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“Un signo de delicadeza por parte de Luisa hacia mí”

El testimonio del Señ. Umberto Lotito al funeral de Luisa (7 de marzo de 1947)

11/01/2018
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El pasado 6 de noviembre falleció el Señ. Umberto Lotito, nacido en Corato el 19 de enero de 1927, ebanista y testigo ocular de los días de preparación del funeral de Luisa.

Su vivo testimonio es el de un chico, cerca de los 20, que sentía gran estima por Luisa desde su infancia.

Los primeros encuentros con Luisa Piccarreta, se remontan a cuando, con sus hermanos, monaguillos de la Parroquia de San Giuseppe, unidos al párroco auxiliar don Pasquale De Palma, a menudo le llevaban la Santa Comunión a Luisa Piccarreta en su casa, en Via Maddalena 20, donde la Sierva de Dios falleció. Para Umberto, subir en esa casa era como entrar en un Santuario. En Corato circulaban noticias extraordinarias sobre Luisa, por eso los pequeños monaguillos sentían curiosidad por ver a esta mujer de la que se hablaba tan bien. Sus padres tenían gran respeto por ella; cuando su padre pasaba de la casa de Luisa, Umberto se acuerda que, en signo de reverencia, se descubría la cabeza y, si se encontraba en una discusión más acalorada, bajaba el tono de voz. Luisa suscitaba en su alrededor mucha sacralidad.

 

Pero el recuerdo y el testimonio más significativo que Umberto guarda sobre Luisa (y recolectado en los testimonios del proceso diocesano de beatificación) está relacionado con el día de su muerte, que tuvo lugar el 4 de marzo de 1947. La noticia se difundió muy rápido por todo el pueblo, en un santiamén.

Ese mismo día, Umberto fue llamado junto con su padre de los parientes de Luisa para la construcción del ataúd. Con su padre, se fueron a la casa en Via Maddalena, para tomar las medidas para el ataúd y diseñaron la forma en un cartón, porque Luisa se quedó en su lecho de muerte sentada.

A continuación, se dirigieron a su taller, para dar comienzo a la construcción del ataúd; este trabajo los mantuvo ocupados durante casi cuatro días y cuatro noches. El ataúd, diseñado por su padre, tenía la forma de una gran “S”, con dos corazones laterales y la tapa de vidrio. El ataúd fue rellenado interiormente con raso blanco, cordón uniforme y botones dorados, que le daban elegancia. Los vidrios fueron colocados de forma que su persona se podía observar desde todos los puntos.

Tras haber velado los restos mortales de Luisa, el 7 de marzo, hacia las 9,30 de la mañana, llevaron el ataúd en la casa llena de gente que esperaba las 10,00 para su funeral. Cuando llegaron a la casa de Luisa, llena de parientes y devotos, el comisario de Seguridad Pública, ordenó que se despejara la sala para que se pudiera poner el ataúd y proceder a la sistemación de los restos mortales. La habitación fue despejada y sólo quedaron unos parientes.

Umberto y su padre se acercaron a la cama para tomarla y ponerla en el ataúd. Umberto la tomó con una mano detrás del hombro, y la otra debajo de la pelvis, su padre tomó los pies. En el acto de ponerla en el ataúd, al retirar el brazo derecho puesto debajo de la pelvis, se dejó llevar por el pánico. Por la boca de Luisa salió sangre, que olía a putrefacción, y que le ensució toda la manga de la chaqueta, la mano derecha y el escapulario blanco, incluida la pequeña cruz que habían puesto en el cuerpo de Luisa. Este episodio engorroso lo impresionó por un momento. De inmediato su padre le ordenó que se quitara la chaqueta. Pero, al sustraer totalmente el brazo, con gran maravilla, se dio cuenta de que toda la sangre había desaparecido de la manga de la chaqueta, de su escapulario y de su traje.

 

Umberto siempre ha consideado este acontecimiento como un signo de delicadeza por parte de Luisa hacia él. Para los santos todo es posible. Y así la pusieron en el ataúd y se procedió al cortejo fúnebre.

 

Además, Umberto a menudo contaba la celebración del funeral, especialmente el corteho que, desde la casa de Via Maddalena, se había serpenteado por las calles de Corato, para llegar hasta la Iglesia Madre para la celebración de la Santa Misa.

El funeral, debido a la gran afluencia de eclesiásticos, monjas y gente del pueblo, fue un auténtico triunfo. Durante todo el trayecto del funeral, Umberto y sus hermanos siempre estaban cerca a los cuatro lados del ataúd (véase la fotografía) con unos palos, los que usualmente se utilizan en la procesión de los Santos Misterios el Viernes Santo, que servían en el momento de la parada o del cambio de los que llevaban el ataúd a su hombros, para todo el paseo, hasta la Iglesia Madre, y después del rito fúnebre, incluso hasta Via Andria, donde terminaban todos los funerales para el último adiós a los difuntos.

 

Otro testigo de la vida y la muerte de Luisa volvió al cielo. La Pequeña Hija de la Divina Voluntad, sin duda, está esperando a todos los que, conociéndola descubrieron cómo el Señor se sirve realmente de los pequeños y los simples para manifestar los mares inconmensurables de su amor.

¡Descansa en paz!

¡Fiat!

 

don Marco
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