Volver a los evangelios

XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Un metro para medir quién es el más grande

16/09/2021
Comenta este elemento

Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

Lo escuchamos el domingo pasado: Jesús incluso llamó al apóstol Pedro “satanás” que, en lugar de “pensar según Dios”, perseguía sus cálculos humanos. Pero no es suficiente: en el evangelio de hoy (Mc 9,30-37) encontramos a Jesús con la intención de instruir a los apóstoles, especialmente preparándolos para eventos venideros, tan diferentes de los que esperaban del Mesías. Aquí, entonces, reitera que él, “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará”.

Esta predicción de su Pascua choca con la pesada humanidad de aquellos a quienes él mismo ha elegido como sus primeros colaboradores. Ellos insisten en aferrarse a la opinión actual de un Mesías político que, después de expulsar a los Romanos ocupantes, restaurará el antiguo reino de Israel, tan independiente y glorioso como el de David y Salomón. Están tan arraigados en esta perspectiva, que, en lugar de prestar atención a las palabras del Mesías, discuten entre ellos acerca de quién es el más grande y, por lo tanto, en el reino terrenal que el Mesías creen que está a punto de fundar, quién de ellos tendrá el lugar más importante.

A tal cicatería quizás nosotros responderíamos con algunas malas palabras. En cambio, Jesús vuelve pacientemente a explicar y, como solían hacer los antiguos profetas, acompaña sus palabras con un gesto ejemplar: abraza a un niño y los invita a hacer lo mismo, por su amor. Entonces los niños carecían de relevancia jurídica y social; por lo tanto, un niño se presta a ser el símbolo de los marginados, de los muchos que “no cuentan”. En ese niño, Jesús los abraza a todos e invita a todos sus seguidores a hacer lo mismo.

¡Qué cambio de perspectiva! El más grande es aquel que acoge en su mente y su corazón a aquellos que no gozan de privilegios, a aquellos en la sociedad que están un paso (o dos, o tres, y muchas veces más) detrás de los demás. En el nuevo mundo que establece Jesús, la importancia de una persona no se mide por su poder, su dinero, su éxito, sino por su voluntad, su compromiso de hacer justicia, de aliviar las condiciones de los menos afortunados.

Así lo hizo él, y después de él una multitud de hombres y mujeres que intentaron imitarlo. En virtud de su compromiso, este principio revolucionario en dos mil años ha cambiado el mundo; hoy formalmente todos, y no sólo los cristianos, condenan determinadas actitudes y criterios de vida que antes se consideraban normales (discriminación contra la mujer, maltrato infantil, esclavitud, despotismo, etc.); al menos de palabra, hoy todo el mundo reconoce que el hambre en el mundo es el resultado de una injusticia que hay que curar, y es un punto común que los investidos de autoridad no deben trabajar para su propio beneficio, sino para el bien común. En definitiva, sobre el antiguo criterio de explotar a los demás en beneficio propio (o, cuando era bueno, la indiferencia ante las condiciones de los demás) hoy triunfa el criterio puramente cristiano del servicio. Triunfa en las enunciaciones de las leyes y en las declaraciones públicas; sin embargo, si miramos los hechos, corremos el riesgo de deprimirnos al notar su discrepancia con respecto a los principios.

De ahí se deriva el compromiso, para todo hombre que quiera ser tal, de adecuar su comportamiento a los principios que una inteligencia honesta reconoce como justos. Y esto vale en primer lugar para la Iglesia, que siempre ha proclamado la autoridad como un servicio (su máxima autoridad, el Papa, lleva oficialmente el título de “siervo de los siervos de Dios”) y proporciona figuras específicamente delegadas a esto (ellos son todavía poco conocidos, pero también hay diáconos permanentes entre nosotros: y la tarea específica del diácono es precisamente servir). Sin embargo, el compromiso vale también para los demás cristianos, para todos los bautizados, si quieren considerarse seguidores del Hijo de Dios, que vino entre nosotros, como él mismo declaró (Mc 10,45), no para ser servido sino para servir. Hasta dar su vida.

El 10 de noviembre de 1929, Jesús le dice a Luisa que “Fiat Divino” sólo los pequeños entran a vivir en su luz y por cada acto que estos pequeños hacen en la Divina Voluntad, sofocan la suya, dándole una dulce muerte al querer humano, porque en la Voluntad de Dios no hay sitio ni lugar para hacerlo obrar; el querer humano no tiene razón ni derecho, pierde su valor ante una Voluntad, razón y derecho divino. Ocurre entre la Divina Voluntad y la humana, como le podría pasar a un niño pequeño, que parece saber decir y poder hacer algo solo, pero si se le coloca cerca de uno que posee todas las ciencias y es perito en las artes, el pobrecito pierde su valor, se queda mudo y no sabe hacer nada y queda fascinado y encantado por el bello dicho y la bella obra del científico. Así sucede, el pequeño sin el grande siente que es importante; en cambio, frente al grande, se siente más pequeño de lo que es. Mucho más ante la altura e inmensidad de la Divina Voluntad.

Cada vez que el alma obra en la Divina Voluntad se vacía de la suya y forma tantas puertas para dejar entrar la Suya; sucede como una casa que puede tener el sol adentro, cuantas más puertas hay, más rayos salen por cada puerta; o como un metal perforado, colocado frente al sol, cuantos más agujeros tiene, cada pequeño agujero se llena de luz y posee el rayo de luz. Tal es el alma, cuantos más actos hace en la Divina Voluntad, tantas entradas más le da, para hacerla irradiada por la luz del “Fiat Divino”.

don Marco
Comentarios
¿Tiene un comentario? Registro o realiza Login!
Últimos comentarios 0 de 0
No hay comentarios