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Un solo Dios en tres Personas

09/06/2022
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Luisa Piccarreta, inspirada por Jesús, habló extensamente de la Santísima Trinidad.

El primer acto de las Divinas Personas es la perfecta concordancia de su Voluntad, y su Voluntad está tan unificada que no se puede discernir cuál es la Voluntad de uno u otro, tanto que las Personas Divinas son distintas, son tres, pero su Voluntad está constantemente unida en el acto de querer que produce un acto continuo de perfecta adoración entre las Personas Divinas, el Uno ama al otro. Este acuerdo de Voluntad produce igualdad de santidad, luz, bondad, belleza, poder, amor y establece el verdadero reino del orden y la paz que genera inmensos gozos y alegrías e infinitas bienaventuranzas.

 La Santísima Trinidad con su simple aliento da vida, guarda, embellece y alegra a todos, no hay criatura que no “cuelgue” de ella. Su luz es inaccesible para la mente creada. Si alguien quisiera entrar le pasaría como a alguien que quisiera entrar en un gran incendio; permanecería consumido por el fuego, por lo tanto, al extinguirse, nunca podría decir cuánto o qué color contenía ese fuego. Los rayos son las virtudes divinas, algunas virtudes se adaptan menos a la mente creada, por eso el alma se alegra, las ve pero no sabe “volver a decir nada”. Las otras virtudes divinas se adaptan más a la mente humana, saben volverse a decir, pero como tartamudeando, porque nadie puede hablar de ellas de la manera correcta. Las virtudes más adaptables a la mente humana son el amor, la misericordia, la bondad, la belleza, la justicia, la ciencia.

En la Navidad de 1882, Luisa, en su primera hora de meditación, llevaba a sí misma con el pensamiento en el Paraíso y contemplaba el gran misterio de amor tan reciproco, tan fuerte e igual que pegaba entre ellas a las tres Personas Divinas, y que luego se derramaba en las criaturas. Imaginaba: el Padre que enviaba al Hijo en la tierra, el Hijo que sin demora obedecía al Querer del Padre, el Espíritu Santo que consentía. Jesús le hablaba a Luisa con gran ternura de su Amor en la Encarnación, porque de esta manera Él no sólo renovaba el Amor que tuvo al momento de la Encarnación, sino que creaba nuevo amor para llenar las criaturas y vencerlas.

La fiesta de la Santísima Trinidad nos hace contemplar este maravilloso misterio de amor y luz del que procedemos y hacia el cual se orienta nuestro camino terrenal.

«Dios es amor» (1Jn 4,8.16). El Padre es amor, el Hijo es amor, el Espíritu Santo es amor. Y en cuanto es amor, Dios, aunque es uno y único, no es soledad sino comunión, entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Porque el amor es esencialmente don de sí mismo, y en su realidad originaria e infinita es Padre que se da generando al Hijo, que a su vez se da al Padre, y su amor mutuo es el Espíritu Santo, vínculo de su unidad.

“Yo les adoro, oh Dios en tres personas, me humillo ante su majestad.

Ustedes sólo son el Ser, el camino, la belleza, la bondad.

Yo les glorifico, les alabo, les agradezco, los amo en nombre de todos,

aunque soy completamente incapaz e indigno”.

Antonietta Abbattista
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