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XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Una nota sobre los bienes materiales

30/07/2022
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

Según las encuestas estadísticas vamos a salir, aunque laboriosamente, de la larga crisis económica: que sin embargo sigue atenazándonos con graves corolarios, como la desocupación, especialmente la juvenil, y el número cada vez mayor de aquellos que viven en un estado de pobreza. Confiando en que la situación mejore rápidamente, y teniendo en cuenta que – más o menos – todos poseemos algo, sigue siendo útil reflexionar sobre las lecturas de hoy, relativas al valor que debe atribuirse a los bienes materiales.

“Porque un hombre que ha trabajado con sabiduría, con ciencia y eficacia, tiene que dejar su parte a otro que no hizo ningún esfuerzo. También esto es vanidad y una grave desgracia”, dice el sabio (Ec 2,21). Y lo ejemplifica en el evangelio (Lc 12, 13-21): “Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia»”. Pasan los años, los milenios; el mundo cambia; pero algunas cosas nunca cambian. ¡Cuántas veces sucede también hoy que los hermanos se peleen por la herencia! Un hombre se industria para toda la vida para acumular bienes que dejar a los hijos, y en realidad les deja la semilla de discordias, reivindicaciones, rencores que duran años y años, y, a veces, nunca se aplacan. En el caso que se le presenta, Jesús se rehúsa a intervenir: no por desinterés por las personas implicadas, sino para invitar, a ellos y los que lo escuchan, a ampliar los horizontes, transformando el episodio en la oportunidad para hablar de las riquezas: “Cuídense de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”.

Desear los bienes necesarios para una vida segura y digna, un futuro sereno para sí mismo y sus seres queridos, es sin duda legítimo; no hay página en la Biblia que lo desapruebe. Pero, considerar los bienes materiales como “el” bien supremo, al que subordinarle todo, es algo diferente; fijarse como objetivo de la vida el acumular lo más posible, quizás sin considerar los medios, si lícitos o no, a menudo pisoteando justicia, verdad, misericordia, a veces incluso los afectos familiares. El deseo de riqueza es una bestia que devora todo, incluso los que se dejan dominar por ella.

Como resultado de este ebrio, que a veces se convierte en obsesión, Jesús cuenta la breve parábola del rico bendecido por nueva fortuna, que elabora proyectos como alguien que goza la vida: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo «¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha. Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida»”. Pero, sigue el cuento, “Dios le dijo: «Necio, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado? Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios»”.

Con este ejemplo?, ante dodo Jesús invita a usar la cabeza: antes de las consideraciones dictadas por la fe, van primero, por así decirlo, las naturales, que para un hombre dotado de inteligencia deberían ser obvias. Usar la cabeza: ¿merece la pena enfadarnos tanto, cuando ni siquiera estamos seguros de que pasaremos el día? Y la perspectiva, se sabe, no es sin fundamento: nadie está exento del riesgo de un infarto o un accidente de coche. Pues, necio, humanamente necio, es decir pobre en inteligencia, a los que se dejan ganar por el vértigo de los bienes materiales.

Sólo después de aclarar el aspecto humano, Jesús invita a una mirada de fe: el objetivo principal en la vida de un hombre debería consistir en preocuparse de lo que la transciende, es decir que va más allá: que dure un día o cien años, en cualquier caso esta vida es limitada. ¿Y después que? Las verdaderas riquezas no son las que dejaremos aquí, sino las que podremos llevar con nosotros: es el bien cumplido; es la fe en Jesús, la única salvación; es la esperanza, cultivada día a día, de vivir para siempre con él.

La verdadera virtud, nos enseña Jesús a través de Luisa, empieza con Dios, y termina en Dios. La señal para conocer si alguien tiene una verdadera caridad, es si ama a los pobres; si ama a los ricos y se presta a ellos, es porque de ellos espera, porque obtiene, o porque los simpatiza, o por la nobleza, el ingenio, el bien decir, y también por el temor; pero, si ama a los pobres, los ayuda, los socorre, es porque ve en ellos la imagen de Dios, pues no mira la tosquedad, la ignorancia, la mala educación, la miseria. A través de estas miserias, como desde dentro de un cristal, ve a Dios, del Que todo espera, y los ama, los ayuda, los consuela, como se haría con el mismo Dios. Ésta es la tipología de la verdadera virtud, que comienza de Dios, y termina en Dios; pero, lo que comienza de la materia, produce materia, y termina en la materia. Aunque suene espléndida y virtuosa la caridad, no sintiendo el toque divino ni los que la hacen ni los que la reciben, quedan irritados, aburridos y cansados, y, si es necesario, se sirven de ella para cumplir errores.

don Marco
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