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Una carta de amor de Dios: la primera carta de San Juan Apóstol

“Un solo acto de mi Voluntad es más grande que el Cielo y la tierra, lo tiene todo y a todos en sus manos, en su obra tiene un acto de amor infinito, que puede decir para todos: ¡amor!”

18/01/2021
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El apóstol y evangelista Juan escribe hacia el año 100 una carta a la comunidad de Éfeso, una comunidad formada en la escuela del Evangelio escrito por él. Juan ciertamente había enriquecido esa Iglesia al comunicarle su espiritualidad particular, expresada con un lenguaje místico especial, acostumbrándola a juzgar los acontecimientos de la vida con la típica mentalidad joánica, que no conoce medios tonos ni colores degradados, sino sólo luz plena u oscuridad total.

La Primera Carta de Juan es un testimonio muy interesante de cómo una comunidad, moldeada durante cierto tiempo por la escucha asidua del discípulo “al que Jesús amaba” y por su labor pastoral profundo e inconfundible, más allá de los problemas debidos a los límites humanos y las dificultades sociales y culturales concretas, viva la comunión mística de la gracia con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.

Lo mismo podemos encontrar también en los Diarios de Luisa; ella también es una discípula “a la que Jesús amaba” y en sus Escritos podemos encontrar muchos contenidos de Juan reexpresados y vividos en su experiencia mística.

¿En qué consisten este lenguaje y esta doctrina especial en este libro del Nuevo Testamento?

En primer lugar, Juan es capaz de comprender con rapidez el valor de los símbolos y signos a través de los cuales el Señor Jesús habla y se manifiesta. Entonces, nos enseña a vivir simbólicamente, transfigurando cada experiencia terrenal en una experiencia espiritual.

En segundo lugar, el Evangelista ve que los signos realizados por Jesús son obras prodigiosas y eficaces, en las que se manifiesta la gloria de Dios: todas estas obras encuentran su continuación en la vida de la Iglesia, especialmente en los sacramentos del Bautismo y la Eucaristía.

Y, por último, la obra de Cristo también se lleva a cabo para Juan gradualmente en la historia y sólo estará completa en el último día. Sin embargo, el Evangelista tiende a considerar lo que sucederá en el futuro como ya realizado de antemano. Así, para él, el presente está lleno de gran profundidad e importancia.

Si hacemos una comparación entre el Evangelio de Juan y esta Carta, casi encontramos el mismo estilo literario (formado por paralelismos, discursos cíclicos, síntesis teológicas originales e incisivas...). Sólo cambia el escenario de fondo: en el Evangelio se presenta el marcado contraste entre Cristo junto con sus discípulos, por un lado, y los adversarios (los llamados judíos o mundo hostil), por el otro. En la carta el discurso se vuelve más complejo: no sólo hay un contraste entre la Iglesia y el mundo, sino que también dentro de la Iglesia misma hay una contraposición entre los verdaderos creyentes y los falsos creyentes, que engañan no sólo a los demás, sino incluso a sí mismos. Además, muchos falsos creyentes de alguna manera aún permanecen unidos a la comunidad, aunque manifiestan graves deficiencias en sus vidas, y otros efectivamente se separan fundando otros grupos que ya no están en comunión con los apóstoles, de modo que Juan pueda calificarlos de pseudoprofetas o, incluso, como anticristos.

El Apóstol indica claramente los criterios para distinguir unos de otros y de esta manera revela unas leyes fundamentales de la vida cristiana: no son suficientes las palabras, sino que se necesitan hechos, es decir: no es suficiente afirmar que se sabe, también es necesario obrar, es necesario preservar el depósito original y primitivo de la fe sin alteraciones, es necesario descubrir qué consecuencias prácticas tiene para el creyente el hecho inaudito de la Encarnación del Verbo de Dios, es necesario que la vida cristiana tenga, al mismo tiempo, una dimensión trinitaria y una eclesial: es decir, que sea una verdadera comunión vivida plenamente en la dirección vertical (Dios) y en la horizontal (los hermanos).

Por eso Juan pone de relieve en particular la virtud del amor, como síntesis y cumbre de la experiencia de la fe: Dios, Amor y nosotros. Somos amados por él, debemos amarlo, amándonos unos a otros con amor perfecto.

Podríamos decir que, en resumen, es la experiencia espiritual y mística de la Sierva de Dios Luisa Piccarreta. En un pasaje del 12 de noviembre de 1937, Jesús le explica a Luisa cómo tan pronto como la criatura vuelve a las obras divinas para desearlas, amarlas y hacerlas suyas, así el amor de Dios corre a su encuentro, para admitirla junto a Él y renovar por ella sola, como si en acto repitiera sus obras sólo para ella. Dios, en primer lugar, centra en ella todo su amor, su poder, sus alegrías, sus estratagemas, las locuras de amor que había tenido al crear y sacar toda la Creación. Y en su énfasis de amor la mira y la encuentra llena de Cielo y del amor que el Creador mismo tenía al extender la bóveda azul; vuelve a mirarla y encuentra la multiplicidad de estrellas, que a cada una le da su voz para que se le diga: “Te amo, te amo, te amo”. Estas voces de “te amo” forman la más hermosa de las músicas celestiales y es tan grande su armonía, el dulce sonido que se forma, que Dios se siente embriagado y en su embriaguez le dice al alma: “Hija, qué hermosa eres, nos eres portadora de alegrías infinitas, ni siquiera cuando todo fue creado recibimos estas músicas y alegrías, porque faltaba una criatura unida a nuestra Voluntad que hiciera que nuestras obras nos dijeran: «Te amo, te amo, te amo»”.

Ante tal espectáculo de amor Dios renueva la creación del Sol, el viento, el mar, el aire y concentra en el alma todo el amor, la armonía divina que tuvo al crear todos estos elementos y su alegría, la correspondencia de amor que le da el alma al mirarla y encontrarla Sol que arde de amor por Él, viento que sopla y gime de amor y que formando arcanas voces de amor quisiera rodearlo con su amor para decirle a Dios: “Me has amado y te amo, amor me diste, amor te doy”. Y con su mar forma olas impetuosas, hasta llegar a darle a Dios aire de amor por cada aliento de criatura, y se siente herir continuamente y desfallecer por su amor. Un alma que vive en la Divina Voluntad y toda para Dios, siempre lo mantiene ocupado, siempre lo ama, pero con amor divino y cada vez que realiza sus actos en el “Fiat Divino”, Dios renueva las obras de la Creación y para divertirlo, amar y hacerse amar, cada acto que hace, Dios lo usa como materia para renovar sus diversas obras creadas, más bien nuestro amor no se contenta, quiere añadir más y crea nuevos prodigios de Gracia, hasta crear su misma vida en la criatura amada. A Dios le agrada mucho obrar a solas, como si lo hiciera todo sólo por ella, esto hace surgir más amor por Él, más estima, más aprecio por Dios. Vivir en la Divina Voluntad es todo para la criatura y es todo para Dios.

Con los próximos artículos que se publicarán, queremos releer la Primera Carta de Juan con una doble intención: en primer lugar nos detendremos a comprender toda la actualidad de la experiencia y del mensaje de Juan para nuestro tiempo, después de 2000 años, en una Iglesia que, aunque siempre estimulada por los profetas de la fe y la caridad, a menudo prefirió las disputas doctrinales y las prácticas y en ocasiones perdió algunas oportunidades importantes para una renovación valiente en el campo de la vida espiritual y las relaciones interpersonales y comunitarias. Y, finalmente, a la luz de esta carta joánica captar las sugerencias verdaderamente fundamentales para programar una vida espiritual y eclesial, dejándonos guiar también por los Escritos de Luisa, fruto de la acción del Espíritu Santo, renovador imprevisible de la vida comunitaria y personal.

a cura di don Marco
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