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“Si no se forma el pueblo, la Divina Voluntad no puede tener su reino”.

Himno Cristológico de la Carta a los Efesios (Tercera parte)

05/09/2017

«Nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,4-6)

El primer tema que se presenta es el de la elección: “nos ha elegido”.

Es un tema importante de la revelación bíblica que vemos ante todo en la elección de Israel, el pueblo que Dios consideró único entre los demás pueblos: «Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo» (Os 11,1). O bien: «Israel era algo sagrado para el Señor, la primicia de su cosecha: todos los que comían de él se hacían culpables, les sobrevenía una desgracia. Oráculo del Señor» (Jer 2,3). Entonces, Israel es un pueblo que pertenece a Dios y que Dios reservó para sí mismo. Cuando el Señor creó y dispersó todos los pueblos en la tierra, a cada pueblo le dio un ángel de la guarda, los ángeles de la guarda de las naciones. Pero, para Israel, se comprometió él mismo directamente: «es su pueblo ... su atención ... la pupila de sus ojos» (cf Dt 32,8-10).

Las razones de esta elección no están de lado de Israel, sólo están en Dios, y es porque Dios amó Israel, no porque fuera un pueblo particularmente digno de amor por parte de Dios: «Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios: él te eligió para que fueras su pueblo y su propiedad exclusiva entre todos los pueblos de la tierra. El Señor se prendó de ustedes y los eligió, no porque sean el más numeroso de todos los pueblos – al contrario, son el más insignificante de todos los pueblos – sino por el amor que les tiene, y para cumplir el juramento que hizo a sus padres» (Dt 7,6-8). Y un poco más adelante, para que no queden dudas sobre las razones de la elección, el Deuteronomio dice: «Sepas, entonces, que el Señor no te da la posesión de esa tierra excelente a causa de tu justicia, porque tú eres un pueblo de dura cerviz» (Dt 9,6). “De dura cerviz” significa que tiene los músculos del cuello rígidos, y entonces ya no puede volver a inclinar la cabeza, a ser dócil ante el Señor. No obstante esto y, aparte de los méritos, el Señor amó Israel, que es para Él un pueblo único.

La manera de actuar de Dios en favor de todos los hombres empieza siempre por una elección. Ocurrió con el pueblo de Israel, ocurrió con María, elegida por Dios para que entrara en el mundo el Hijo unigénito de Dios, y ocurrió también para el Reino de la Divina Voluntad, eligiendo a Luisa. En un pasaje del 26 de febrero de 1930, Jesús le explica a Luisa que es necesario desear un bien y si no se formará en pueblo de la Divina Voluntad, el hombre no podrá poseer el Reino del “Fiat”. Suspirar, desear y querer un bien, es disponerse a recibirlo y cuando se recibe un bien que tanto se ha anhelado, se ama, se aprecia, se guarda, se le considera como bienvenido y el portador del bien anhelado.

Un exceso del amor de Dios es hacer desear el bien que Él quiere dar, porque quiere que la criatura ponga algo suyo, por lo menos sus suspiros, sus oraciones, su voluntad de querer ese bien, para poder decirle: “mira, te lo ganaste, porque por tu parte hiciste todo lo que pudiste para conseguirlo y Yo te lo doy con todo mi corazón”. Mientras que es todo un efecto de la bondad de Dios. Y es esta la razón por la que Dios hace saber antes lo que quiere darles a las criaturas. Se puede decir que se pone en correspondencia con la criatura, enviándole “cartas de aviso”, envía sus mensajeros, para que digan lo que Dios quiere donar; y todo esto para disponerlos, para que suspiren el gran don que desea donar.

¿No se hizo lo mismo para el reino de la Redención? Pasaron siglos de espera y cuanto más se acercaba el tiempo, tanto más apremiantes eran los avisos, más frecuentes las cartas y todo para disponerlos. Así es para el reino de la Divina Voluntad. Parece que tarde en llegar, porque Dios quiere que lo conozcamos, lo oremos, lo anhelemos, para que venga a reinar; quiere que comprendamos el gran don de este reino, para poder decirles: “lo han buscado, lo han merecido y Ella ya viene para reinar entre vosotros; al conocerla, pedirle y suspirarla, han formado su pueblo elegido, donde pueda dominar y reinar”.

Sin el pueblo no se puede formar un reino y he aquí la otra razón, para que se sepa que la Voluntad Divina quiere reinar en la tierra, para que los hombres la pidan, la suspiren, se dispongan para formar su pueblo para descender entre ellos y formar su morada, su sede, su trono. Son las disposiciones de la Sabiduría de Dios que es inalcanzable, que dispone todo con orden y el retraso es necesario para poner en el camino sus conocimientos que servirán como cartas, telégrafos, teléfonos, mensajeros, para formar el pueblo de la Divina Voluntad.

El concepto de “elección” se refiere también a la llamada de los patriarcas, al juramento hecho a los patriarcas y en particular a Abraham. Aquí también hay una elección; y aquí también no justificada. Si leemos el final del capítulo 11 y el comienzo del capítulo 12 de la Génesis, encontramos un pasaje muy significativo: estamos dentro de la normal trama de las relaciones humanas; Abraham pertenece a una cualquier familia de la descendencia de Sem; no hay nada de particular, heroico, grande. Otros pueblos intentan remontarse a algún héroe: Eneas era el hijo de Venus, pues a la origen del rey había un héroe, un semidiós. En cambio, para Abraham no hay ningún semidiós, ningún héroe particular: es un hombre normal, de una familia normal entre los pueblos.

Entonces, ¿por qué se elige Abraham? No hay motivo, no hay ninguna explicación, excepto la voluntad de Dios, la decisión de Dios: «Deja tu tierra natal y la casa de tu padre ... Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición» (Gén 12,1-2). Aquí encontramos la estructura de la elección, porque hay una orden y una promesa: «Deja tu tierra», ¡sal!; «Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré».

La promesa se reasume exactamente en la bendición; nosotros nos armamos de valor para salir y la bendición es la fuerza que nos da la vida, es Dios que se une a nosotros, que nos tiene en su mente y su corazón. A Abraham, el Señor promete fundamentalmente la bendición. En dos versículos la palabra “bendecir” y “bendición” es la palabra dominante, se repite cinco veces (cf Gén 12,2-3). Ya que Abraham es un pobre hombre y, por lo tanto, vive la existencia y la dignidad como todos limitada en el tiempo y las posibilidades, ya que Abraham pertenece a la familia humana, marcada por el pecado y la muerte y, entonces, por la maldición, pues la promesa se refiere exactamente a esto: «Yo te bendeciré».

don Marco
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