¡Ah! sí, la humildad llama a la Gracia;
la humildad rompe las cadenas más fuertes, como es el pecado.
La humildad supera cualquier muro de división entre el alma y Dios, y a Él la regresa.
La humildad es la pequeña planta, pero siempre verde y florida,
no sujeta a ser roída por los gusanos,
ni los vientos, ni las granizadas, ni el calor
podrán hacerle daño ni marchitarla mínimamente.
La humildad, si bien es la más pequeña planta,
saca ramas altísimas que penetran hasta en el Cielo
y se entrelazan entorno al Corazón de Nuestro Señor,
y sólo las ramas que salen de esta pequeña planta tienen libre
la entrada en ese Corazón adorable.
La humildad es el ancla de la paz
en las tempestades de las olas del mar de esta vida.
La humildad es sal que condimenta todas las virtudes,
y preserva al alma de la corrupción del pecado.
La humildad es esa hierbita
que brota en el camino pisado por los transeúntes,
que mientras es pisoteada desaparece,
pero en seguida se ve que se levanta de nuevo más bella que antes.
La humildad es como injerto noble que ennoblece a la planta silvestre.

La humildad es el ocaso de la culpa.

La humildad es la recién nacida de la Gracia.

La humildad es como la luna que nos guía en las tinieblas de la noche de esta vida.

La humildad es como aquel avaro negociante que sabe negociar bien con sus riquezas,
y que no desperdicia ni siquiera un centavo de la Gracia que le es dada.

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