a la Iglesia entera.

La Solemnidad del Corpus Christi evoca la liturgia de la Misa en la Cena del Señor (Coena Domini) del Jueves Santo: « El gesto de Jesús realizado en la Última Cena es la gran acción de gracias al Padre por su amor, por su misericordia. «Acción de gracias» en griego se dice “eucaristía”. Y por ello el sacramento se llama Eucaristía: es la suprema acción de gracias al Padre, que nos ha amado tanto que nos dio a su Hijo por amor» (Papa Francisco).

Aquí a continuación, un extracto de la Conferencia que Padre Carlos Massieu tuvo durante el Retiro de la Asociación Pequeños Hijos de la Divina Voluntad en 2016 sobre:

(Eucaristía y) Los Sacramentos en la Divina Voluntad

Antes de enfrentar el tema de los Sacramentos, creo que es necesario recordar que: “La Iglesia es en Cristo como un Sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”, tal como nos enseña la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium (LG1).

La Sagrada Escritura nos enseña que la Santa Iglesia es el Cuerpo Místico de Jesucristo, un Cuerpo formado por los diferentes miembros, unido por amor a Dios y al prójimo, vivificado por su Espíritu, que se nutre de su Palabra y de los Sacramentos, los medios instituidos por Jesús para su salvación y santificación.

 

En los Escritos de Luisa, Jesús dice que los Apóstoles y toda la Iglesia no han añadido nada más de lo que Él dijo e hizo cuando estuvo en la tierra. No se hizo ningún otro evangelio y ningún otro sacramento fue instituido por la Iglesia, sino que todo gira en torno a lo que Él hizo y dijo... Es verdad que la Iglesia comentó el Evangelio, escribió mucho sobre todo lo que Él hizo y dijo, pero nunca se alejó de Su fuente, de la origen de Sus enseñanzas. Así será para Su Voluntad. En Luisa, el fondo de la ley eterna de Su Querer, lo que es necesario para hacerla entender, las enseñanzas que se necesitan. Y si la Iglesia se ampliará en las explicaciones y los comentarios, nunca se alejará de la origen, la fuente que Jesús construyó; y si alguien querrá alejarse, se quedará sin luz y en las tinieblas más oscuras, y si querrá la luz, tendrá que volver a la fuente, es decir a Sus enseñanzas.

En esta primera parte quise compartir lo que nos enseña la Iglesia sobre su misterio y de qué manera lo amó y vivió Luisa como hija de Ella, porque vivir como cristianos y “vivir en la Divina Voluntad” que Luisa nos enseña, se vive en la Iglesia y para la Iglesia, en el amor por Dios y los hermanos, alimentados por la Palabra de Dios y los Sacramentos, en el medio de consolaciones, pruebas y sufrimientos.

Pasamos ahora al tema de los Sacramentos. La vida de la Iglesia que Dios quiere comunicarnos, la afiliación a Ella, el amor para Dios y el prójimo y los fundamentos de la vida cristiana pasan por los siete Sacramentos.

El Catecismo de la Iglesia Católica (CCE 1113-1131) declara: «En la tradición cristiana, los Sacramentos son signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, por los cuales nos es dispensada la vida divina».

El sacramento es, en primer lugar, un signo sensible, es decir que proclama de manera tangible la gracia de Dios contenida en el Evangelio. 

Además, los sacramentos, para ser tales, deben haber sido instituidos por Jesucristo.

Y, por fin, están confiados, por su administración, a la Iglesia que es “sacramento de unidad”. Se trata de signos exteriores, hechos de gestos y elementos, tales como el agua, el aceite, el pan, el vino, la imposición de las manos, acompañadas de las palabras que proclaman la gracia de Dios. Esta gracia alcanza a los creyentes confirmando y reforzando su fe. La Iglesia considera los Sacramentos eficaces en sí mismos, es decir con independencia de la dignidad de los ministros ordenados que los celebran, aunque sus efectos dependen sin embargo de la condición espiritual de quien los recibe. Los sacramentos actuarían ex opere operato, es decir por el mismo hecho de que fueron celebrados.

En la Iglesia católica los siete sacramentos “son los signos y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo”. A través de los sacramentos, Cristo Resucitado se manifiesta y actúa en la historia de los hombres para conformarlos más y más a Sí mismo, en particular para hacerlo capaz de reproducir en sus vidas Su misterio pascual de pasión, muerte y resurrección.

Los sacramentos son siete, número confirmado por el Concilio de Trento. Los otros signos (por ejemplo el agua bendita, la señal de la cruz, la bendición) se consideran litúrgicamente menos importantes ya que no fueron instituidos directamente por Jesucristo en los Evangelios; para ellos se utiliza el nombre de sacramentales.

Es importante recordar: para ser válido, el sacramento debe tener la justa materia (el signo material), la justa fórmula (la modalidad de administración) y la justa intención (la voluntad de seguir la Iglesia). Y, citando el Concilio Vaticano II, el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1324) afirma que los Sacramentos y la Eucaristía en particular, son “fuente y vértice de toda la vida cristiana”.

Y Luisa, la hija de la Iglesia, ¿cómo los vivió?

Nuestra querida Luisa Piccarreta, la “Pequeña Hija de la Divina Voluntad”, nació, como ya sabéis, el 23 de abril de 1865 y ese mismo día fue bautizada en la Iglesia Madre por Don Carlo Loiodice, vicario parroquial. A los nueve años, Luisa recibió la Primera Comunión y, ese mismo día, la Confirmación. Desde ese día, la Santa Comunión se convierte para Luisa en el punto de llegada y de partida de su vida interior. Luisa recibía frecuentemente el sacramento de la Confesión, como lo demuestran sus escritos. Los Sacramentos fueron las fuentes de su vida interior, en particular la Eucaristía, que fue su comida y su pasión dominante. Los sacramentos en su vida fueron también el marco en la que se puede mirar la “tierra que el sol de la Divina Voluntad iluminó para formar en ella su Reino”.

don Carlos Massieu
Comentarios
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Últimos comentarios 1 de 1
- 19/06/2017
Gracias Padre Bendiciones en el Fiat