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XIII Domingo del Tiempo Ordinario

La cruz de Jesús hace nuevas todas las cosas

26/06/2020
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!
El evangelio de este domingo quiere delinearnos el perfil del discípulo del Señor con unas expresiones que crean un crescendo: no es un discípulo quien no pone los lazos de sangre antes del con el Señor; no es un discípulo quien no toma su cruz. Alguien, escuchando estas palabras, podría decir que no le importa convertirse en discípulo de tal maestro, y cerrar así el discurso. 

Pero la afirmación siguiente reabre la cuestión: quien pierde su vida, la encontrará. Y encontrar su propia vida es lo que más interesa a cada uno de nosotros; expresamos este deseo de encontrar nuestra vida cada vez que buscamos afectos que le den calor; cada vez que alejamos de nosotros el dolor que nos amenaza; cada vez que vamos buscando experiencias hermosas, pensamientos estimulantes, situaciones que nos den alegría. Nuestra vida está hecha para ser realizada: también de esta manera dice que su origen procede de Dios y su destino es Dios: porque dentro de nosotros, en lo profundo de nosotros, hay el deseo de belleza, alegría, eternidad. 

El camino para la realización de nuestra vida no es algo obvio; no es nada fácil entender y tomar el camino que nos lleva a encontrar nuestra vida. Cada uno de nosotros hace sus tentativas; conoce de ellas posibilidad, éxitos y fracasos. Jesús nos indica su camino, presentándolo como un camino absoluto; sin concurrentes posibles: sólo quien la recorre con radicalismo hasta el final encontrará la realización de su propia vida. Es el camino que recorrió Jesús: el del amor que se da de una manera total; que se olvida en la muerta porque ama la vida del otro; del amor que se pone al mismo nivel de aquel que ama: Dios podría haber salvado al hombre con un gesto de su potencia: el hombre continuaría permaneciendo pequeño frente a él y él lo habría dominado con su amor. En cambio, Dios decidió salvar al hombre caminando a su lado, acercándose, sin hacerle pesar su fuerza todopoderosa. Y se hizo débil y doliente, asumiéndose la dificultad de vivir de cada hombre y el dolor de todos los pobres en la tierra. Desde aquel día, cada hombre encuentra su vida convirtiendo el camino de Dios en el suyo. 

¿Cómo avanzar en el camino de Dios, en el camino de un amor total como el suyo? Cada uno de nosotros conoce su propia fragilidad, las fatigas de su corazón. Podemos avanzar en el camino de Dios, sólo caminando junto con él, sólo convirtiéndonos en sus discípulos, sólo tomando nuestra cruz, tal como lo hizo él, convirtiendo nuestra misma vida en un acto de amor total. Y sabemos que podemos tomar nuestra cruz sólo si la tomamos junto con Jesús; si avanzamos en el camino del Maestro, a lado del Maestro: si en nuestra cruz hay su misma cruz. Si subiremos en su cruz con él, sabremos que en esa cruz está su amor, está su corazón. 

Es la experiencia que Luisa vivió sufriendo con Jesús las penas de la Pasión. El 8 de marzo de 1901 Luisa anota en su diario una enseñanza de Jesús en la cruz muy importante, afirmando que no las obras, ni la predicación, ni la misma potencia de los milagros hicieron conocer la Divinidad de Jesús, sino cuando fue puesto en la cruz y levantado sobre ella como sobre su propio trono: entonces fue reconocido como Dios. Sólo la cruz reveló al mundo y a todo el infierno quién es Dios realmente; entonces, todos quedaron sacudidos y reconocieron a su Creador. Es la cruz que revela a Dios al alma y hace conocer si el alma es realmente de Dios. Se puede decir que la cruz descubre todas las partes íntimas del alma y revela a Dios y a los hombres quién es esta alma. 
Es sobre dos cruces que Jesús consuma a las almas, una es de dolor, la otra es de amor; y así como en el Cielo todos los nueve coros angélicos lo aman, pero cada uno torno su oficio diferente – como los Serafines, cuyo oficio especial es el amor y su coro es puesto más enfrente para recibir las reverberaciones el amor de Jesús, tanto que su amor y el de ellos, saeteándose juntos, se tocan continuamente – así a las almas, en la tierra, Jesús les da su oficio diferente: a quien la vuelve mártir de dolor y a quien de amor, siendo ambos hábiles maestros en sacrificar las almas y hacerlas dignas de sus complacencias. 

El amor del discípulo para el Señor está por encima del amor del padre y de la madre: pero, para hacer nuevo ese también. El discípulo que sigue a Jesús ama al padre y a la madre, al hijo y a la hija, pero los ama con un amor diferente de aquel de los lazos de sangre. Es la cruz del Señor que hace nueva cada cosa.  

don Marco

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