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“Mamá santa, haz que yo extravíe para siempre mi voluntad, para vivir sólo en el Querer Divino”

3. La pérdida de Jesús

19/12/2017
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Jesús, a los doce años, después de haber pasado los días de fiesta en Jerusalén con María y José, no vuelve a Nazaret con ellos. Después de un día de camino, María y José se dan cuenta de lo que había pasado y empiezan a buscarlo, hasta encontrarlo, después de tres días, en el Templo a Jerusalén.

 

«Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados» (Lc 2,48): es el dulce reproche que María le hace al Hijo. El corazón de María vive otro dolor, el más áspero de los dolores, es decir el extravío de su hijo y del posible pensamiento de que ella, como madre enamorada de su propio niño, no ha tenido bastante cuidado de él. Sobre todo porque, además de ser su hijo, es también su mismo Dios.

¡Qué golpe!

Tres días de búsqueda vana, sin noticias, sin nadie que pudiera dar una indicación a esos padres asustados, transidos. Y ese dolor que aumentaba hasta hacerla llorar amargamente y abrir en cada momento en su alma laceraciones profundas, que le procuraban verdaderos espasmos de muerte, de los que sólo el Fiat divino podía aliviarla.

 

Pero, el episodio con un final gozoso (de hecho se medita en el Santo Rosario entre los misterios Gozosos) no perdonó a la Virgen, además del dolor, la incomprensión de las palabras del joven Jesús: “Y Él les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Pero ellos no entendieron lo que les decía ... Su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lc 2,49-51).

Aunque siendo una respuesta oscura, María, y José junto con ella, no le preguntó nada más al hijo y, en silencio, volvieron a Nazaret, Jesús vivía sujeto a ellos.

Aquí es clara la referencia a cuando los padres lo habían ofrecido al Padre, con una oblación a la que María se había asociado totalmente. Aquella oferta que ahora no exige explicaciones y reitera la primacía absoluta de Dios, incluso hacia las personas y los seres más queridos (cf. La angustia de una madre - Don G. Amorth).

 

Es el mismo Jesús, en este misterio, que quiere darle a la Madre una enseñanza sublime. Sin duda Él no ignoraba que Ella estaba sufriendo. Todo lo contrario, porque sus lágrimas, su búsqueda, su dolor áspero e intenso afectaban su Corazón. Sin embargo, durante esas horas tan penosas, Él sacrificaba a su Mamá a su Divina Voluntad, Ella que Él ama mucho, para demostrarle que Ella también un día debía sacrificar un día su misma vida al Querer Supremo (La Virgen en el Reino de la Divina Voluntad).

Esta prueba fue para ella un don, una preparación necesaria para los sufrimientos más grandes que habrían caracterizado toda su existencia de “madre de los dolores” (Don G. Amorth). María, en sus sufrimientos, es un modelo de perfección para cada uno de nosotros, cómo actuar frente al sufrimiento que, soportado con paciencia, es portador de bienes espirituales.

 

En su Diario la misma Luisa Piccarreta a menudo hace referencia al extravío de Jesús, dejando su alma árida. Cuántas veces Él se esconde, incluso para poner a prueba su amor por Él.

En una imagen que parece describir precisamente a Luisa, ocurre que Jesús se esconde a las muchas almas que lo aman, no hace sentir su presencia y las deja en la aridez espiritual. Estas almas, entonces, se turban, al no sentir el fervor primitivo; no sienten el impulso a hacer el bien, más bien advierten repugnancia. A merced de las tentaciones, pero siempre con la fuerza de resistir, tienen miedo de que no le gusten más a Jesús. Pero Jesús permite la aridez incluso en las almas más elegidas, para que ellas se separen de los gustos sensibles y sufran mucho. La aridez para las almas es una prueba muy difícil, una imagen pálida de la que experimentó la Virgen, al extraviar a Jesús.

 

La paciencia, la oración, la constancia en la caridad, son armas para vencer el desánimo, a la espera de volver a sentir Su presencia que llena el alma de júbilo. El mismo Jesús le explica a Luisa, en su Diario, que quien se encuentra desanimado, árido y desprovisto de la presencia del Señor, pero permanece firme y fiel a sus ejercicios usuales, más bien aprovecha la ocasión para amarlo y buscarlo aún más, sin cansarse, participa en los méritos y bienes que adquirió María Santísima cuando Jesús se extravió en el Templo de Jerusalén.

 

Extraviar a Jesús, significa para el alma que quiere conducir su vida en el Querer Divino, extraviar Su Divina Voluntad y darle la vida a la humana. El dolor de María, cuando extravió a su Jesús, fue un dolor cuanto menos intenso, y sin embargo a éste se añadió también otro dolor, es decir el del extravío de las almas que, alejándose de la Divina Voluntad, le dan un doble golpe a su maternidad, privándola de todos los hijos paridos bajo la Cruz.

 

El alma a punto de cumplir su voluntad, en lugar de la de Dios, abandonando el Fiat Divino, está extraviando a Jesús y su misma Mamá para precipitar en el reino de las miserias y los vicios. Pero si mantiene la palabra de quedarse unida indisolublemente a la Mamá Celestial, Ella le concederá la gracia de no dejarla dominar nunca más por su querer, sino exclusivamente por el Querer Divino (La Virgen María en el Reino de la Divina Voluntad)

 

Mamá santa,

haz que yo extravíe para siempre

mi voluntad,

para vivir sólo en el Querer Divino

 

                                                                                           (Luisa Piccarreta)

 

¡FIAT!

Riccardina
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