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“Yo soy tuyo y tú eres mío, para que podamos disponer juntos, regocijarnos juntos, disfrutar juntos”

La primera carta de San Juan: amar a los hermanos y creer en Cristo (primera parte)

21/09/2021
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La noticia que oyeron desde el principio es esta: que nos amemos los unos a los otros.

No hagamos como Caín, que era del Maligno y mató a su hermano.

¿Y por qué lo mató?

Porque sus obras eran malas, y las de su hermano, en cambio, eran justas.

No se extrañen, hermanos, si el mundo los aborrece.

Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte.

El que odia a su hermano es un homicida,

y ustedes saben que ningún homicida posee la Vida eterna.

(1Jn 3,11-15)

 

La segunda condición que puso Juan para caminar a la luz del Señor es amar a los hermanos, observando el mandamiento de Jesús y la fe en Cristo.

Partimos de la invitación del apóstol a poner en práctica el mensaje de amarnos unos a otros como Jesús nos enseñó.

«La noticia que oyeron desde el principio es esta: que nos amemos los unos a los otros. No hagamos como Caín, que era del Maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató?»: el amor mutuo entre hermanos se presenta aquí como el mensaje central, anunciado y escuchado desde el principio y ya no como un mandamiento. Hablar de mandamiento significa ante todo hablar de deber, compromiso y esfuerzo; hablar de un mensaje significa resaltar que es una enseñanza hermosa e importante, más bien una palabra profética comunicada con autoridad.

En este punto, Juan trae dos ejemplos contrastantes: primero Caín y luego, en el v. 16, Jesús (el nuevo Abel). Caín, entonces, pertenece a los hijos del diablo y demuestra esta pertenencia matando violentamente a su hermano Abel (Gn 4,8). Ésta es una historia que se repite.

El Apóstol nos interroga para saber si hemos entendido el motivo de este brutal asesinato. Se expresa con cierta ironía cuando dice: “y por qué...” como si Caín le hubiera hecho un “favor” a Abel matándolo. En el Evangelio Jesús dice que es posible matar a un cristiano creyendo que está dando gloria a Dios (Jn 16, 2).

«Porque sus obras eran malas, y las de su hermano, en cambio, eran justas. No se extrañen, hermanos, si el mundo los aborrece»: aquí se revela el secreto del odio y asesinato perpetrado por Caín: realizó acciones malas y pecaminosas, no agradando a Dios; es decir, amaba el mal y lo demostraba haciendo muchas acciones injustas, en un crescendo que lo llevó a matar a su hermano. Quien se apega a sus propios intereses deshonestos tiene miedo de la verdad de la fe que revelaría su vergonzosa hipocresía y maldad y, por lo tanto, tiende a reprimir a quien es un reproche para él, quizás por el mero hecho de ser un modelo vivo de justicia y santidad. Y si el justo proclama la verdad incluso con palabras, entonces se vuelve insoportable para él. Según San Agustín, «las buenas obras de Abel no son más, según Juan, que su caridad... De la caridad, hermanos, los hombres se destacan. Nadie se detenga en las palabras, sino que preste atención a los hechos y sentimientos del corazón» (Agustín, Meditaciones).

La idea de Caín que odia y mata a su hermano induce al Apóstol a animar a los cristianos (llamados y amados por él como hermanos) que actualmente son odiados y asesinados por los perseguidores. Los fieles ahora saben por qué el mundo les es tan hostil: no deben sorprenderse y desanimarse como si sucediera algo absurdo, que no pueden comprender. Agradecemos a Juan por su sensibilidad que lo lleva a tomar en cuenta la situación concreta de sus fieles odiados por el mundo y los invita a leer en su dolorosa experiencia de ser perseguidos el continuo odio de Caín por Abel y la repetición del antiguo crimen. Agustín comenta con dureza: «Los que aman al mundo, no pueden amar a sus hermanos» (Agustín, Meditaciones).

«Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida, porque amamos a nuestros hermanos»: el odio al mundo no hace más que poner de relieve lo que los fieles saben con certeza, y es que poseen la vida eterna en sí mismos, después de haber dado un verdadero salto de calidad, resucitando precisamente de la muerte a la vida (del odio al amor): la razón de esta certeza de estar en la vida reside en el hecho concreto de que los verdaderos creyentes han acogido el mensaje y han puesto en práctica el siempre antiguo y nuevo mandamiento del amor a los hermanos, en todas sus formas.

«El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida, y ustedes saben que ningún homicida posee la Vida eterna»: no sólo el odio abierto, sino también la simple falta de amor mata la vida en nosotros. El que no ama se mata para siempre. Tiene la muerte dentro de sí mismo y produce muerte fuera de sí mismo. El amor, por otro lado, es lo opuesto a la muerte. A primera vista nos parece que esta afirmación es exagerada. Sin embargo, básicamente él tiene razón porque el odio siempre nos lleva a aniquilar a nuestro hermano, vivir como si no existiera y, en los casos más graves, nos induce a reprimirlo incluso físicamente. El desafecto no es poca cosa: «Si uno hasta ahora no le daba peso al odio fraternal, ¿podrá ahora dar poco peso al asesinato que comete en su corazón? Aún no ha levantado la mano para matar, pero el Señor ya lo considera un asesino» (Agustín, Meditaciones). ¡Pensemos en cuántos han muerto incluso hoy sólo porque no los hemos amado ni ayudado!

En octubre de 1909, Jesús, hablando de la naturaleza del verdadero amor, le dice a Luisa que el amor lo facilita todo, excluye cualquier temor, cualquier duda; todo su arte es apoderarse del amado y, cuando lo ha hecho suyo, el amor mismo administra los medios para guardar el objeto adquirido. Ahora bien, ¿qué miedo, qué duda puede tener el alma de algo suyo? ¿Qué no espera? Más bien, cuando ha llegado a apoderarse de él, el amor se vuelve atrevido y llega hasta exigir excesos e incluso lo increíble; ya no existe tuyo y mío, el verdadero amor puede decir: “Yo soy tuyo y tú eres mío, para que podamos disponer juntos, regocijarnos juntos, disfrutar juntos. Si te he adquirido, quiero servirme de ti como me gusta”. Y en este estado de amor verdadero, ¿cómo puede el alma ir a pescar defectos, miserias, debilidades, si el objeto adquirido le ha perdonado todo, lo enriquece de todo y el objeto que posee va purificándola continuamente? Estas son las virtudes del amor verdadero: todo purifica, triunfa sobre todo y llega a todo. De hecho, ¿qué amor podría haber para una persona que es temida, de la que se duda, de la que no se espera todo? El amor perdería la más bella de sus cualidades. Es cierto que esto también se ve en los Santos; esto dice que en los Santos el amor puede ser imperfecto y puede tener su variedad, según los estados en que se encuentren. En quien vive en la Divina Voluntad, la cosa es bien distinta: al deber estar ella con Jesús en el Cielo y habiéndolo sacrificado por amor a la obediencia y al prójimo, el amor ha quedado confirmado, la voluntad confirmada para no ofender a Jesús, así es que la vida del alma que vive en la Voluntad de Dios es como una vida que ya pasó; por eso, no se siente el peso de la miseria humana. Tengamos cuidado de a lo que nos conviene y de amar a Jesús hasta el punto de un amor infinito.

don Marco
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