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XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Apoyarse en Dios, más que a los bienes terrenales

16/09/2022
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

En este domingo Jesús nos lleva a reflexionar en dos estilos de vida opuestos: el mundano y el del Evangelio. El espíritu del mundo no es el espíritu de Jesús. Y lo hace a través del cuento de la parábola del administrador infiel y corrupto, que recibe elogios de Jesús a pesar de su deshonestidad (Lc 16,1-13). Hay que precisar de inmediato que este administrador no se presenta como modelo a seguir, sino como un ejemplo de listeza. Este hombre está acusado por su señor de mala gestión de los asuntos financieros, y, antes de ser alejado, trata astutamente de ganarse la benevolencia de los deudores, condonando su parte de deuda para asegurarse así un futuro. Comentando esta conducta, Jesús observa: «Los hijos de este mundo son más astutos en sus trato con lo demás que los hijos de la luz» (v. 8).

A esta astucia mundana estamos llamados a contestar con la astucia cristiana, que es un don del Espíritu Santo. Se trata de alejarse del espíritu y los valores del mundo, que tanto le gustan al demonio, para vivir según el Evangelio. Y la mundanería, ¿de qué manera se manifiesta? La mundanería se manifiesta con actitudes de corrupción, engaño, atropello, y constituye el camino más erróneo, el camino del pecado, ¡porque la una te conduce a la otra! Es como una cadena, aunque sea el camino más cómodo por recorrer, generalmente.

En cambio, el espíritu del Evangelio exige un estilo de vida serio y laborioso, marcado por la honestidad, la corrección, el respeto de los demás y su dignidad, al sentido del deber. ¡Ésta es la astucia cristiana!

El camino de la vida implica necesariamente una decisión entre los dos caminos: entre honestidad y deshonestidad, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. No podemos oscilar entre la una y la otra, porque se mueven en lógicas diferentes y contradictorias. El profeta Elías le decía al pueblo de Israel que recorría estos dos caminos: “¿Hasta cuándo van a andar rengueando de las dos piernas?” (1 Reyes 18,21). Es una imagen hermosa. Es importante decidir qué dirección tomar, y luego, una vez elegida la correcta, andar con impulso y determinación, confiando en la gracia del Señor y en el apoyo de su Espíritu.

Fuerte y categórica es la conclusión del pasaje evangélico: «Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo» (Lc 16,13).

Con esta enseñanza, hoy Jesús nos exhorta a tomar una decisión clara entre Él y el espíritu del mundo, entre la lógica de la corrupción, del atropello y la avidez, y la de la rectitud, la mansedumbre y el intercambio. Alguien actúa con la corrupción como con las drogas: piensa que puede utilizarla, y parar cuando quiera. Se empieza con poco, y luego, lentamente, se pierde su propia libertad. También la corrupción produce adicción, y genera pobreza, explotación, sufrimiento. ¡Y cuántas víctimas hay en el mundo hoy! Cuántas víctimas de esta corrupción difundida. En cambio, cuando intentamos seguir la lógica evangélica de la integridad, la limpidez de las intenciones y conductas, la fraternidad, nosotros llegamos a ser artesanos de justicia, y abrimos horizontes de esperanza para la humanidad. En la gratuidad y la donación de nosotros mismos, servimos al justo señor: Dios.

El 22 de julio de 1899 Luisa describe una visión, en la que se encuentra encima de una escalera muy alta, que tenía debajo un precipicio, y además los escalones eran móviles y tan estrechos que apenas podía apoyar la punta de los pies. Lo que la aterrorizaba más era el precipicio, y no poder encontrar ningún apoyo, y queriendo agarrarse a los peldaños, se venían tras de ella. Ver que casi todas las demás personas precipitaban, daba escalofríos en los huesos; sin embargo, no se podía por menos de pasar por esa escalera.

Luisa lo intentó, pero tan pronto como subió dos o tres peldaños, al ver el gran peligro que corría de caerse en el abismo, empezó a llamar a Jesús, para que viniera en su ayuda; y así, sin saber cómo, encontró a Jesús a su lado que le decía que lo que había visto es el camino que recorren todos los hombres en esta tierra; los peldaños móviles, en los que tampoco pueden apoyarse para tener un apoyo, son los apoyos humanos y las cosas terrenales, y si se apoyan a éstos, en vez de darles ayuda, les dan un empujón para precipitar más rápido al infierno. El medio más seguro es andar casi volando, sin apoyarse en la tierra, a fuerza de sus propios brazos, con los ojos en sí mismos, sin mirar a los demás, y teniéndolos también fijados en Dios, para obtener su ayuda y fuerza; así se podrá fácilmente evitar el precipicio.

don Marco
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