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La primera carta de San Juan: Cristo, el Justo, expió nuestros pecados (primera parte)

02/06/2021
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Hijos míos, les he escrito estas cosas para que no pequen.

Pero si alguno peca, tenemos un defensor ante el Padre:

Jesucristo, el Justo.

(1Jn 2,1).

 

«Hijos míos, les he escrito estas cosas para que no pequen»: con la bondad amorosa de un padre el Evangelista llama a los lectores sus hijos y afirma que está escribiendo la carta para inducirlos a la humildad, para que tengan cuidado de no pecar. De hecho, el Señor da gracia a los humildes (1 Pe 5,5).

Pablo diría: “El que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!” (1Co 10,12). Sin embargo, esta convicción sobre nuestra gran fragilidad no debe convertirse en motivo de ansiedad exagerada: debemos saber con serenidad que sin Cristo no podemos hacer nada (Jn 15,5) y, con igual serenidad, creer que con Él podemos hacerlo todo: “Yo lo puedo todo en aquel que me conforta” (Fil 4,13). La verdadera humildad coincide siempre con una gran audacia, que sin embargo no elimina la necesidad de la vigilancia y del compromiso. La confianza en Dios, sin embargo, no debe llevarnos a concluir: «entonces, pecamos, adelante».

«Pero si alguno peca»: Juan acaba de dejar en claro que todos han pecado. ¿Por qué ahora sólo está hablando de alguien? Se refiere a aquellos que han pecado después de la conversión y del bautismo. Podría referirse a alguna forma de pecado leve. Sin embargo, San Agustín advierte: «No debes dar poca importancia a estos pecados que se definen como menores. Los descuidas cuando los pesas, pero ¡qué susto cuando los enumeras! Muchas cosas ligeras, juntas, forman una pesada».

«Tenemos un defensor (parákletos) ante el Padre: Jesucristo, el Justo»: el que ha pecado tenga confianza en Cristo, que puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio, ya que vive eternamente para interceder por ellos (Heb 7,25). Jesús mismo se había presentado indirectamente como Parákletos (literalmente: llamado en, ad-vocatus) cuando dijo: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,16-17). Esta obra de Cristo como abogado produce la remisión y purificación de toda iniquidad para aquellos que confiesan su culpa (1,9), porque el Padre los reconcilia consigo mismo. La acción de Cristo también va acompañada de la de los hermanos, que oran por el pecador (5,16). S. Agustín comenta, escribiendo: «Considere cómo el mismo Juan se mantiene en la humildad... Dijo...: Tenemos un abogado. No dijo: ustedes tienen, ni siquiera: me tienen a mí... Prefirió ponerse en el número de los pecadores, más que presentarse como abogado en lugar de Cristo y luego encontrarse entre los orgullosos dignos de condenación». Además de abogado, a Jesús también se le llama justo (es decir, santo): precisamente porque es santo, difunde la santidad. La justicia de la que Cristo es rico tiene una característica especial: tiende a difundirse y comunicarse. Es una justicia salvadora.

El 12 de enero de 1900, Jesús reserva palabras sublimes para Luisa sobre la virtud de la humildad. Jesús afirma que sólo su Humanidad ha estado llena de oprobio y humillación, tanto que se desbordó afuera. Por eso el Cielo y la tierra tiemblan ante Sus virtudes, y las almas que lo aman se sirven de Su Humanidad como escalera para subir y lamer unas gotas de Sus virtudes.

Frente a la humildad de Jesús, ¿dónde está la nuestra? Él sólo puede gloriarse de poseer verdadera humildad. La Divinidad, unida a Su Humanidad, podía obrar maravillas en cada paso, palabra y obra, y en cambio voluntariamente se restringía en el círculo de Su Humanidad, se mostraba el más pobre y llegaba a confundirse con los mismos pecadores. Él podía obrar la obra de la Redención en muy poco tiempo, e incluso con una sola palabra, pero a lo largo de tantos años, con tantas penurias y sufrimientos, quiso hacer suyas las miserias del hombre, quiso practicar en muchas acciones diferentes para hacer que el hombre fuera totalmente renovado, divinizado; hasta las obras más pequeñas, porque ejercidas por Él, que era Dios y Hombre, recibían un nuevo esplendor y se quedaban con la huella de las obras divinas. Su Divinidad, escondida en Su Humanidad, quiso descender a tal bajeza, someterse al curso de las acciones humanas, mientras que con un solo acto de Voluntad podría haber creado mundos infinitos...; quiso sentir las miserias, las  debilidades de los demás, como si fueran las suyas propias, verse cubierto con todos los pecados de los hombres ante la justicia divina y que debía pagar el castigo con el precio de penas inauditas y con el desembolso de toda su sangre. Así Jesús ejercía continuos actos de profunda y heroica humildad.

Aquí está la enorme diferencia entre la humildad de Jesús y la humildad de las criaturas, que, ante la Suya, sólo es una sombra. Incluso la de todos los Santos, porque la criatura siempre es criatura y no sabe cuánto pesa la culpa tal como Él la conoce; aunque sean almas heroicas que, siguiendo el ejemplo de Jesús, se han ofrecido a sufrir los dolores de los demás, pero no se diferencian de las demás criaturas, no son cosas nuevas para ellos, porque están hechas del mismo barro. Luego, sólo pensar que esos dolores son la causa de las nuevas adquisiciones y que glorifican a Dios, es un gran honor para ellos. Sumado a esto, la criatura está restringida en el círculo donde Dios la ha colocado, ni puede salir de esos límites, en los que fue colocada por Dios. Si hacer y deshacer estuviera en su poder, ¡cuántas otras cosas harían! ¡Todos alcanzarían las estrellas! Pero la Humanidad deificada de Jesús no tenía límites, sino que voluntariamente se restringía en sí misma y esto era un entrelazamiento de todas sus obras de heroica humildad. Esta había sido la causa de todos los males que inundan la tierra, es decir, la falta de humildad, y Jesús, con el ejercicio de esta virtud, debía atraer todos los bienes de la justicia divina.

Ningún rescripto de gracia parte del trono de Dios, excepto a través de la humildad, ni se puede recibir ninguna nota de Él a menos que contenga la firma de la humildad. Ninguna oración escuchan Sus oídos y mueve a compasión Su Corazón, si no está perfumado por el olor de la humildad. Si la criatura no logra destruir esa semilla de honor, de estima, sentirá un entrelazamiento de espinas alrededor de su corazón, sentirá un vacío en su corazón que siempre la molestará y la hará muy diferente de Su Santísima Humanidad; y si no llega a amar las humillaciones, a lo sumo podrá conocerse un poco a sí misma, pero no resplandecerá ante Jesús vestida con el hermoso y agradable manto de la humildad.

don Marco
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