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“El pecado es una cadena que nos bloquea”

La primera carta de San Juan: Cristo, el Justo, expió nuestros pecados (segunda parte)

09/06/2021
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Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados;

y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

(1Jn 2,2).

 

«Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados»: de hecho, Jesús habría muerto en vano si no necesitáramos la salvación.

Juan el Bautista, que había venido a predicar un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados (Mc 1,4), proclamaba acerca de Jesús: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Veremos en esta misma carta que por un lado el cristiano todavía está en peligro de pecar y, por otro (por haber nacido de Dios Padre y por su unión con Cristo Señor), es inmune al pecado. (cf. 3,6; 3,9 y 5,18). Estamos ante una paradoja estupenda: rezamos para que podamos entenderlo al menos en parte para poder vivir llenos de gran seguridad y, al mismo tiempo, protegidos y estimulados por un miedo sano. Recordemos entonces que la capacidad de Cristo para purificarnos del pecado le costó muy cara: se ofreció a sí mismo por nosotros como víctima en la cruz. Pablo, de hecho, afirma: “Él fue puesto por Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, gracias a la fe” (Rom 3,25).

«Y no sólo por los nuestros»: Jesucristo murió principalmente por nuestros pecados. No pensamos que sufrió ante todo por los de los demás o por los gravísimos crímenes del mundo: ¡murió por mí! (cf. Gál 2,20; Lc 22,19-20). Juan el Evangelista es consciente de este hecho y no se aparta del número de pecadores redimidos. ¿Cuáles fueron los comportamientos no siempre correctos del gran maestro? En los Evangelios encontramos algunas referencias: el deseo de tener la primacía (Mc 10,35), la envidia (Mc 9,38), la venganza (Lc 9,54) hasta el punto de que Jesús lo llamaba hijo del trueno (Mc 3,17). ), el miedo (Lc 9,34). Lo suficiente para entender que él también luchó por superarse, pero sobre todo necesitó a Jesús como salvador.

«Sino también por los del mundo entero (cf. Jn 11,52)»: Jesús es tan poderoso que puede quitar todos los pecados del mundo entero, por numerosos y graves que sean: “Ella (María) dará a luz un hijo, a quien tú (José) pondrás el nombre de Jesús: él salvará a su Pueblo de todos sus pecados” (Mt 1,21). Recordemos que con la remisión de los pecados se nos da simultáneamente el don de la gracia del Espíritu Santo y de la vida eterna. ¡Tenemos una esperanza viva en el Señor Jesús, Salvador del mundo (4,14)!

El 16 de noviembre de 1921 Luisa vio a Jesús todo atado: manos, pies, vida atados; una doble cadena de hierro descendía de su cuello, pero estaba atado con tanta fuerza que le impedía moverse, y en aquel instante Jesús le explica que en el curso de Su Pasión todas las demás penas competían, pero se relevaban y una le daba lugar a la otra; casi como centinelas montaban, para hacerle lo peor, para hacer gala de que una había sido mejor que la otra, pero nunca le quitaron las cuerdas: desde que lo arrestaron hasta el monte Calvario siempre ha estado atado, más bien siempre le añadían cuerdas y cadenas por temor a que se escapara y para burlarse más de Él; pero ¡cuántos dolores, confusiones, humillaciones y caídas le han causado estas cadenas! Pero que en estas cadenas había un gran misterio y una gran expiación. Al comenzar a caer en el pecado, el hombre queda atado con las cadenas de su propio pecado y, si es grave, son cadenas de hierro, si venial son cadenas de sogas. Por tanto, está a punto de caminar en el bien y siente el impedimento de las cadenas y queda atascado en su paso; el impedimento que siente lo enerva, lo debilita y lo conduce a nuevas caídas. Si obra, siente el impedimento en sus manos y casi se queda como si no tuviera manos para hacer el bien. Las pasiones, al verlo tan atado, festejan y dicen: “la victoria es nuestra”, y del rey que es, lo hacen esclavo de pasiones brutales. ¡Qué abominable es el hombre en estado de culpa! Y Jesús, para romper sus cadenas, quiso estar atado y nunca quiso estar sin cadenas, para tener siempre Sus manos listas para romper las de los hombres, y cuando los golpes, los empujones lo hacían caer, ¡Él le extendía las manos para desatarlo y dejarlo libre de nuevo!

don Marco
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