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El misterio de la Trinidad (primera parte)

25/09/2021
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El misterio principal de la fe cristiana, que afirma en Dios la unidad de la naturaleza y la distinción en tres personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) siempre ha tenido una importancia fundamental en el acto de creer de todo cristiano. Este misterio de la fe ha sido afirmado desde el primer Concilio de Nicea, en 325 d.C. e insertado en el Credo redactado después del Concilio. También Dante tuvo la oportunidad de creer como buen cristiano en el dogma de la Santísima Trinidad, de hecho toda su obra está sembrada de referencias a este tema. La primera referencia a la Trinidad está en el tercer canto del infierno, en los versos en los que Dante habla de la puerta del infierno vv1-9: “Por mí se va, a la ciudad doliente; / por mí se va, al eternal tormento; / por mí se va, tras la maldita gente. / Movió a mi Autor el justiciero aliento: / hízome la divina gobernanza, / el primo amor, el alto pensamiento. / Antes de mí, no hubo jamás crianza, / sino lo eterno: yo por siempre duro: / ¡Oh, los que entráis, dejad toda esperanza!” “Por mí se va a la ciudad del dolor, / por mí se va al dolor eterno, / por mí se va entre las multitudes de condenados. / Dios excelso movido por la justicia me creó; / me hizo el poder divino, la sabiduría suprema, el primer amor. / Antes de mí solo hubieron criaturas inmortales y yo también duraré para siempre / ¡Oh, todos ustedes que entren, dejen toda esperanza para siempre!” Entonces, el infierno como toda la creación, procede de Dios, uno y trino: de Dios Padre (Poder Divino), de Dios Hijo (Sabiduría Suprema) y de Dios Espíritu Santo (Primer Amor), en quien el Amor supremo y la Justicia suprema viven en armonía. El tema trinitario luego se desarrolla en el Purgatorio y en el Paraíso. En el tercer canto del Purgatorio se enfatiza la incapacidad de nuestro intelecto de comprender directamente el misterio trinitario vv34-36: “Insensato quien tenga la esperanza / de hallar razón en la infinita vía, / que en uno y tres, substancia es y semblanza” “Necio es quien espera que nuestra inteligencia pueda recorrer y comprender plenamente el camino infinito que Dios sigue en sus operaciones, incomprensible en sí mismo, como uno en la sustancia y trino en las Personas”. El mismo concepto de Dios uno y trino se retoma en el íncipit del Paraíso en el que se habla de Dios como un misterio insondable, nuestro intelecto está sumergido en él hasta tal punto que queda deslumbrado por él, pero es incapaz de comprenderlo, asimilarlo y la memoria no puede recordarlo, por eso cualquier hombre es incapaz de comunicarlo a los demás. La emoción se apodera del poeta ante la visión del cielo estrellado y el orden que rige la vida de las estrellas y los planetas vv1-6: “Mirando al Hijo en el amor intenso, / que eternamente al uno y otro inspira, / el motor inefable de lo inmenso, / cuanto en la mente y en el ojo gira, / todo ordenó, tan justa y sabiamente, / que más se goza en él si más se mira” “Dios Padre, poder primero e inexpresable, contemplando al Hijo (la Sabiduría) con el Espíritu Santo (el Amor) que Padre e Hijo emanan eternamente, creó con tan perfecto orden todo lo que cobra vida en la mente (las cosas espirituales) y en el espacio (las cosas materiales) que quien contempla la obra de la creación no puede prescindir  de disfrutar de este poder ordenante”. Es muy significativa la referencia al sol, la estrella más importante vv28-30: “El ministro mayor de la natura, / que el sello celestial en todo asienta, / y el tiempo con sus luces conmensura” “El sol, el ministro más importante que existe en la creación, que más que las demás estrellas impresiona al mundo con las virtudes de las influencias celestiales y con su luz, nos da la medida del tiempo”. También en el canto XIV del Paraíso Dante canta el misterio de la Trinidad, confiándolo a un juego de palabras vertiginoso pero sencillo vv28-30: “El Uno, el Dos y el Tres, que siempre vive, / y reina siempre en Tres, en Dos y en Uno, / no circunscrito, y todo circunscribe” “Dios, único en la naturaleza y trino en las Personas del Padre (uno), el Hijo (dos) y el Espíritu Santo (tres), Dios que vive y reina para siempre en la tercera persona, en la segunda y en la primera, y no se limita (circunscrito) y limita todo”. Es un momento de poesía maravillosa donde la doctrina se basa en la emoción de una visión absorta y el ritmo de las palabras en lugar de un razonamiento tranquilo. Y finalmente (en esta primera parte), consideramos el canto XXVII del Paraíso que comienza con un himno triunfal a la Trinidad. Los versículos 1-9 son un verdadero himno a la Trinidad: “«¡Gloria al Padre y al Hijo y Almo Santo!» / el paraíso con amor cantaba, / y me embriagaba con el dulce canto. / A universal sonrisa semejaba / lo visto, y la embriaguez de su belleza, / por el oído y por la vista entraba. / ¡Oh inefable contento de alegreza! / ¡Oh de paz y de amor íntegra vida! / ¡Oh sin afán, segura y gran riqueza!” “(Todos los bienaventurados en el cielo) comenzaron (a cantar) «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo» con una melodía tan dulce que me embriagaba. Lo que veía me parecía una sonrisa del universo; así que mi entusiasmo espiritual (embriaguez) entraba (en mí) a través del oído y la vista. ¡Oh alegría! ¡Oh inefable gozo! ¡Oh vida perfecta de amor y paz! ¡Oh tranquila (segura) riqueza sin deseos insatisfechos!” Con la dulce melodía del “Gloria” al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo cantado por todo el Paraíso, el corazón de Dante se embriaga y su “embriaguez” ante el espectáculo de esta “sonrisa del universo” estalla en una serie de exclamaciones, que cuentan toda su alegría y “la inefable alegría de sentirse impregnado de amor divino y cuentan la paz del alma y la “segura riqueza”. Este himno tiene el valor de una consagración: ya que el poeta acaba de pasar la triple prueba de la fe, la esperanza y la caridad.

Luisa Piccarreta, inspirada por Jesús, también habló extensamente de la Santísima Trinidad (vol. XVI, 13 de mayo de 1924). El primer acto de las Divinas Personas es la perfecta concordancia de su Voluntad, y su Voluntad está tan unificada que no se puede discernir cuál es la Voluntad de uno u otro, tanto que las Personas Divinas son distintas, son tres, pero su Voluntad está constantemente unida en el acto de querer que produce un acto continuo de perfecta adoración entre las Personas Divinas, el Uno ama al otro. Este acuerdo de Voluntad produce igualdad de santidad, luz, bondad, belleza, poder, amor y establece el verdadero reino del orden y la paz que genera inmensos gozos y alegrías e infinitas bienaventuranzas. (Vol. XV, 24 de enero de 1923) La Santísima Trinidad con su simple aliento da vida, guarda, embellece y alegra a todos, no hay criatura que no “cuelgue” de ella. Su luz es inaccesible para la mente creada. Si alguien quisiera entrar le pasaría como a alguien que quisiera entrar en un gran incendio; permanecería consumido por el fuego, por lo tanto, al extinguirse, nunca podría decir cuánto o qué color contenía ese fuego. Los rayos son las virtudes divinas, algunas virtudes se adaptan menos a la mente creada, por eso el alma se alegra, las ve pero no sabe “volver a decir nada”. Las otras virtudes divinas se adaptan más a la mente humana, saben volverse a decir, pero como tartamudeando, porque nadie puede hablar de ellas de la manera correcta. Las virtudes más adaptables a la mente humana son el amor, la misericordia, la bondad, la belleza, la justicia, la ciencia.

“Yo les adoro, oh Dios en tres personas, me humillo ante su majestad. Ustedes sólo son el Ser, el camino, la belleza, la bondad. Yo les glorifico, les alabo, les agradezco, los amo en nombre de todos, aunque soy completamente incapaz e indigno”.

Antonietta Abbattista
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