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III Domingo del Tiempo Ordinario

Siguiendo a Cristo resucitado, la plenitud de los tiempos

21/01/2021
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

“El tiempo se ha cumplido”.

Son las primeras palabras de Jesús en el Evangelio según Marcos y son un programa de vida.

Cuando escuchamos que “el tiempo se ha cumplido”, no debemos pensar en el tiempo cronológico, hecho de segundos, minutos, horas, días, semanas, años. Estamos inmersos en este tiempo cronológico, somos esclavos de este tiempo, porque nuestra vida diaria está totalmente planificada y condicionada por las horas de trabajo, los compromisos diarios, las múltiples actividades a realizar día tras día. Siempre tenemos prisa y corremos el riesgo de no vivir bien la calidad del tiempo de nuestra vida. Todo lo que hacemos no puede escapar a la cronología del tiempo, pero depende de nosotros hacer un tiempo cualitativo de cada acción y cada fase de nuestra vida. Ahora, Jesús nos dice que “el tiempo se ha cumplido”, es decir estamos en la “plenitud del tiempo”.

¿Qué significa “estar en la plenitud del tiempo”? Significa descubrir que la presencia de Jesús puede convertirse para nosotros en la “plenitud del tiempo”, Jesús puede convertirse en aquel que da el verdadero toque de calidad a cada una de nuestras acciones, que tiene lugar en la cronología del tiempo de nuestra vida. Pensando en el Jesús histórico, que inauguraba su misión pública en Galilea, para Marcos, la presencia física de Jesús ya era un gran don para el pueblo, que tuvo la suerte de verlo, asistiendo a sus obras y escuchando su predicación. Pero para nosotros los cristianos, después de que todo se ha cumplido definitivamente en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, la plenitud del tiempo se nos da ahora por la presencia de Cristo resucitado que nos da el Espíritu Santo, para vivir una vida renovada en nuestras relaciones.

Vivir para Cristo, con Cristo y en Cristo, resucitado en medio de nosotros, es vivir la plenitud del tiempo, es hacer de nuestra vida un tiempo cualitativo, un tiempo de gracia, un tiempo lleno de la presencia de Cristo resucitado en nuestra vida, a través de la acción del Espíritu Santo, que habita en nuestro corazón.

Vivir para Cristo, con Cristo y en Cristo, la plenitud de nuestro tiempo, es vivir de su Presencia viva en la Palabra de Dios orada, escuchada, meditada personalmente y en la comunidad cristiana reunida en asamblea litúrgica.

Es vivir de la Presencia de Cristo resucitado en la Eucaristía, que nos hace vivir el sentido más profundo de nuestro vivir cualitativamente el tiempo cronológico de nuestra vida: es decir, estar en comunión, estar en unidad, en Dios Trinidad y en comunión entre nosotros como hermanos y hermanas, todos hijos amados del único Padre.

Vivir para Cristo, con Cristo y en Cristo resucitado, la plenitud de nuestro tiempo, es sentir su presencia viva en la comunidad cristiana, es sentirnos con alegría Cuerpo de Cristo, miembros vivos del Cuerpo que es la Iglesia, mi comunidad con todos sus virtudes y defectos.

Es vivir en la presencia de Cristo resucitado en el encuentro con los pobres, con los que sufren, porque Jesús está presente en cada persona que sufre, en cada persona que experimenta la pobreza radical de su condición humana y se encomienda, con humildad y confianza, al amor providencial y misericordioso de la Santísima Trinidad. No olvidemos que el Reino de Dios pertenece a los pobres en espíritu.

El 23 de septiembre de 1906, Jesús le dice a Luisa que vivir y obrar para Cristo y en Cristo hace desaparecer por completo la obra humana, porque si se obra en Cristo, siendo Cristo fuego, consume la obra humana y, habiendo consumido la obra humana, su fuego la hace resucitar transformada en obra divina. Por lo tanto, obra juntos con Él, como si juntos estuvieran haciendo lo mismo; si se sufre, como si se sufre con él; si se reza, si se trabaja, todo se hará en Él y junto con Él, y así se perderán las obras humanas en todo y se volverán a encontrarlas divinas. ¡Oh, cuántas inmensas riquezas podrían adquirir las criaturas y no se acogen de ellas!

don Marco
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