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XI Domingo del Tiempo Ordinario

12/06/2021
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!
En la página del Evangelio de hoy (Mc 4,26-34), Jesús habla a la multitud del Reino de Dios y del los dinamismos de su crecimiento, y lo hace contando dos breves parábolas.

En la primera parábola (vv. 26-29), el Reino de Dios se compara con el crecimiento misterioso de la semilla, que se lanza al terreno y después germina, crece y produce trigo, independientemente del cuidado cotidiano, que al finalizar la maduración se recoge. El mensaje de esta parábola lo que nos enseña es esto: mediante la predicación y la acción de Jesús, el Reino de Dios es anunciado, irrumpe en el campo del mundo y, como la semilla, crece y se desarrolla por sí mismo, por fuerza propia y según criterios humanamente no descifrables. Esta, en su crecer y brotar dentro de la historia, no depende tanto de la obra del hombre, sino que es sobre todo expresión del poder y de la bondad de Dios, de la fuerza del Espíritu Santo que lleva adelante la vida cristiana en el Pueblo de Dios.

A veces la historia, con sus sucesos y sus protagonistas, parece ir en sentido contrario al designio del Padre celestial, que quiere para todos sus hijos la justicia, la fraternidad, la paz. Pero nosotros estamos llamados a vivir estos periodos como temporadas de prueba, de esperanza y de espera vigilante de la cosecha. De hecho, ayer como hoy, el Reino de Dios crece en el mundo de forma misteriosa, de forma sorprendente, desvelando el poder escondido de la pequeña semilla, su vitalidad victoriosa. Dentro de los pliegues de eventos personales y sociales que a veces parecen marcar el naufragio de la esperanza, es necesario permanecer confiados en el actuar tenue pero poderoso de Dios. Por eso, en los momentos de oscuridad y de dificultad nosotros no debemos desmoronarnos, sino permanecer anclados en la fidelidad de Dios, en su presencia que siempre salva. ¡Dios siempre salva. Es el salvador!

En la segunda parábola (vv. 30-32), Jesús compara el Reino de Dios con un grano de mostaza. Es un semilla muy pequeña, y sin embargo se desarrolla tanto que se convierte en la más grande de todas las plantas del huerto: un crecimiento imprevisible, sorprendente. No es fácil para nosotros entrar en esta lógica de la imprevisibilidad de Dios y aceptarla en nuestra vida. Pero hoy el Señor nos exhorta a una actitud de fe que supera nuestros proyectos, nuestros cálculos, nuestras previsiones. Dios siempre es el Dios de las sorpresas. El Señor siempre nos sorprende. Es una invitación a abrirnos con más generosidad a los planes de Dios, tanto en el plano personal como en el comunitario. En nuestras comunidades es necesario poner atención en las pequeñas y grandes ocasiones de bien que el Señor nos ofrece, dejándonos implicar en sus dinámicas de amor, de acogida y de misericordia hacia todos.

La autenticidad de la misión de la Iglesia no está dada por el éxito o por la gratificación de los resultados, sino por el ir adelante con la valentía de la confianza y la humildad del abandono en Dios. Ir adelante en la confesión de Jesús y con la fuerza del Espíritu Santo. Es la consciencia de ser pequeños y débiles instrumentos, que en las manos de Dios y con su gracia pueden cumplir grandes obras, haciendo progresar su Reino que es «justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17). 

El 6 de marzo de 1932, Jesús le dice a Luisa que cada acto de criatura contiene el valor del propósito con el que anima su acto, el propósito es como la semilla, que enterrada bajo tierra se pulveriza con la tierra, pero no para morir, sino para renacer y formar la plantita llena de ramas, flores y frutos que pertenecen a esa semilla. La semilla no se ve, está escondida en su plantita, pero de los frutos se sabe si la semilla es buena o mala. Tal es el propósito, es una semilla de luz, y se puede decir que permanece como enterrada y se pulveriza en el acto de la criatura. Y si el propósito es santo, todos los actos que provienen de ese propósito serán todos actos santos, porque existe el primer propósito, la primera semilla que anima y da vida a la secuela de los actos del primer propósito y estos actos forman la vida del propósito, en el que se ven flores y frutos de la verdadera santidad. Y siempre y cuando la criatura con todo el conocimiento de su voluntad no destruya el propósito primario, puede estar segura de que sus actos están encerrados en el primer propósito. Nuestra carrera en la Divina Voluntad tendrá el propósito que nosotros queremos, que se forme su reino y por tanto todos nuestros actos se centralizan en el “Fiat Divino” y, al convertirse en semilla de luz, todos se conviertan en actos de Divina Voluntad, que, elocuentemente, con voces arcanas y divinas, piden este reino tan santo en medio de las generaciones humanas.
don Marco
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