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Corpus Domini

Con la fe de María acogemos el don de Jesús presente en la Eucaristía

17/06/2022
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

Celebramos la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor, de Jesús viviente en la Eucaristía, que se dio a nosotros en el pan consagrado que nos alimenta, nos sostiene, nos da fuerza, nos salva. En esta reflexión, queremos dejarnos ayudar de María Santísima, la mujer de la Eucaristía.

Podemos utilizar como líneas de reflexión, oración, compromiso, las palabras del Santo Padre.

«Hagan esto». Es decir, tomen el pan, den gracias, y compártanlo; tomen el cáliz, den gracias, y distribúyanlo. Jesús ordena que repitamos el gesto con el que instituyó el memorial de su Pascua, a través del que nos dio su Cuerpo y su Sangre, nos dio a todo sí mismo. Y esto se actúa a través de nuestras pobres manos ungidas de Espíritu Santo.

«Hagan esto». Delante de la multitud, Jesús les dice a los discípulos que “hagan”, que se pongan a trabajar: «Ustedes mismos denles de comer». En realidad, es Jesús que bendice y parte el pan hasta saciar a toda esa gente, pero son los discípulos que ofrecen los cinco panes y dos peces, y eso es exactamente lo que quería Jesús: en lugar de despedir a la multitud, poner a disposición lo poco que tenían. Los trozos de pan, partidos por las manos santas del Señor, pasan en las manos pobres de los discípulos, que los traen a la gente. Esto es “hacer” con Jesús, es “dar de comer” junto con Él.

Está claro que este milagro no sólo quiere saciar el hambre de un día, sino que es el signo de lo que Jesucristo quiere cumplir para la salvación de toda la humanidad, donando su carne y sangre. Jesús se partió, se parte para nosotros. Y nos pide que nos demos, nos partamos para los demás. Exactamente éste “partir el pan” se convirtió en el símbolo de identificación de Jesucristo y los cristianos.

En Emaús lo reconocieron «mientras partía el pan». Los primeros cristianos en Jerusalén: «Se reunían asiduamente en la fracción del pan». Es la Eucaristía que, desde el comienzo, se convierte en el centro y la forma de la vida de la Iglesia.

Pero, podemos pensar también en todos los santos y santas – célebres o anónimos – que “partieron” a sí mismos, su propia vida, para “dar de comer” a los hermanos. Cuántas mamás, cuántos papás, junto con el pan cotidiano, partido en la mesa de la casa, partieron también su corazón para criar a sus hijos, ¡y criarlos bien!

¡Cuántos cristianos, como ciudadanos responsables, partieron su propia vida para defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados! ¿Dónde encuentran la fuerza para hacer todo esto? Justo en la Eucaristía: en la potencia del amor del Señor resucitado, que también hoy parte el pan para nosotros, y repite: «Hagan esto en memoria de mí» (Papa Francisco).

San Juan Pablo II nos presenta a María Santísima como Mujer Eucarística. “Feliz de ti por haber creído”: María ha adelantado, en el misterio de la Encarnación, también la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva al Verbo hecho carne en el seno, ella se convierte, de alguna manera, en «tabernáculo» – el primer «tabernáculo» de la historia – donde el Hijo de Dios, aún invisible a los ojos humanos, se concede a la adoración de Isabel, casi «irradiando» su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada extasiada de María al contemplar la cara de Jesucristo recién nacido, y al tenerlo en sus brazos, ¿acaso no es el modelo inalcanzable de amor al que debe inspirarse cada una de nuestras comuniones eucarísticas?

María está presente, con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras Celebraciones eucarísticas. Si Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. También por esta razón, el recuerdo de María en la Celebración eucarística es unánime, desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente” (Ecclesia de Eucharistia)

El 16 de abril de 1927, Jesús le explica a Luisa cómo el Señor hizo el depósito de su vida Sacramental en el corazón de la Virgen María.

Cuando Jesús cumple un acto, primero, mira si hay por lo menos una criatura en la que poner el depósito, para que tome el bien que Jesús cumple y lo guarde bien protegido. Ahora, cuando instituyó el Santísimo Sacramento, buscó a esta criatura, y mi Virgen María se ofreció a recibir este acto y el depósito de este gran don, diciéndole: “Hijo mío, si te ofrecí mi seno y todo mi ser en tu concepción para guardarte y defenderte, ahora te ofrezco mi Corazón maternal para recibir este gran depósito, y formo alrededor de tu Vida Sacramental mis afectos, mis latidos, mi amor, mis pensamientos, todo mi ser, para defenderte, cortejarte, amarte, protegerte. Me comprometo a devolverte el gran don que haces; confía en tu Mamá, y yo pensaré en la defensa de tu Vida Sacramental, y como Tú mismo me constituiste Reina de toda la Creación, tengo el derecho de formar a tu alrededor toda la luz del sol, como homenaje y adoración, las estrellas, el mar, todos los habitantes del aire, lo pongo todo a tu alrededor para darte amor y gloria”.

Tras haberse asegurado de donde podía poner este gran depósito de Su Vida Sacramental, y confiando en la Madre del Cielo, que había todas las pruebas de su fidelidad, instituyó el Santísimo Sacramento. Era la única criatura digna, que podía guardar, defender y reparar éste acto.

Cuando las criaturas reciben a Jesús, Él baja en ellas junto con los actos de su Mamá inseparable, y ésta es la única razón por la que su Vida Sacramental puede durar. Por eso, antes que nada, es necesario que Jesús elija a una criatura cuando quiere cumplir una obra grande, digna de Él; primero, para tener el lugar donde poner su don; segundo, para tener su devolución. También en el orden natural pasa lo mismo. Si el agricultor quiere sembrar la semilla, no la siembra en la calle, sino que va en busca del pequeño terreno; en primer lugar, lo trabaja, forma el surco, luego siembra la semilla, y, para estar seguro, lo llena de tierra, esperando con ansiedad la cosecha, para recompensarse por su trabajo y la semilla que le confió a la tierra. Otro quiere formar un objeto hermoso: en primer lugar, prepara la materia prima, el lugar donde ponerlo, y luego lo forma.

Así lo hizo Jesús con Luisa: la eligió, la preparó, y luego le confió el gran don de las manifestaciones de la Divina Voluntad; y, tal como le confió a su Madre dilecta el destino de la Vida Sacramental, así quiso confiar en Luisa, encomendándole el destino del reino de la Divina Voluntad.

don Marco
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