Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!
¿Por qué Dios se manifiesta más a los simples, a los puros de corazón, y no a los sabios? ¡Porque es amor! Dios sólo se puede comprender a través de la fe y del amor. La fe es humildad delante de Dios, desconfianza hacia nosotros mismos y nuestro juicio sobre las cosas; el amor es una renuncia de nuestro egoísmo para abrirnos al plan y a la voluntad de Dios. ¿Quizás Dios está contra la ciencia y la inteligencia humana?
Absolutamente no. Pero el hombre sabio en las ciencias humanas debe aceptar humildemente el hecho de que Dios supera cada inteligencia humana, reconoce de estar sometido a su voluntad: debe poner a Dios al centro de su vida, y no a sí mismo. Entonces, él también es un “pequeño” en el reino del Padre. ¿Cuál es el secreto de la sabiduría según el evangelio? Considerarnos pequeños, porque sólo Dios es grande: esta es la verdadera sabiduría. No hay grandes entre los hombres, sino sólo gente con una potencia o una inteligencia, una riqueza o una gloria más o menos provisorias y ambiguas. Hoy hay, mañana no hay más. Hoy te parece ser quién sabe quién y mañana la historia te deja aparte y te caes en el polvo. Cuántos así llamados “grandes” hemos visto, que han hecho esta fin. Reconocer que todos somos pequeños delante de Dios, además que sabiduría, es también la verdadera condición para resultar simpáticos a los hombres.
El orgulloso se teme, pero nunca se ama, no es capaz de establecer relaciones de amistad real y desinteresado. En el evangelio Jesús dice: “Todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado”. Y en el evangelio de hoy nos dice esas palabras profundas: “Aprendan de mí, porque soy dócil y humilde de corazón, y así encontrarán alivio para sus almas”. Los pobres, los pequeños, los humildes, los dóciles son las personas que le gustan a Dios. Esto es importante incluso para la Iglesia, que se define la Iglesia de los pobres y que siempre debe ponerse del lado de los pobres. Y, ya que la Iglesia somos todos nosotros los bautizados, ¿vivimos este amor y este servicio a los pobres, los simples, los dóciles, a los que en la sociedad no cuentan para nada? “¡Dios es humilde!”. San Francisco de Asís se quedó cautivado por una actitud de Dios que, en Jesús, se hace clara y manifiesto como un rayo de luz. He aquí la actitud que hacía conmover el corazón de Francisco: ¡Dios es humilde! “Aprendan de mí, porque soy dócil y humilde”. En las “Alabanzas al Dios Altísimo”, Francisco exclama extasiado: ¡Tú eres humildad! Y en las “Admoniciones” escribe: «He aquí, diariamente Él se humilla, como cuando desde el trono real bajó en el seno de la Virgen; diariamente Él mismo viene a nosotros apareciendo humilde; diariamente desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote». El evangelio, en este argumento, es extraordinariamente explícito. A los hijos de Zebedeo y su madre, mercados por la vanidad, Jesús responde: “Los jefes de las naciones dominan y los que ocupan cargos ejercen el poder en ellas. Pero no será así entre ustedes; por el contrario, el que quiera ser grande entre ustedes, debe hacerse el servidor de todos; y el que quiera ser el primero entre ustedes, se hará esclavo de todos; tal como el Hijo de Dios que no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por una muchedumbre”.
La humildad nace del amor. ¿Por qué Dios es humilde? Puede ayudarnos una afirmación nítida de la Biblia: “Dios es amor”. Pero, ¿qué es el amor? Él amor, en su verdad divina y no en la caricatura creada por los hombres, es un don gratuito de sí mismo: pues Dios, precisamente porque es Amor, es un misterio de Don infinito. Por eso Juan puede escribir: “Dios amó tanto al mundo que le dio su Único Hijo, para que quien cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Y San Pablo puede añadir: “Jesucristo me amó y dio todo su ser para mí”. Si este es el misterio íntimo de Dios, nosotros podemos encontrar a Dios sólo acercándonos a su humildad. Debemos descender y, al hacerlo, encontraremos la sorpresa de encontrar a Dios, porque Dios es humildad.
En el pasaje del 12 de enero 1900 del diario de Luisa figuran unas enseñanzas sublimes de Jesús sobre la humildad, donde se afirma que la Humildad de Jesús estaba llena solamente de oprobios y humillaciones, tanto de derramarse fuera. He aquí porque ante las virtudes divinas tiemblan el Cielo y la tierra, y las almas que aman a Jesús se sirven de su Humanidad como escalera para subir a probar algunas gotitas de las virtudes.
Pero, ante la humildad de Jesús, ¿dónde está la nuestra? Él sólo puede gloriarse de poseer la verdadera humildad. La Divinidad, unida a la Humanidad de Jesús, podía obrar prodigios en cada paso, palabra y obra, y en cambio Él se restringía voluntariamente en el cerco de su Humanidad, se mostraba como el más pobre y llegaba a confundirse con los mismos pecadores. La obra de la Redención podía hacerla en poquísimo tiempo, e incluso con una sola palabra, pero Jesús quiso durante el curso de tantos años, con tantos trabajos y sufrimientos, hacer suyas las miserias del hombre, quiso ejercitarse en tantas acciones diferentes para que el hombre fuese todo renovado y divinizado; incluso las mínimas obras, realizadas por Él, que era Dios y hombre, recibían nuevo esplendor y quedaban con la marca de obras divinas. La Divinidad, escondida en la Humanidad de Jesús, quiso descender a tanta bajeza, sujetarse al curso de las acciones humanas, mientras que con un solo acto de Voluntad habría podido crear mundos infinitos; Dios quiso sentir las miserias, las debilidades de otros como si fuesen suyas, con verse cubierta de todos los pecados de los hombres ante la Justicia divina, y que debía pagar con el precio de penas inauditas y con el desembolso de toda su sangre. Así ejercitaba actos continuos de humildad profunda y heroica.
He aquí, entonces, la grandísima diferencia entre la humildad de Dios con la humildad de las criaturas, que ante la divina apenas es una sombra. Incluso la de todos los santos, porque la criatura es siempre criatura y no conoce cuánto pesa la culpa como la conoce Él; aunque sean almas heroicas que siguiendo el ejemplo de Jesús se han ofrecido a sufrir las penas de otros, pero éstas no son diferentes de las otras criaturas, no son cosas nuevas para ellas, porque están formadas del mismo barro. Además, el sólo pensar que esas penas son causa de nuevas adquisiciones y que glorifican a Dios, es un gran honor para ellas. Además de esto, la criatura está restringida en el cerco donde Dios la ha puesto, y no puede salir de esos límites con los que Dios la rodeó. Si estuviese en su poder el hacer y el deshacer, ¡cuántas otras cosas harían! ¡Cada uno llegaría a las estrellas! Pero la Humanidad divinizada de Jesús no tenía límites, sino que voluntariamente se restringía en Sí misma, y esto era un entretejer todas sus obras de heroica humildad. Había sido esta la causa de todos los males que inundan la tierra, es decir, la falta de humildad, y Jesús, con el ejercicio de esta virtud debió atraer de la Justicia divina todos los bienes. No parten del trono de Dios rescritos de gracias, sino por medio de la humildad, ningún billete puede ser recibido por Él, si no contiene la firma de la humildad. Ninguna oración escuchan sus oídos y mueve a compasión su Corazón, si no está perfumada con el aroma de la humildad. Si la criatura no llega a destruir el germen de honor, de estima – y esto se destruye con llegar a amar el ser despreciada, humillada, confundida – sentirá un entrelazamiento de espinas alrededor de su corazón, advertirá un vacío en su corazón que siempre la molestará y la hará muy desemejante de la Santísima Humanidad de Jesús; y si no llega a amar las humillaciones, a lo más podrá conocer algo de sí misma, pero no resplandecerá ante Dios vestida por la bella y agradable vestidura de la humildad.
Charles de Foucauld llegó a exclamar: «Dios mío, un tiempo creía que para llegar a Ti fuese necesario subir: ahora me doy cuenta de que hay que bajar, bajar en la humildad». Es un viaje que todos estamos llamados a hacer: merece la pena, porque se trata de poder encontrar a Dios.