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XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

23/09/2021
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Queridos hermanos y hermanas, ¡Fiat!

El Evangelio de este domingo (cf. Marcos 9,38-43.45.47-48) nos presenta uno de esos momentos particulares muy instructivos de la vida de Jesús con sus discípulos. Estos habían visto que un hombre, el cual no formaba parte del grupo de los seguidores de Jesús, expulsaba a los demonios en el nombre de Jesús, y por eso querían prohibírselo. Juan, con el entusiasmo acérrimo típico de los jóvenes, informa sobre el hecho al Maestro buscando su apoyo; pero Jesús, al contrario, responde: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros» (vv. 39-40).

Juan y los demás discípulos manifiestan una actitud de cerrazón frente a un suceso que no entra en sus esquemas, en este caso la acción, aunque sea buena, de una persona “externa” al círculo de seguidores. Sin embargo, Jesús aparece muy libre, plenamente abierto a la libertad del Espíritu de Dios, que en su acción no está limitado por ningún confín o algún recinto. Jesús quiere educar a sus discípulos, también a nosotros hoy, en esta libertad interior.

Nos hace bien reflexionar sobre este episodio, y hacer un poco de examen de conciencia. La actitud de los discípulos de Jesús es muy humana, muy común, y lo podemos encontrar en las comunidades cristianas de todos los tiempos, probablemente también en nosotros mismos. De buena fe, de hecho, con celo, se quisiera proteger la autenticidad de una cierta experiencia, tutelando al fundador o al líder de los falsos imitadores. Pero al mismo tiempo está como el temor de la “competencia” - esto es feo: el temor de la competencia - que alguno pueda robar nuevos seguidores, y entonces no se logra apreciar el bien que los otros hacen: no va bien porque “no es de los nuestros”, se dice. Es una forma de autorreferencialidad. Es más, aquí está la raíz del proselitismo. Y la Iglesia - decía el Papa Benedicto - no crece por proselitismo, crece por atracción, es decir crece por el testimonio dado a los demás con la fuerza del Espíritu Santo.

La gran libertad de Dios al donarse a nosotros constituye un desafío y una exhortación a modificar nuestras actitudes y nuestras relaciones. Es la invitación que nos dirige Jesús hoy. Él nos llama a no pensar según las categorías de “amigo/enemigo”, “nosotros/ellos”, “quien está dentro/quien está fuera”, “mío/tuyo”, sino para ir más allá, a abrir el corazón para poder reconocer su presencia y la acción de Dios también en ambientes insólitos e imprevisibles y en personas que forman parte de nuestro círculo. Se trata de estar atentos más a la autenticidad del bien, de lo bonito y de lo verdadero que es realizado, que no al nombre y a la procedencia de quien lo cumple. Y - como nos sugiere la parte restante del Evangelio de hoy - en vez de juzgar a los demás, debemos examinarnos a nosotros mismos, y “cortar” sin compromisos todo lo que puede escandalizar a las personas más débiles en la fe.

El 14 de diciembre de 1912, Luisa relata que Jesús, acercándose a ella, la ató con un hilo de oro, diciéndole que no quería atarla con cuerdas y cadenas; con los rebeldes se usan cuerdas y cadenas de hierro, pero con los dóciles, con los que no quieren otra vida que la Divina Voluntad y no toman más alimento que Su amor, sólo se necesita un hilo para mantenerlos unidos a Jesús; y muchas veces ni siquiera se sirve de este hilo, pues están tan metidos en Él que forman una sola cosa, y si lo usa es casi para bromear alrededor de ellos.

Y mientras Jesús la ataba, Luisa se encontraba en el mar interminable de la Voluntad de Jesús y en consecuencia en todas las criaturas, e iba extendiéndose por la mente de Jesús, en los ojos de Jesús, en la boca, en el Corazón, y así en la mente, en los ojos y en todo lo demás de las criaturas y hacía todo lo que hacía Jesús y se sorprendió de que con Jesús se abraza todo, nadie queda excluido. Y Jesús siguió hablándole, diciéndole que quien está en la Divina Voluntad abrazando todo, rezando y reparando por todos, recupera en sí sólo el amor que Él tiene por todos, así es que el amor que Jesús tiene por todos sólo lo encierra el alma que vive de Divina Voluntad; y por mucho que él la quiera, ella le es igualmente querida, igualmente hermosa, de modo que lo deja todo atrás.

don Marco
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