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El gran deseo del corazón de Jesús

11/06/2021
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Jesús con la inagotable e inalcanzable dulzura de su Corazón desea que nos volvamos discípulos suyos, para que podamos entender que no son las cosas las que le dan valor a la vida, sino Jesús que llena de vida nuestro días, que puede dar la alegría que perdura para siempre, que puede comunicar el amor que no desfallece en las fatigas de la vida. Solamente él puede hacer de la vida una hermosa aventura. “Solo él –escribe Benedicto XVI– nos dice quién es en realidad el hombre y qué cosa debe hacer para ser verdaderamente hombre. Solo él es el camino que conduce a la verdad plena, él muestra el Camino después de la muerte; solamente quien está en grado de hacer esto es un verdadero Maestro de vida (Spe Salvi 6).

Sin embargo Jesús busca discípulos a toda costa, pero quiere que espontáneamente lo busquemos en esta vida de exilio, quiere el amor, la oración, nuestro dolor, es decir las cruces de cada día ofrecidas a él con el corazón, con fe; solamente así podremos permitirle a Jesús que repose beatamente y que sonría en el cielo de nuestra alma. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo” leemos en el Evangelio de Lucas, y con esto Jesús quiere decirnos que en nuestra vida debemos darle a él el primer puesto, debemos preferirlo a él por encima de nosotros mismos, permitir que vaya por delante de nosotros para prepararnos el camino día a día, debemos fiarnos de él y permitir que él provea a todo según su Voluntad, debemos acoger su Voluntad reconociéndola buena y justa, negar nuestra voluntad y nuestro proyectos, para que él lleve a cumplimiento sus Proyectos según su Divina Voluntad.

Jesús desea ardientemente ser conocido, amado y glorificado por sus criaturas, en las cuales quiere reinar como fuente de todo bien, con el fin de proveer a sus necesidades; quiere que nos dirijamos a él con mucha confianza, porque quiere que el amor y los homenajes de los hombres sean expresiones de libre, amorosa y espontanea voluntad, quiere por tanto ser amado, honrado y glorificado, que le abramos el corazón y sobre todo que la nuestra sea una respuesta de amor que compromete para toda la vida, no una devoción hecha solo de oraciones; quiere, en fin, que tengamos un ardiente deseo de que nuestra vida llegue a ser semejante a la suya.

El dulcísimo Jesús pone al descubierto su alma y su Corazón y le revela a Luisa que en él, como Dios, no existía ningún deseo, porque el deseo nace de quien no lo posee todo; pero para quien todo lo posee y no le falta nada, el deseo no tiene rezón de ser; pero como hombre Jesús tuvo sus deseos, porque su Corazón se hermanó en todo a las demás criaturas, de manera que si suspiraba, era que suspiraba por el Reino de su Querer, si oraba, si lloraba y deseaba, era solo por su Reino que quería que reinara en medio de leas criaturas, porque siendo éste Reino la cosa más santa, su Humanidad no podía hacer menos que querer y desear la cosa más santa, para santificar los deseos de todos y darle a todos lo que era santo y perfecto.

Jesús reafirma que todo lo que la criatura hace no es más que el eco de sus actos que resonando en ella, le hace pedir en cada acto, el Reino de su Voluntad. Así que Jesús nos presenta cada acto suyo, cada pena que sufre, cada lágrima que derrama, cada paso que da, porque ama que la criatura repita después de cada acto: “Jesús, te amo y porque te amo, dame el Reino de tu Divino Querer”. Jesús quiere que la criatura lo llame en cada acto para hacer que resuene el dulce recuerdo de sus actos que dicen: “Fiat Voluntas tua (hágase tu Voluntad) como en el Cielo así en la tierra” de manera que, al ver la pequeñez de la criatura que hace eco a sus actos, él se apresure a conceder el Reino de su Voluntad. Sólo entonces el amor de las tres Divinas Personas está satisfecho cuando ve a su amada criatura en sus bienes y llena hasta el borde. ¡Qué contentas se ponen cuando la criatura hace sus actos que saben a Divino! Sienten su perfume, tocan su santidad y se sienten correspondidas por las migajas que le han dado a las criaturas.

Que nuestra vida sea un “sí” perene a Dios, dejémonos despojar cada día por el amor de Jesús, para complacerlo en cada cosa, llamando a la Divina Voluntad en todas nuestras acciones.

Jesús le manifiesta así a Luisa, y por lo tanto también a nosotros, su más grande deseo: “Que tu primer acto sea el de encontrarte con mi Querer, tu primer pensamiento, tu latido sea el de encontrarte con el pálpito eterno de mi Querer, para que recibas todo mi Amor. En todo procura hacer continuos encuentros, para que quedes transformada en mi Querer y yo en el tuyo”.

Alabado sea Dios, porque se ha dignado manifestarnos su adorable Divina Voluntad.

Tonia Abbattista
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