Volver a los evangelios

VI Domingo de Pascua

07/05/2021
Comenta este elemento

Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

En este tiempo pascual, la Palabra de Dios continúa indicándonos estilos de vida coherentes para ser la comunidad del Resucitado. Entre estos, el Evangelio de hoy presenta el mandato de Jesús: «Permanezcan en mi amor» (Jn 15,9): permanecer en el amor de Jesús. Habitar en la corriente del amor de Dios, tomar demora estable, es la condición para hacer que nuestro amor no pierda por el camino su ardor y su audacia. También nosotros, como Jesús y en Él, debemos acoger con gratitud el amor que viene del Padre y permanecer en este amor, tratando de no separarnos con el egoísmo y el pecado. Es un programa arduo, pero no imposible.

Primero es importante tomar conciencia de que el amor de Cristo no es un sentimiento superficial, no, es una actitud fundamental del corazón, que se manifiesta en el vivir como Él quiere. Jesús, de hecho, afirma: «Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor. como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (v. 10). El amor se realiza en la vida de cada día, en las actitudes, en las acciones; de otra manera es solamente algo ilusorio. Son palabras, palabras, palabras: eso no es el amor. El amor es concreto, cada día. Jesús nos pide cumplir sus mandamientos, que se resumen en esto: «Ámense los unos a los otros, como yo los he amado.» (v. 12).

¿Cómo hacer para que este amor que el Señor resucitado nos dona pueda ser compartido por los demás? En más de una ocasión Jesús ha indicado quién es el otro a quien hay que amar, no con palabras, sino con los hechos. Es aquel que encuentro en mi camino y que, con su rostro y su historia, me interpela; es aquel que, con su misma presencia, me impulsa a salir de mis intereses y de mis seguridades; es aquel que espera mi disponibilidad a escuchar y a hacer una parte de camino juntos. Disponibilidad hacia cada hermano y hermana, sea quien sea y en cualquier situación que se encuentre, empezando por quien está cerca de mí en la familia, en la comunidad, en el trabajo, en la escuela... De esta manera, yo permanezco unido a Jesús, su amor puede alcanzar al otro y atraerlo a sí, a su amistad.

Y este amor por los demás no se puede reservar a momentos excepcionales, sino que se debe convertir en la constante de nuestra existencia. Por eso somos llamados, por ejemplo, a cuidar de los ancianos como un tesoro precioso y con amor, incluso si crean problemas económicos y dificultades, pero debemos cuidarlos. Por eso a los enfermos, también si están en la última etapa, debemos dar toda la asistencia posible. Por eso los no nacidos deben ser siempre acogidos; por eso, en definitiva, la vida debe ser siempre tutelada desde la concepción hasta su ocaso natural. Y esto es amor.

Nosotros somos amados por Dios en Jesucristo, que nos pide amarnos como Él nos ama. Pero eso no podemos hacerlo si no tenemos en nosotros su mismo Corazón. La eucaristía, a la cual estamos llamados a participar cada domingo, tiene el fin de formar en nosotros el Corazón de Cristo, de tal forma que toda nuestra vida sea guiada por sus actitudes generosas.

El 20 de noviembre de 1922, Luisa estaba pensando en Jesús durante la agonía del huerto y cuánto sufrió, pero no por parte de las criaturas, porque Él estaba solo, más bien abandonado por todos, sino por su Padre Eterno. Eran corrientes de amor entre Él y el Padre y en estas corrientes se colocaban todas las criaturas, en las cuales había todo el amor de un Dios por cada uno de ellos y todo el amor que cada uno le debía a Dios, y faltando esto llevaba a sufrir penas que superaban todas las demás peas, tanto que sudaba sangre. Jesús, entonces, toma a Luisa y la aprieta contra su corazón y le dice que las penas de amor son las más atroces. Hay continuas corrientes de amor; entre Él y el Padre está todo el amor que todas las criaturas le debían, por eso hay amor traicionado, amor negado, amor rechazado, amor desconocido, amor pisoteado, etc. ¡Y llega a su Corazón penetrante, tanto que se siente morir!

Al crear al hombre, el Señor fijó muchas corrientes de amor entre él y nosotros; no bastaba con haberlo creado, no, tenía que poner tantas corrientes de amor, no debía haber parte de él en la que estas corrientes no fluyeran. Así es que en la inteligencia del hombre corría la corriente de amor de la Sabiduría, en el ojo corría la corriente de amor de su luz, en la boca la corriente de amor de su palabra, en las manos la corriente de amor de la santidad de sus obras, en la voluntad la corriente de amor de la suya, y así con todo lo demás. El hombre había sido creado para estar en comunicación continua con su Creador, y ¿cómo podría estar en comunicación con él si estas corrientes divinas no corrían en las suyas? Con el pecado rompió todas estas corrientes y se separó de Él.

Si miramos al sol: toda su luz golpea la superficie de la tierra y la invierte tanto que se siente su calor, tan vivo y real que trae fertilidad, vida a todo lo que produce la tierra, así es que el sol y la tierra, se puede decir, están en comunicación entre sí. ¡Así son más estrechas las comunicaciones entre el hombre y Dios son, verdadero Sol eterno! Ahora bien, si una criatura pudiera tener el poder de romper entre la tierra y el sol la corriente de la luz que golpea su superficie, ¿qué daño nunca haría? El sol se retiraría toda la corriente de la luz, la tierra quedaría en la oscuridad, sin fecundidad y sin vida. ¿Qué castigo merecería alguna vez? El hombre hizo todo esto en la Creación, y Dios bajó del Cielo a la tierra para volver a unir todas estas corrientes de amor, pero ¡cuánto le costó, y el hombre continúa su ingratitud y vuelve a romper las corrientes que Dios había fijado!

 

don Marco
Comentarios
¿Tiene un comentario? Registro o realiza Login!
Últimos comentarios 0 de 0
No hay comentarios