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Los dolores de María

15/09/2021
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El misterio de la participación de la Virgen de los Dolores en la pasión del Hijo es probablemente el evento evangélico que encontró una resonancia más intensa y amplia en la religiosidad popular, especialmente en ciertos ejercicios de piedad (la Vía Crucis, la Vía Matris, etc.).

Testimonio de esta religiosidad es la célebre secuencia medieval Stabat Mater Dolorosa, atribuida a Jacopone da Todi, que se integró excepcionalmente en el formulario de la misa. El Stabat, aunque cante con ingenuo sentimiento de piedad el dolor sufrido por la Virgen en la Pasión y Muerte de Jesús, refleja lo esencial del misterio evangélico, es decir que: «el centro de la religión cristiana no está en el duelo de María en sí, sino en ese “llevar la muerte de Cristo” que la “mater dolorosa” ayuda a vivir como una experiencia». [E. De Martino]

La secuencia se encuentra en los Misales franciscanos de la primera mitad del siglo XIV.

San Pío X estableció la fiesta permanentemente al 15 de septiembre.

En la exhortación apostólica Marialis cultus, Pablo VI presenta así la memoria del 15 de septiembre: «la memoria de la Virgen de los Dolores es una ocasión propicia para revivir un momento decisivo de la historia de la salvación y para venerar junto con el Hijo exaltado en la Cruz a la Madre que comparte su dolor» (n. 7).

Contemplando a María asociada a la Pasión del Hijo, la Iglesia medita sobre su mismo misterio y sobre su misma participación mística en el dolor del Redentor para ser fecunda de hijos a la gloria final: «Haz que tu Santa Iglesia, asociada con ella a la Pasión de Cristo, participe en la gloria de la resurrección».

Una mirada penetrante sobre la Virgen nos la ofrece San Juan Pablo II en su Rosarium Virginis Mariae, donde en el número 22 ilustrando los misterios del dolor escribe: «En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor “hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan al creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose bajo la cruz junto a María, para penetrar con Ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.

María es, por lo tanto, realmente, el modelo de quien, contemplando el misterio del Hombre-Dios, penetra más eficazmente el misterio del hombre y el Misterio Pascual, la raíz de su salvación».

Lo confirma el testimonio de Luisa, que convirtió la contemplación de la Pasión de Jesús y el dolor de María un punto de referencia fundamental para su experiencia espiritual.

La participación en el dolor de María al ver a su Hijo morir en la cruz no es sólo limitarse a mirar para dolerse, sino, como nos enseña Luisa, acompañar a la Madre en su dolor para participar a los frutos que maduran de la Pasión por la salvación de almas.

En un pasaje de su diario, con fecha 17 de septiembre de 1905, Luisa, justo en los días en que se recordaba con la celebración litúrgica a la Virgen de los Dolores, refiere lo que Jesús le dijo sobre cómo tomar parte en los bienes y los méritos de los Siete Dolores de María.

Todos pueden participar en los méritos y los bienes que han madurado dolor en María.

Los que se ponen previamente en manos de la Providencia, ofreciéndose a sufrir cualquier tipo de sufrimiento, miseria, enfermedad, calumnia y todo lo que el Señor dispondrá sobre él, participa en el primer dolor de la profecía de Simeón. “Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos»” (Lc 2,34-35).

Los que actualmente están en el sufrimiento y se resignan, están más cerca de Jesús y no lo ofenden, y como si lo salvaran de las manos de Herodes, sano y salvo y lo guardan en el Egipto de su corazón, participan así en el segundo dolor. “Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo»” (Mt 2,13).

Los que están alicaídos, áridos y carecen de la presencia del Señor, y es firme y fiel a sus ejercicios habituales, más bien aprovecha la ocasión para amarlo y buscarlo más, sin cansarse, participan en los méritos y los bienes adquiridos por María Santísima cuando Jesús se perdió en el templo de Jerusalén. «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados» (Lc 02,48).

Los que en cualquier ocasión se dan cuenta de que Jesús está gravemente ofendido, despreciado, pisoteado, y tratan de reparar, compadecerlo y orar por los mismos que están insultándolo, es como si Jesús encontrara en esa alma su propia Madre, que si pudiera lo liberaría de sus enemigos, y participan en el cuarto dolor. «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!» (Lc 23,28-29).

Los que crucifican sus sentidos por amor de la crucifixión del Señor y tratan de reproducir en sí mismos las virtudes de su crucifixión, participan en el quinto dolor de María. “Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,26-27).

Los que están en continuo acto de adorar, besar las heridas de Jesús, reparar, dar las gracias y otras cosas, en nombre de toda la humanidad, es como si mantuvieran el cuerpo herido del Señor en sus brazos, así como lo mantuvo María cuando Jesús fue bajado de la cruz, y participan en el sexto dolor. «Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María - la madre de Santiago y de José - y la madre de los hijos de Zebedeo» (Mt 27,55-56).

Los que permanecen en la gracia de Dios y corresponden a su fidelidad, es como si sepultaran a Jesús en el centro de su corazón y participan así en el séptimo dolor de María. «Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley» (Lc 23,55-56).

Madre Dolorosa,

Hoy más que nunca siento la irresistible necesidad de estar cerca de ti.

No, no voy a moverme de tu lado,

Para ser espectadora de tus dolores crueles y pedirte,

como hija, la gracia de poner en mí tus dolores

y los de su Hijo Jesús, y su muerte también,

para que su muerte y tus dolores

me den la gracia de dejar morir constantemente mi voluntad

y por encima de ella hacerme resucitar la vida de la Divina Voluntad.

(Luisa Piccarreta)

don Marco
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