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“Vivir en el Palacio de mi Divina Voluntad, no más siervos, sino dueños”

Himno Cristológico de la Carta a los Efesios (cuarta parte):

11/09/2017

«Y nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,4-6a)

En este himno magnífico de Pablo en la Carta a los Efesios, hay un aspecto fundamental de la experiencia de la elección, donde Abraham es bendecido no sólo para sí mismo, sino para todos: «Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré ... serás una bendición». Es decir que todas las naciones serán bendecidas gracias a Abraham, o sea esa plenitud de vida que el Señor le comunica a él, tendrá que alcanzar a todos los demás.

 

En resumen: elección y misión van juntas. La elección no es simplemente una medalla al mérito que se da a alguien, sino el don de un amor gratuito que se da a alguien, confiándole a la vez una misión, una tarea que afecta a todos los hombres. La bendición, en definitiva, es el plan de Dios para toda la humanidad; y la elección de mueve dentro de este plan. La elección es fundamental para que el amor de Dios sea personalizado, entonces no sea un amor reducido a un objeto o masificado. La fórmula de la elección es: “tú eres para mí único en el mundo”; es decir que el amor de Dios es personal, auténtico y apasionado; pero no es discriminante (que excluye); es un amor que llaga a todos. El Señor le dice a Abraham: «por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra». (Gn 12,3b).

 

Todo esto es la base de nuestro texto, que dice: «Nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor». Y el elegido por excelencia es Jesucristo; Él es el que el Padre amó y al que le dijo: “Tú eres para mí único en el mundo”; hacia el hijo, hay un amor que es único y total  (cf. Mt 3,17). Un poco más adelante, San Pablo utilizará, refiriéndose a Jesús, la expresión: «que nos dio en su Hijo muy querido» (Ef 1,6b), entonces Jesús es el que nos amó y que sigue siendo el Querido. Esta es su bendición: Jesús es el querido, pues el único elegido. Nuestra elección está radicada en Él; somos elegidos junto con él y por razón de él.

Cuando Pablo afirma que esta elección es «antes de la creación del mundo», utiliza una expresión que puede leerse en el capítulo 17 de San Juan: «Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera» (Jn 17,5) y «Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo» (Jn 17,24). Pues el amor del Padre por Jesucristo, es un amor eterno, es un amor anterior a la creación, y es en este amor que nos vemos envueltos.

 

En la predicación rabínica se evidencian unas realidades que existen antes de la creación de mundo: el Mesías, el pueblo de Israel y la torá (la ley).

Pues bien, en la concepción cristiana esa realidad preexistente es Jesucristo, y nosotros en Jesucristo. Entonces, «antes de la creación del mundo» significa con una elección que es firme, que no se puede cancelar, porque lo que viene después de la creación del mundo es radicalmente efímero o débil con respecto a lo radicado que está en la vida y la eternidad de Dios; entonces, esta creación es firme y está motivada únicamente por el amor y la iniciativa de Dios.

 

El resultado para nosotros es que el Padre nos ama con el mismo amor con el que ama al Hijo, porque ya estamos integrados en Él. La existencia en Jesucristo no es una forma adicional de la existencia humana, pues yo existo como en cuanto criatura humana, como realidad en sí misma, psicológica e histórica, y luego por una decisión de fe me afilio a Jesucristo. Cuando el hombre creyente se afilia a Jesucristo, no hace más que sacar a la luz la estructura profunda de su existencia, que es una existencia en Jesucristo. La primera forma de nuestra existencia es la que tenemos en Jesucristo. Luego están todas las formas diferentes (la biológica o la sociológica). La primera forma es la que tiene el hombre en Jesucristo. Entonces, la existencia del hombre no es la existencia de una criatura arrojada al mundo y que debe moverse para buscarse una forma o darse a sí misma una consistencia en este mundo inmenso y donde el hombre inevitablemente tiende a perderse. Toda nuestra identidad está ocultada por la eternidad en Jesucristo y se manifiesta en nuestra vocación a la fe, en nuestro Bautismo, en nuestro intento de responder cotidianamente a la voluntad de Dios.

 

El 26 de febrero 1930, Luisa escribe en su Diario una enseñanza elocuente de Jesús sobre la dignidad del hombre creado por Dios y de la relación que Dios deseaba tener con el primer hombre Adán y que el pecado arruinó.

Luisa se había fijado en pensar en el amor recíproco entre Dios y el Adán inocente, cuando Dios, al no encontrar ningún obstáculo por parte del hombre, se derramaba en él como torrentes, y con su amor lo arrobaba con dulces atractivos, haciéndole sentir su voz: “hijo, te amo, te amo mucho”; y Adán, herido y arrobado por el amor eterno, repetía su estribillo: “te amo”, “te amo” y  lanzándose en los brazos de su Creador, se apretaba tanto que no era capaz de despegarse del único amor que conocía y vivía sólo para amarlo.

Para Jesús, ¡esto sólo es un dulce recuerdo de la creación del hombre! Él era feliz y Dios también porque sentía el fruto de la felicidad de su obra, sentía mucho gusto en amarlo y ser correspondido. La Voluntad Divina lo guardaba “fresco y hermoso” y llevándolo en sus brazos de luz le hacía contemplar la belleza de la obra que Él creó, su hijo querido y como hijo lo tenía en su casa, en sus bienes interminables y, entonces, en cuanto hijo, actuaba como un dueño. Habría sido contra la misma naturaleza del amor de Dios, no permitirle actuar como un dueño a quien tanto amaba y lo amaba; en el verdadero amor no existe “tuyo” y “mío”, sono todo es comunitario. Y además, dejar que actuara como un dueño no hacía algo malo, más bien alegraba a Dios, lo hacía sonreír, entretener, le daba las mismas sorpresas de sus bienes y ¿cómo podía no ser dueño si poseía su Voluntad Divina que “señorea” todo y domina todo? Para no hacerlo dueño, Dios debería haber puesto en esclavitud su Voluntad, y esto no tenía sentido, porque donde Ella reina no existe esclavitud, sino todo es dominio. Entonces, hasta que el hombre vivió en el “Fiat Divino”, no conoció la esclavitud; pero, tan pronto como pecó, sustrayéndose al Querer Divino, perdió el dominio y se redujo a la esclavitud. ¡Qué cambio! ¡De hijo a siervo! Perdió el poder en las cosas creadas, llegó a ser el siervo de todo. El hombre, retirándose del “Fiat Divino”, se sintió turbado desde los fundamentos y sintió vacilar a su misma persona, experimentó lo que es la debilidad, se sintió siervo de las pasiones que lo hacían avergonzarse de sí mismo y llegó hasta perder su dominio. Por lo tanto, ya no tuvo en su poder como antes la fuerza, la luz, la gracia, la paz, y tuvo que mendigárselas con lágrimas y oraciones a su Creador.

¡Eso es lo que significa vivir en el Querer Divino! Ser dueño, quien hace su voluntad es siervo.

 

Es necesario que Jesús hable de los peligros que el hombre enfrenta haciendo sólo su voluntad, sirve como invitación, llamadas, voces suaves, dulces y fuertes para llamar a todos a vivir en la “Morada de la Divina Voluntad”, para que las criaturas ya no sean siervos sino dueños. El motivo es que Dios nunca le quitará el libre albedrío al hombre, por eso es necesario que en el reino de la Voluntad Divina, Dios haga “montar las guardias, las nobles centinelas” que tengan en guardia a las criaturas, haciéndole conocer el gran mal del querer divino, para que se mantengan alerta y, aborreciéndolo, amen la felicidad y el dominio que les da la Divina Voluntad.

don Marco
Comentarios
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Últimos comentarios 1 de 1
- 16/09/2017
Mano nella mano come in un infinito girotondo, interiore, nell'Unità dello Spirito Santo, con Gesù, con Maria, Regina e Madre della Divina Volontà, "con Luisa, nel suo solito stato, nel comandamento nuovo". 🙏