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«Quien vive en mi voluntad, yo la declaro hija mía y todos la reconocerán, escribiré con caracteres indelebles en mi corazón: “hija mía»”!

Himno Cristológico de la Carta a los Efesios (sexta parte):

25/09/2017

 

"En Cristo Dios nos eligió antes de que creara el mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha. En su amor nos destinó de antemano para ser hijos suyos en Jesucristo y por medio de él. Así lo quiso y le pareció bien para alabanza de la gracia gloriosa" (Ef 1,4-6a)

 

Continuemos nuestra reflexión sobre el texto del Himno Cristológico de Pablo en la carta a los Efesios, retomando la expresión "en su amor", que está ligado a "ser santos y sin mancha": la santidad que la Iglesia está llamada a vivir se expresa en el amor concreto. San Pablo dice: "El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la Ley perfecta." (Rom 13, 10); "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22,37,39), así que no hay Dios sin amor. La medida de la santidad es la medida de la caridad y del amor.

 

Pero la expresión "en su amor", creo que también va ligada al siguiente versículo, es decir, "predestinándonos en la caridad". Así que no es la caridad del hombre, sino la caridad de Dios, el amor de Dios con el que Dios nos predestinó "para ser sus hijos adoptivos por obra de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad. Y esto para la alabanza y la gloria de su gracia".
Aquí encontramos una expresión significativa, que en la historia de la teología ha sido objeto de muchos debates y también ha llevado a la desviación herética. No se trata de una predestinación rígida, por la cual los hombres están divididos en dos filas, una predestinada a la salvación y otra a la condenación. La Carta a los Efesios conoce una sola predestinación plena: la de ser sus hijos adoptivos. Aquí la "predestinación" sólo puede definir la iniciativa absoluta de la gracia de Dios. no nace simplemente de un evaluación de las condiciones presentes y positivas del hombre, sino que nace solamente de la proclamación del amor de Dios; una predestinación que es, por tanto, absoluta.
 
El paralelo en Rom 8,29 lo hace aún más claro: "También sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman, a quienes él ha escogido y llamado. 29 A los que de antemano conoció, también los predestinó a ser imagen y semejanza de su Hijo, a fin de que sea el primogénito en medio de numerosos hermanos." (Rom 8,28-29). Entonces se entiende lo que significa "predestinación": no se trata de ejecutar un programa ya fijo, sino de conformarse a la imagen de Cristo, que es al mismo tiempo una experiencia mucho más desafiante que un programa predeterminado, porque no es una obra de una sola ejecución, sino un compartir espiritual, una sintonización profunda del corazón: mucho más creativa. La semejanza con Cristo asume tantas fisonomías y realidades cuánto lo son la libertad, historias y aventuras humanas que involucra. Los santos son todos semejantes a Jesucristo, pero ciertamente no se hacen con molde o en masa. Debe haber una creatividad, un llamado a la libertad, profundo y amplio.
 
Somos llamados "predestinados a esta filiación adoptiva por la obra de Jesucristo". "Filiación adoptiva" es importante no para una especie de disminución del significado de ser hijos. Evidentemente, la adopción en la experiencia humana expresa pertenencia, afiliación legal, que no carece de los aspectos básicos de una experiencia biológica, etc. Para San Pablo es una filiación completa por medio de Jesucristo, por el cual eres hijo de Dios, por el Hijo de Dios; no por ti mismo, ya que todo lo que sucede en tu vida es por la voluntad de Dios. El vínculo con Dios, el redescubrimiento de su paternidad y, por tanto, la percepción de tu identidad de hijo ante Dios, todo esto te es dado en su totalidad, sin reservas, a través y por Jesucristo.
 
Jesús explica a Luisa, el 10 de mayo de 1938, que la creatura, según ésta decide vivir en la Divina Voluntad, Dios la declara hija suya y convoca a todo el Cielo, la Santísima Trinidad, a celebrar la nueva hija que ha adquirido, todos la reconocen, porque Dios con caracteres indelebles escribe en Su corazón, en Su amor siempre ardiente: "Hija mía". En el Querer Divino está siempre con Dios, todo lo que Él hace, ella lo hace, en Sus continuos renacimientos, renace junto con Él y escribe: "La hija de mi nacimiento". Si la ingratitud humana hace llorar a Dios, ella llora con él y escribe con sus lágrimas: "Hija de mis lágrimas". En suma, ella sufre con él, si trabaja, si camina, Dios escribe: "Hija de mis penas, de mis obras, hija de mis pasos", donde quiera que vaya, ella está escrita en su corazón.

Entre la paternidad y la filiación, Jesús explica a Luisa que hay permanentes vínculos, que nadie puede negar, ni en el orden sobrenatural ni en el orden natural, así Dios, como Padre, siente el deber de constituir heredera de sus bienes, de su amor , de su santidad, a la que con tal solemnidad ha declarado hija, siempre que esté inscrita en su Divino Corazón. Si no la amara, sentiría defraudando su amor paternal. Ella debe corresponder a su amor y hacer suyo lo que pertenece al Padre, defenderlo, darlo a conocer y entregar su vida para que nadie le ofenda. Y es bello ver a estos niños, que viven en Su Voluntad, venir a decirle: "Padre mío, has velado demasiado, ya estás cansado, reposa y haz tu descanso dulce, dulce, descansa en mi amor que yo velaré por ti, tomaré tu lugar en las almas, quizá y pueda conseguirte alguna cuando despiertes".

Aquellos que viven en la Divina Voluntad pueden hacer todo para Dios, la luz de su alma los hace estar presentes en todas sus penas y Dios lo hace todo por ellos, se alternan entre sí en la vigilia y el descanso. Ningún otro acto puede llegar a una altura tan sublime y a un valor que es interminable, más que al desear lo que Dios quiere; Dios es santo y puro, es orden, es bondad; queriendo lo que Dios quiere, la creatura desea lo que es santo, puro, bueno, y con la plenitud del orden, la creatura se siente renacer en Dios, ella hace lo que Dios hace y Dios lo hace todo, lo abraza todo, se mueve en todo y ella concurre con Dios en todo lo que Dios hace. Por lo tanto, nada puede alcanzar ni sobrepasar el vivir en la Divina Voluntad, así que si vivimos en el "Fiat Divino" seremos felices, Dios y nosotros.

don Marco
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