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Primera carta de San Juan: para caminar en la luz hay que romper con el pecado (segunda parte)

12/05/2021
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Si confesamos nuestros pecados,

él es fiel y justo

para perdonarnos y purificarnos de toda maldad.

(1Jn 1,9).

 

«Si confesamos nuestros pecados»: el Apóstol Juan, que se reconoce humildemente como pecador, no especifica aquí cuáles son los pecados del hombre que tiene una conciencia delicada y amante de la verdad (si pasados o presentes, si establecidos o sólo presuntos). Sin embargo, el cristiano debe dar por sentado que puede tener pecados: ¿quizás puede decir que actúa y ama como Cristo actuó y amó? El verdadero cristiano, que se siente pecador, se convierte en un hombre vivo, siempre en búsqueda y en progreso. El soberbio, que se siente perfecto porque cree que ha hecho todo lo posible, ya no busca y ya no lucha, volviéndose esclerótico. Pablo nos da un ejemplo de un esfuerzo continuo hacia la perfección: “Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús” (Fil 3,12-14). Mientras Juan habla de camino, Pablo incluso habla de correr, pero el concepto es el mismo: quien camina o corre fácilmente cae, pero luego, por la gracia de Dios, se levanta y continúa; quien siente que ha llegado ya ni siquiera da un paso. El cristiano debe reconocer interiormente y admitir externamente ante Dios y su prójimo sus defectos.

«Él es fiel y justo»: Dios es fiel a sus promesas de perdón y es justo al valorar los corazones. Su fidelidad y su justicia no sólo son la garantía de que seremos tratados con equidad, sino también dos cualidades creativas y generalizadas: su fidelidad nos promueve continuamente y su justicia nos santifica cada vez más. Dios no se mostró tan misericordioso de broma. La confesión de nuestro pecado, entre otras cosas, destaca la fidelidad y la justicia de Dios, porque demuestra que él sólo es santo. Nosotros, de hecho, si queremos ser sinceros, debemos atribuirle sólo a él el bien que hacemos y a nosotros el mal que cometemos. Esta actitud de humildad crea en nosotros las condiciones para que el Señor pueda perdonarnos y purificarnos, comunicándonos sus dones de fidelidad y justicia.

«Para perdonarnos y purificarnos de toda maldad»: Dios perdona y purifica al que reconoce humildemente sus pecados y los detesta con corazón firme. Él me hace lo que él es: justo, eliminando mi injusticia. Aquí el Evangelista ve el pecado como sinónimo de injusticia y el perdón como sinónimo de purificación. De hecho, el pecado es lo opuesto a la justicia divina y produce tal contaminación en nosotros, tal inmundicia de la que sólo Dios puede lavarnos y purificarnos. Ahora bien, purificar no sólo significa no imputar, sino en realidad eliminar, transformando realmente al pecador en santo. En este punto debemos hacer una reflexión tanto personal como eclesial. En cuanto a nuestra vida, preguntémonos cómo nos confesamos: si por casualidad nuestra forma de confiar o confesar no es sólo una hipocresía adicional, una forma de actuar sólo formal, que, al liberarnos de un sentimiento de culpa inmaduro, nos permite psicológicamente seguir por el camino equivocado. Incluso la persona más hipócrita admite, con cierto orgullo por tan falso valor, que no es perfecta (notamos esta falsedad en los demás, menos fácilmente en nosotros). En cambio, sólo aquellos que buscan su propia culpa para combatirla y vencerla con la gracia del Señor son sinceros. Incluso como Iglesia hemos tenido dificultades para comprender ciertos errores muy graves cometidos en el curso de la historia. Este hecho puede deberse a una comprensión imperfecta de lo que significa que la Iglesia es santa, católica y apostólica. Si no se comprende bien, esta verdad puede generar una presunción terrible. La Iglesia es santa, católica y apostólica en la medida en que está unida a Cristo y sigue las huellas de los apóstoles. Realmente podemos agradecer al Señor si tuviéramos a un gran Papa como San Juan Pablo II, que pidió perdón por los pecados cometidos por los hijos de la Iglesia. Debemos seguir teniendo el valor de identificar mejor estos pecados y repararlos, eliminándolos con el poder del Espíritu Santo. Sólo tenemos que rogar por el perdón de Dios y el de los hombres. Recordamos la invitación del sabio: “El que encubre sus delitos no prosperará, pero el que los confiesa y abandona, obtendrá misericordia” (Pr 28,13). Y aún: “Confiesen mutuamente sus pecados y oren los unos por los otros, para ser curados” (Sant 5, 16).

El 4 de junio de 1919 Luisa, mientras estaba pensando en la Pasión de Jesús, especialmente cuando se encontró bajo la tempestad de los flagelos, reflexionaba sobre cuánto Jesús pudo sufrir más: ¿en las penas que la Divinidad le había hecho sufrir en todo el curso de su vida, o bien en el último día que le dieron los judíos? Y Jesús le responde afirmando, sin duda, que las penas que le dio la Divinidad superan con creces las penas que le dieron las criaturas, tanto en potencia como en intensidad, multiplicidad y duración; y no hubo injusticia ni odio, sino sumo amor, acuerdo por parte de las Tres Divinas Personas, compromiso que Él mismo había asumido para salvar a las almas a costa de sufrir tantas muertes por cuantas criaturas salían a la luz de la Creación, y que el Padre le había concedido con sumo amor. En la Divinidad no hay injusticia ni odio, entonces Ella es incapaz de hacerle sufrir estas penas, pero el hombre, con el pecado, había cometido suma injusticia, odio, etc., y Jesús, para glorificar al Padre por completo, debía sufrir injusticia, odio, bromas, etc. Por eso en el último de sus días mortales Jesús sufrió la Pasión de las criaturas, donde fueron tantas las injusticias, el odio, las bromas, las venganzas, las humillaciones que hicieron contra él, hasta el punto de que su Humanidad la convirtieron en el oprobio de todos, tanto que no parecía un hombre. Lo desfiguraron tanto que ellos mismos se horrorizaban al mirarlo; era la abyección y el rechazo de todos, así es que podrían definirse dos Pasiones distintas. Las criaturas no podían darle tantas muertes ni tantas penas por cuantas criaturas y pecados ellas debían cometer, eran incapaces; y por eso la Divinidad asumió el compromiso, pero con sumo amor y acuerdo de ambas partes. Por otro lado, la Divinidad fue incapaz de injusticias, etc., por lo que pudo completar totalmente la obra de la Redención. ¡Cuánto le costaron las almas! Y por eso las ama tanto.

don Marco
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